El blog sobrevive.

Bueno, no publicito mucho este blog ni nada, pero me gusta pensar que es mi obra más personal en la internet. Es por eso que a pesar del tiempo, la flojera, y los múltiples trabajos y proyectos fallidos, sigo actualizando aunque sea rara vez. Esto probablemente no cambie a algo regular, pero no abandonaré a este blog. Eso es todo lo que diré: aunque las cosas cambien, este blog seguirá en pie. Va a ser como la balsa a la que se agarra un naufrago, un pedazo de tierra firme en un mundo de mar infinito. Mi blog me va a sobrevivir, y me sobrevive.

Un nuevo encuentro

Fue como encontrarme con un viejo amigo del que me había despedido hace mucho tiempo, un cruce de caminos olvidado que solo se esconde en algún lado escuro de mi memoria. Mis recuerdos no son claros, y tan solo me queda la imagen de algún restaurante en el centro de Santiago, una comida familiar en algún lugar que no visitábamos comúnmente entre edificios patrimoniales y una vereda ensuciada por miles de pasos. Él estaba parado cerca de una entrada, un montón de libros en sus manos. Era joven, y su mercancía era sus propias historias, un libro autopublicado, pequeño y gris, una gota de agua en el mar de la literatura publicada.

Yo todavía estaba pasando por los últimos años de mi adolescencia, pero aún sentí que debía tener esa obra, que este era un momento importante, que yo también había querido ser un autor y ayudar a otro en hacerse conocido era mi deber, casi una obligación inexorable de un futuro escritor que probablemente iba a estar algún día en la misma situación. Mis padres, quizás compadecidos, compraron dos copias que recuerdo leer con atención. Eran cuentos tan grises como la portada, nadadores de bares y romances prohibidos, historias de un Santiago que no conocía, de un lado de la vida que jamás había visto.

Los años pasaron, el tiempo me hizo perder el libro y disipar el recuerdo de que alguna vez había visto a aquel autor desconocido venderlo. Lo que importa hoy en día es terminar las largas tareas de la pasantía que estoy haciendo. Debía investigar a una agencia literaria que representaba una gran cantidad de autores. Mis sueños de ser un autor se habían cumplido a medias, con un cuento mío publicado en una antología, pero todavía no estaba siquiera cerca de vivir de mi escritura. Mis cuentos ni siquiera hacían los ripios que una gota haría en un mar tempestuoso, así que solo me quedaba trabajar en lo que me pedían.

Los autores de la agencia eran variados, había bastantes caras conocidas y otras de las que nunca había oído. Aun así, debía investigarlos a todos. El trabajo era tedioso, investigar a más de noventa autores que habían logrado un sueño que todavía era lejano no era mi idea de entretención, pero de repente algo cambió.

Mis ojos se posaron en una cara conocida, algo que todavía se agitaba en los recodos del recuerdo. Era él. El autor que había estado vendiendo sus ejemplares. Ahora tenía peso, había ganado un concurso importante y con el dinero había comprado un taxi. Escribir y llevar gente. Algo tan perfectamente literario parecía imposible, algo que solo se veía en sueños. Pero ahí estaba, un testamento a que escribir era posible, que los cuentos valían algo, que una gota de agua puede convertirse en una tormenta. Pasé el resto del día con una sonrisa en mi cara, una sensación tibia en mi estómago y una luz en mis lejanos recuerdos. Era todo lo que podía pedir para un nuevo encuentro.

De tormenta en tormenta

Era de noche, pero la luna no podía asomarse entre los nubarrones grises del invierno que anunciaban tormenta. Las gotas de la lluvia en ciernes ya empezaban a mojar el parabrisas, imponiendo su ritmo en las calles vacías, iluminadas apenas por los faroles. Debía llegar rápido, pero algo en el aire disipaba mi prisa… Una premonición, quizás una advertencia, quizás tan solo la brisa cargada de humedad incitando mis sentidos.

Torcí hacia la derecha, y me encontré de repente con compañeros de ruta. Sus luces en mis ojos por una vez se sintieron amigables en su enceguecedor haz. Tomé la pista izquierda, vacía, y aceleré de a poco esperando llegar al semáforo. Una luz amarilla se cruzó rápidamente como un conejo saltando de su madriguera. Era un furgón escolar cruzándose a mi pista, ignorándome a mí y a mi coraza de acero. No pude frenar, y mis intentos por esquivarlo solo me llevaron ligeramente a la derecha. El sonido del choque explotó en mis oídos como una funesta orquesta de metales contrayéndose. El airbag chocó contra mis ojos, mis anteojos volando hacía el cielo en dirección desconocida. Por un segundo solo vi blanco. Por un segundo estaba muerto. Sin pensamientos, sin calor, sin el airbag acolchonando mi cara con su particular olor a plástico quemado, sin el dolor de mi pierna que se había golpeado contra algo. Cuando abrí los ojos, el dolor y los pensamientos volviendo rápido a mi mente, solo pude ver el auto destruido por el frente mojándose con la lluvia. En la lejanía sonó un rayo. Así viajé de tormenta en tormenta.

Mi libro!

Edit: ¡Se corre para un mes más! Disculpen xD. Es para el 16 de agosto ahora.

Gente, ¡les tengo una excelente noticia! Un libro del que soy uno de los autores, “Viento Fresco”, sale el martes 16 (o sea como en dos días más). El libro tiene uno de mis cuentos favoritos, “Teatro del Temporal”, y va a ser presentado en Parque Bustamante a las 6:00 pm. Si quieren venir por favor háganlo (y compren mi libro xD). De Bonus Track les dejo la página en que sale mi biografía (corta y sin mucho merito). Como siempre, ¡gracias por leer el blog!

Malagradecido

Soy un malagradecido. O más bien, desde fuera me debo ver perfectamente como la persona más desagradecida del universo. Lo cierto es que soy pésimo expresando mi agradecimiento, los sentimientos positivos y las buenas experiencias que se me han dado como un regalo. Hay tantas veces en las que he querido pedir disculpas, mandar un mensaje general al mundo dándoles las gracias por tolerar mi partida de defectos, pero mi falta de valentía lo convierte en algo anónimo, una carta abierta como esta que pocos van a leer y que pocos van a tomar como una referencia a ellos mismos… pero para ellos existe.

Gracias. Por todo lo que se me ha dado, por todo lo que se me dará en el futuro, por todas las lecciones y todas las sonrisas. Gracias por la amistad, gracias por hacer que mi existencia signifique, gracias por tolerar y estar, aunque yo no responda, aunque me crea un fantasma invisible, aunque a veces me gustaría simplemente gravitar y no pensar en nada… Muchas Gracias.

Conocer a mi abuelo

No conocí demasiado a mi abuelo. Recuerdo que sus palabras eran ásperas y sus acciones bruscas y sin posibilidad de discusión. Cuando tenía nueve años me apostó diez mil pesos que no podía escribir el año en el que estábamos en números romanos. Me tomó treinta minutos, pero lo logré. A pesar de los ruegos de mis padres sacó los diez mil de su billetera y me los entregó. Guardé el billete en mi cajón como un gran tesoro, pero cuando recordé revisarlo de nuevo, cuando ya había muerto, ya no estaba. Siempre con la última palabra, abuelo.

El corte como ritual

Cortarse el pelo es un ritual. La espera, tu nombre en la lista, la persona que te atiende con una sonrisa o sin ella, la espera inevitable de tu turno porque jamás hiciste la reserva. Pasos de algo de rasgos místicos, el arreglo de la cabellera que es una de nuestras conexiones a nuestros ancestros, un vínculo medio perdido para cuando no era solo una parte de la estilística, cuando protegía contra el frío y los elementos todavía no domados de afuera, de lo desconocido.
Para mí, incluso la espera es feliz. Sé que pronto vendrá algo que no solo definirá como me veo, interés secundario y casi de índole práctica, sino algo que cambiará el cauce de cómo van las cosas, una renovación. Cuando al fin es tu turno, es menester procurar que el corte incluya un lavado. Como prepararse para una cita, ese paso es tan vital como el corte mismo. El cuero cabelludo se prepara para su inminente cambio.
Cuando al fin se llega al paso del corte, mi mente queda en blanco y mis ojos parecen cerrarse por sí solos. Es la mejor forma de alcanzar el zen, un estado de paz tan absoluto como breve. Tengo que decidir si prolongar el corte sacrificando mí pobre cabellera solo para quedar todavía en ese estado, para hacer que dure, para sentirme en los aires lo más posible. Muchas veces termino casi pelado, con un corte que no me gusta. Y siempre vale la pena.
Cuando al fin pago y la realidad se asienta de nuevo en mi cabeza, solo allí me doy cuenta que no podré cortarme el pelo hasta un mes más tarde. Y así, comienza de nuevo la espera.

Dolor de Cabeza

Me duele la cabeza. El mundo se ve afiebrado en mis ojos, como una mancha de tinta desdoblándose sobre el lente de una cámara. Un día pensé que podría entenderlo por completo, pero verlo así me llena de una extraña comprensión, la certeza volatil de que es imposible, de que el conocimiento obtenible es un finito dentro de un infinito, que un grano de arena cuenta tanto como una pisada, que quizás algún día soñare con el infinito y moriré cien veces, que dormiré verdaderamente, que sabré lo que es el descanso, la mente vacía, el zen. El mundo es una serie de puntos brillantes que solo podemos ver porque nuestra vista es imperfecta. Solo podemos conocer el mundo porque no nos damos cuenta de que es imposible hacerlo verdaderamente, que nuestros intentos son inútiles, que el tiempo es corto y solo podemos tener la experiencia de lo efimero, de lo secundario. Me duele la cabeza… y pienso demasiado. La luz me distrae y me olvido. El sueño me busca.

–sil–

Un pasillo oscuro. La única luz se escurría entre los bordes de una puerta. Camino, pero la caminata es lenta, como si tuviera anclados los tobillos, como si intentara correr bajo el mar. Alrededor mío solo oscuridad. Mis ojos se sienten húmedos, mi mirada borrosa. No puedo escapar. El suelo cruje y siento que algo me asecha, que cualquier movimiento podría revelarme. Tanteo los bordes pero los bordes son oscuridad, no siento nada, o quizás siento la nada. Intento correr a la puerta que cada vez se hace más difusa, pero no puedo moverme. El espacio se siente cada vez más estrecho, y siento que ya no hay aire, que ya casi no queda, que soy lo único que existe. Golpeo el suelo con desesperación pero ya no hay suelo, ya me alcanza, mis manos sienten que no sienten. Ya no queda siquiera mi recuerdo. Me desvanezco.

Difuminadora



Un rayo de luz difumina la eterna noche, noche que ahora se llena de estrellas, estrellas de esperanza, esperanza de ver la curva de tu rostro, rostro que no deja de repetirse en mi memoria, memoria que es tanto tuya como mía, mía pero prestada en plazo, plazo que he esperado para acercarme, acercarme a ti, un rayo de luz que difumina la eterna noche.