Nostalgia

Nostalgia. Existen pocos sentimientos tan poderosos. Con ella, recuerdos donde pasan cosas terribles pueden ser buenos, bellos, vitales, incluso, capaces de transportarnos a un mundo de recuerdo que, lamentablemente, no existe. Porque las cosas por las que estamos nostálgicos no existen, son irreales, transitorias, ilusiones, al fin.

Nada es tan bueno como la nostalgia lo muestra. Las series que nos gustaban tanto de niños muchas veces son poco más que basura para vender juguetes, las películas que nos gustaban son repetitivas e ignorantes, los juegos que jugábamos muchas veces se ven feos y nos aburren. Incluso cuando mantienen su lustre, cuando el tiempo no las ha arruinado, no lo disfrutamos de la misma manera. Después de todo, ya no somos los mismos, y no vemos con los mismos ojos. Porque parte de la nostalgia es saber que no se puede volver atrás, que nada de lo que hagamos puede devolvernos a ese pasado que alguna vez vivimos, a ese estado mental en el que alguna vez estuvimos.

Así existe la nostalgia, en el límite de lo real e imaginario. Tal es su poder, que podemos extrañar algo que nunca hemos visto. Volver a reuniones familiares donde nos imaginamos felices, pero que sufrimos de niños. Mirar una serie que odiábamos, pero que ahora vemos como sin asperezas. Volver a hablar con ese amigo que nos traicionó como si nunca hubiese mentido, como si fuera otra persona, pero la misma, a la vez.

Nostalgia. Existen pocos sentimientos tan poderosos. Con ella, buscamos ser lo que fuimos, pero solo logramos ser lo que nunca hemos sido, atrapados en el limite de lo falso y lo irrecuperable, suspendidos en una esperanza que jamás dará fruto, congelados de miedo ante un mundo que cambia tanto que solo queremos volver. Respiro nostalgia. Soy nostalgia. La dejo.

Lo que queda de mí

Todavía recuerdo la campanilla de ese ascensor. El sonido de aquella máquina, al lado de la cama. Recuerdo la luz, cambiando de verde a rojo. La bicicleta, volando en el viento. El columpio que todavía se impulsa con el viento. Los pocos centímetros de aire. El brillo opaco de aquella chapa que dejé hace un año, la sonrisa triste de alguien que ya no veo. También recuerdo una sonrisa radiante, unas palabras de ánimo, unas tabletas dobladas que tomo con agua antes del desayuno. Son tantos recuerdos, que no se como caben en mi cabeza. Son tantos, que me desbordan.

De ese desborde, nazco. De ese desborde, continua el río de mis pasos. Navego en mi mismo, una nave decrepita pero bella, y no entiendo mis pasajes invisibles. No es una casa, son dos. No son dos, son tres. No son casas, son islas, rodeadas de mar inclemente. Soy yo, atrapado en la corriente. Soy yo, encerrado en una isla. ¿Qué quiero decir? No sé. Quizás explicar que soy más que una suma de eventos, que una multiplicación de recuerdos, que una nave construida de ramas rotas, que palabras amontonadas en palabras. Soy tinta, soy agua, soy yo, soy tú.

Oculto (Parte I)

Hay algo que se esconde, que se arrastra, en los rincones ocultos de nuestra mente. Se camufla entre las sombras, y solo sale cuando los pensamientos se tornan oscuros. Es ahí cuando está libre, cuando sus susurros empiezan a llenar nuestros oídos.

Y son solo susurros, al principio. Palabras vacías, pero hirientes. Un comentario crítico, una risa cruel, un error expandido hasta el infinito. Pronto, la voz empieza a colarse entre lo que creíamos que eran nuestros pensamientos. Y los rellena. Agrega paréntesis. Cambia el sentido. Amplifica cada error. Destruye todo lo positivo.

Las sombras se extienden. Pronto ocupan más espacio que la luz. Y lo que se esconde ya no se esconde, somos nosotros los que nos escondemos. Lo que alguna vez éramos se pierde entre las tinieblas.

Templario por un día

Los momentos felices de mi adolescencia se sienten como otra vida, como algo que no me pertenece. Están tan lejos que son difusos, que parecen humo. Es por eso que debo recordarlos, porque pueden perderse, porque puede que el humo se disipe. Justamente ahora me asalta uno, y siento que debo contarlo.

Debo haber tenido 15 años. Era semana de alianzas en mi colegio, y uno de los concursos era de disfraces y yo, yo quería ganarlo. Mi madre, con mucho más esfuerzo del que pude apreciar en ese tiempo, me consiguió el mejor disfraz posible, en mis ojos jóvenes: una túnica de templario, adornada con una cruz roja. Era perfecto. Ahora si solo tuviera una espada y un escudo…

A pesar de no poder conseguir lo que buscaba, la llegada al colegio fue, por una vez, feliz. No podía esperar a mostrar mi disfraz; a sentir que, por una vez, iba a ser mí día. Y lo fue, al menos para mis ojos jóvenes. Mis amigos elogiaron mi disfraz, y yo sentía que todo el mundo me miraba con admiración. En esos días, no conocía la envidia.

Las cosas cambiaron cuando me lo encontré a él. Estaba un curso abajo del mío, pero habíamos conversado antes, así que lo saludé, y no pude evitar notar que, a pesar de no tener disfraz, llevaba una espada y un escudo. Eran reales, de metal, tan reales que parecían falsos. Era todo lo que me faltaba.

Él me dijo que su papá coleccionaba espadas y escudos, que se los había prestado para el concurso, pero que, sin un buen disfraz, le era imposible ganar. Y como por milagro, ambos estábamos en el mismo equipo. En un acto de generosidad, me prestó ambos implementos. Y con ello, fui templario por un día.

El resto del día es difuso, se pierde en la niebla de la memoria. Se que ganamos el concurso, que recorrí el colegio con mi disfraz y me pidieron que parara porque asustaba a los niños más chicos. Qué ese día finalmente terminó, como todos los días, a pesar de mis ruegos. Y qué el siguiente día todo volvió a la normalidad, y la gloria de ese día pareció disiparse. Pero, en mi corazón, todavía queda algo de ella.

Algo que decir

Hay tantas cosas que quiero decir, pero no puedo. Algunas no pueden ser escritas, y solo pertenecen a quien debe escucharlas. Otras son fríos secretos, conocimiento prohibido que solo puede arruinarme a mi mismo. Unas pocas son silencios llenados por años, un eco infinito donde no debería haber eco, una cama de palabras donde no debería haber palabras.

Hay tantas cosas que quiero decir, pero no debo. Mi silencio fue comprado con confianzas, con favores, con miedos, y decirlas me hace responsable de un odio que no es mío, sino de muchos. ¿De qué me sirve rasgar las paredes de una confianza implícita? De mucho, al parecer, porque las palabras roen las paredes, forman un atasque de palabras donde no debería haber palabras.

Hay tantas cosas que quiero decir, y solo pienso. Mi mente es un pasillo largo, donde las palabras se archivan en rincones infinitos. Olvido tanto como recuerdo, recuerdo menos de lo que vivo. En el pasillo, infinitas puertas. En las puertas, infinitos caminos. Caminos que se extienden, pero que no recorro. Caminos que se bifurcan, pero que no conozco, una ruta donde no debería haber palabras.  

Falsa prisión

Estoy atrapado en mi propia cabeza. Reflexiono y pienso. Argumento y cuestiono. Mil probabilidades, diez mil caminos a seguir, un millón de esperanzas que se diluyen en el miedo. Miedo, si, porque pensar es mucho más fácil que actuar, porque dar vueltas en circulo es mucho menos peligroso que poner las manos al fuego.

Estoy atrapado en mi propia cabeza. A través de mis ojos, solo puedo ver mis brazos temblorosos, mis piernas que no se mueven, mis ideas que fluyen hasta el infinito. Ideas, si, porque solo son ideas, fragmentos de un plan que nunca va a realizarse, la comodidad dolorosa de un enfermo que convalece, la emoción fatal del que entra por primera vez a un laberinto sin salida.

Estoy atrapado en mi propia cabeza. Mis respiración se siente como la de otro, mi cuerpo es como una maquina sin un piloto, abandonada a su suerte en un rincón oscuro. Abandonada, si, porque el cuerpo no existe sin la mente, y la mente no existe sin el cuerpo. Pensar no es suficiente para cambiar la suerte, para cambiar el mundo, para cambiarme a mí mismo.

Estoy atrapado en mi propia cabeza. A veces golpeo contra los bordes, y se siente como si algo fuera a cambiar. Muevo mi cuerpo, tomo los controles, empiezo a forjar mi propio destino. Destino, si, porque si se deja todo a la suerte no existe más que destino, una realidad predicha de la que no se puede escapar. Quiero romperlo, pero me aprisiono. Quiero salir, pero me atrapo.

Estoy atrapado en mi propia cabeza. Pero estoy dispuesto a romper mis propias cadenas. Mis cadenas, si, porque yo mismo me las puse, y yo mismo debo eliminarlas. Del pensamiento, a la acción. De la acción, al riesgo. Del riesgo, recompensa.

De donde viene

Lo que al principio partió como rabia se convierte rápidamente en tristeza, en decepción. Porque muchas de las veces la rabia viene de un problema con uno mismo, de una aspereza que limar, de algo que esperamos que sea, pero no lo es.  

Después de que la rabia explota, cuando sus consecuencias ya son irreparables, me pregunto de donde viene, cual es su origen. Obviamente, no toda rabia es igual. A veces es frustración, que explota en olas. Otras es indignación, fuego incandescente que quema hasta los huesos. Excepcionalmente, es tristeza convertida en rabia, es saber que se tiene la culpa, pero no saber cómo resolverlo, así que nos autodestruimos. Tantas formas, tantas razones.

Odio mi rabia. Me gustaría que no existiera. Ser como el hielo, congelar la sangre en mis venas, tomar todo con la calma de un monje. Pero la rabia es mia. De donde viene, me pregunto, de donde viene.

Desaparición (Historia completa)

I

Estaba atrapado en un ciclo. Dormir de día, trabajar de noche cuidando una bodega que nadie visitaba, luego un retorno vacío al amanecer. Forzado, como estaba, a seguir en esta situación, los libros se convirtieron en la mejor distracción. Sabía que estaba siendo negligente, pero no me importaba. Mi trabajo era una solución parche, un agujero que cualquiera podía llenar. Mi único consuelo, lo único que me mantenía en vilo, era observar la luna brillando entre las nubes, y luego observar como desaparecía, lentamente, cuando el velo de la noche se descorría, cuando el sol retornaba a sus dominios.

Todo cambió un día de invierno. Temblaba de frío en la cabina, a pesar de mi ropa gruesa y el pequeño calefactor, que hacía su mejor esfuerzo. Había acabado mi último libro, y las cámaras, como siempre, no mostraban a nadie. Por la pequeña que tenía en frente, miré al cielo, pensando en distraerme con la luna. Debería estar llena hoy, todo un espectáculo. Pero no vi nada. Solo el cielo y unas cuantas estrellas. No había luna.

No podía abandonar mi puesto, incluso ante algo tan extraño como eso. Las cámaras me verían, y necesitaba el trabajo. Debía esperar, pasar el tiempo del turno, lo que me costó más que en ninguna otra ocasión. Cuando salí, me di cuenta de que no tenía ningún recurso para buscar mi luna. Utilicé mi celular y busqué noticias, seguro ya había alguna investigación. Pero nada. De hecho, decían que era la luna más brillante que había habido en quince años. Y yo, yo no podía verla.

II

Dos semanas después de que dejé de ver la luna, ya había descartado todas mis opciones. Cada persona a la que le había preguntado la veía perfectamente, y no había nada mal con mis ojos. Era como si se escondiera solo de mí. Los turnos ahora eran mucho más tristes, mucho más largos. La lectura no me distraía, y mis ojos veían sin observar a las cámaras, que de nuevo no mostraban nada.

Espera, había luz en algunas de ellas, luz que provenía del cielo, luz que tenía que venir de la luna. No podía mover las cámaras, no podía salir a mirarlas. Estaba atrapado en mi cubículo, atrapado en mi trabajo, atrapado en una pausa eterna, en una espera irrompible, en una noche sin luna. Y ni siquiera podía salir a buscarla.

Desesperado, salí. Desesperado, si, dejando atrás toda esperanza de mantener mi trabajo. Afuera, la oscuridad teñida en luz de plata. La luna estaba ahí. Como si nunca se hubiera ido.

Sin despedida

Lo que extraño son partes, fragmentos que por si solos no valen nada. Un dialogo casual sobre un tema en común. Un comentario animado sobre algo que ambos jugábamos. Una salida a comer en el restaurante de siempre. Un retorno a un departamento sin soledades. Pero luego recuerdo las peleas, las imposiciones que no podía cumplir. Recuerdo el miedo. El miedo permanente a una ira que nunca entendí del todo, el miedo a una tristeza interior que buscaba su origen como un tejedor busca la punta de un hilo mezclado entre tantos otros hilos.

Se que yo mismo le he fallado, como me he fallado a mí mismo. Todo lo que hago es incompleto, y no puedo seguir las ordenes como la gente quiere que las siga. Pero hay algo que él nunca entendió: no tengo que seguirlas. No tengo que llevar la carga que el quería que yo lleve. Por eso, me libro de este fardo, me saco de encima esta roca. Pero también me saco de encima todos los fragmentos, todo lo bueno, todos esos años. Y quedo solo.

O, quizás, siempre lo he estado.

Perder

Perdí mi inocencia a los 9 años, cuando el auto de mi abuela se incrustó contra un bus, y ella cambió para siempre. Perdí mi confianza en mi mismo a los doce, cuando mis compañeros se burlaron de mis dibujos al compararlos con los suyos. Perdí mi rumbo a los 19, cuando los resultados de mi prueba final del colegio no fueron suficientes para entrar a una universidad tradicional. Perdí a mi grupo sólido de amigos a los 23, cuando me cambié de universidad. Perdí la confianza en mi carrera a los 26, cuando me fue imposible encontrar trabajo en mi rubro, y hoy, a mis 32, me pasa lo mismo de nuevo.
La vida es una seguidilla de pérdidas. Pero al perder, también ganamos. El choque de mi abuela me demostró que el mundo es cruel y azaroso, y debe enfrentarse como tal. Saber que mis capacidades en el dibujo no eran especialmente altas logró encaminarme a la escritura. Estudiar en mis dos universidades me ayudó a conocer a gente diversa, y encontrar varios intereses. De un grupo de amigos, pasé a otro, más sólido, más antiguo. Todavía no sé que me va a enseñar no tener trabajo, pero nunca se está seguro de lo que se va a aprender hasta que se aprende.
Extraño, en parte, esos viejos tiempos. Y, al mismo tiempo, agradezco no estar en ellos. El movimiento es prueba de que estoy vivo. Seguiré moviéndome, entonces, esperando que cada paso traiga nuevas oportunidades.