Sueños y ríos

Lo he dicho antes, pero creo que vale la pena recordarlo: mis sueños son como películas de acción. La mayoría tienen una trama enredada y fantástica, donde yo mismo actúo como héroe, o a veces incluso como personaje secundario. A veces, sin embargo, mis sueños adquieren otro tono, una mezcla de grises, una fusión de ficción y recuerdos.

Un río de aguas bravas. Sauces rodeando el cauce. Un puente de madera oscura, anticuado, roto, envejecido. Una reja de madera más clara en ambos bordes del río.
El sueño se planta en mi cabeza, se repite. Conozco bien el final, pero no quiero verlo de nuevo. Muevo mi cuerpo, me incito a correr, a alejarme…

Un niño, yo, pone las manos arriba de la reja. El río le parece tremendamente interesante, un espectáculo furioso. Es tan fuerte que incluso llega a mover rocas de tamaño considerable. La curiosidad crece. Quiero acercarme más.
¡No! ¡Corre! Ese río es demasiado bravo, la madera demasiado vieja. Hay tanto por hacer. Vuelve, ¡Vuelve!

El niño pone las manos en la reja, haciendo fuerza para treparla. La madera hace un sonido terrible, crujiente, destructor. De a poco, se quiebra, cediendo, cayendo al vacío, llevándome con ella ante las aguas. En el aire, estiro la mano pero no hay nadie quien la agarre, no hay bordes donde agarrarse, solo agua, agua rápida. Cierro los ojos.

Despierto.

Música Perdida


Realmente, la memoria es una línea de historias inconexas, que juntas forman parte de una vida. Los recuerdos varían en su estilo, en su forma, en su gatillo. Existen recuerdos felices, que nos hacen sonreír cuando revivimos sus imágenes, o recuerdos emocionantes, que nos devuelven el vértigo en el estómago. Con el tiempo, sin embargo, he descubierto que los recuerdos tristes o devastadores son los que quedan más marcados.

Todavía recuerdo muchos años de colegio, una época de altibajos, con muchos más lagos que montañas. Es especialmente fuerte en el segundo de los establecimientos en los que estudié. Entre todo lo que puedo recordar, una imagen destaca siempre. Una frase especialmente hiriente de mi profesor de música.

Empecemos desde el principio, o desde lo que se puede llamar el principio. Eran los últimos años de básica, probablemente octavo. Nunca fui un alumno especialmente destacado. Era bueno en Castellano, y en Inglés, pero en los demás ramos nunca pasé de ser mediocre, o incluso deficiente, probablemente porque nunca fui demasiado esforzado. No sabría explicar por qué las notas me importaban menos de lo que deberían, pero lo hacían. Un ramo en el que era especialmente desdeñoso era música. Me interesaba el piano eléctrico, pero no quería seguir las instrucciones de mi profesor, al que nunca le agradé demasiado. Quizás mi actitud le molestaba, quizás le recordaba demasiado que ser un profesor de música es para muchos un paso intermedio del que no se puede salir nunca, un agujero frustrante del músico que jamás alcanzó una carrera con su arte. O quizás, simplemente y como todo niño, era insoportable a veces.

Un día, un compañero creó una radio en el colegio, que el administraba. A veces me invitaba a acompañarlo, y yo tocaba el piano en segmentos intermedios. No era nada especialmente talentoso, solo dejar que el piano pusiera su acompañamiento, y yo tocando las teclas que mejor sonaban en mi cabeza. Un juego de niños, en el que por un segundo yo podía sentirme un gran músico.
Las cosas cambiaron un día, aunque el tiempo me ha hecho perder el contexto: El profesor me dijo algo, pero no recuerdo por qué. Quizás fue de la nada, algo abrupto. Quizás un día decidí no seguir sus instrucciones tocar lo que a mí me interesaba. Quizás simplemente ya no quería escuchar los mismos acordes repetitivos de la radio. Sus palabras me marcaron, y duran hasta ahora: “¿Crees que lo que tocas en la radio es bueno? Son puras notas repetidas”. Eran notas repetidas, sí, pero eran MIS notas repetidas. Desde ese día nunca más tuve confianza en el piano.

Algún día me gustaría pedirle disculpas, recordarle, echarme la culpa, solo para ver qué tan mal se siente saber que destruyo uno de los caminos de un niño. No soy lo suficientemente altruista para perdonarlo.

Sueños de la gata

Todos los días, a las nueve, la gata maúlla insistentemente frente a la puerta, bien cerrada, de la cocina. Sus maullidos tienen una intención clara: quiere comer de un paté especialmente reservado para ella. Sabe que la lata que lo contiene se esconde en un refrigerador que no puede abrir, y también sabe que a esa misma hora generalmente toda mi familia se reúne en el comedor. Después de darle el paté, entre maullidos casi desesperados, la gata come a una increíble velocidad. Cuando termina, se levanta y desaparece entre los ventanales abiertos que dan al jardín, iluminados a medias por la luz nocturna de la luna.

Entre sonidos de su cascabel, la familia solo sospecha de sus movimientos, escondidos en el pasto. Pero yo sé su secreto. En el centro del jardín, sentada con sus ojos dorados bien abiertos, la gata sueña.
Durante el día, la gata ha sido incansable. Se ha escondido entre las plantas, como tigresa en las sabanas, minimizando su ruido, siguiendo a su presa. Pero algo falta. La gata salta, de repente, pero cojea. Sus tres patas no son suficientes para dar el salto exacto. El pájaro vuela antes de ser alcanzado. La gata reinicia su búsqueda.
De noche, ante la luna, la gata sueña con cacerías perfectas, sin pájaros burlones eternamente fuera de su alcance, sueña con la libertad infinita de un gato, sueña con ella misma, sueña con un mundo sin reglas.

La cena termina. Todos se levantan. La gata entra a la casa, porque empieza a hacer frío. Cuando sube a mi pieza a dormir entre mis pies, secretamente, egoístamente, agradezco que sus sueños no sean ciertos.

Extrañas vueltas de la vida.

En una de esas extrañas vueltas de la vida, me vi parado frente a un precipicio que parecía no tener fondo. A mis espaldas, un valle flotante coloreado de verde y amarillo, pasto y flores de formas insospechadas y cambiantes, como si fueran visiones de un espejo distorsionado, sombras transitorias de un sueño camaleónico e inalcanzable. Quiero volverme, caminar descalzo y sentir las texturas inrecreables, pero la tierra cruje con un gruñido de otro mundo, resquebrajándose en pedazos. El movimiento me hace caer en la negrura más absoluta, un cielo sin estrellas frío y vasto. Es en ese momento cuando despierto.

Otra vez me levanto sudoroso, las sabanas revueltas. Algo debió agitarme mientras dormía, pero no puedo recordar nada. La rutina se repite. La corbata bien ajustada al cuello, la soledad bien arrastrada por la puerta de salida, el peinado engominado ocultando los pelos canosos prematuros, la rigidez en la garganta del que grita todos los días, el traje de buena calidad pero gastado de un jefe menor.

La puerta cruje como siempre ha crujido, todos estos años, y la chapa todavía chirría con su melodía de decadencia. El edificio es bonito, pero vacío. Puro espacio en blanco, pasillos grises y bien mantenidos. Los guardias de la recepción me miran y por un segundo recuerdo flores caleidoscópicas pero es tan solo un segundo o menos de un segundo y en sus ojos se refleja lo negro del precipicio y de nuevo me siento caer y ya no hay edificio ya no hay paredes y la corbata se siente aún más apretada en mi cuello y el traje demuestra desgastes que jamás había visto y mi pelo se deshace en el viento y la caída es cada vez más abrupta y…

Otra vez me levanto sudoroso. Las sabanas revueltas. Algo debió agitarme mientras dormía, pero no puedo… no puedo… recordar…

Nada.

La puerta entreabierta



[Creditos a Rayan por la imagen y la proposición del cuento. Gracias!]


La noche mantenía alerta sus sentidos, sus sabanas un frágil escudo ante los enemigos invisibles, las armadas del enemigo eterno, el ojo que mira en la oscuridad, la sombra espía e inescapable, la luna traicionera que gravita en el cielo impermeable. El día llevaba a la espera, el tictac del reloj que llevará de nuevo a la noche, la falta de sueño que nubla los sentidos y los deja entrar, el rayo de luz de la puerta que ilumina sus ojos. Ya vienen, se acercan, quiere cerrarlos pero no puede evitar mirar a la muerte en la cara.

Haikus

Hace tiempo que quería experimentar escribiendo algunos Haiku. Se los dejo:

Dioses
La Triada del ser
Marchita suavemente
Cruzando el río
Todos
Somos varios
Pero indescifrables
En nuestro dolor
El camino
Caminar lento
Ojos en la arena
Los mares sueñan