El teléfono infinito

Hay algunas historias que no puedo olvidar, porque marcaron algo en mi vida. Algunas de ellas son cosas simples, otras son más largas y complejas, y requieren un mayor contexto. La que quiero contar ahora es de las primeras, pero el efecto que tuvo en mí se mantiene resonando en mi mente, incluso durante estos días.
Debo haber tenido unos doce años, y ya estaba en mi segundo colegio. Como había sido un cambio bastante abrupto, todavía no tenía un grupo de amigos establecido, así que tendía a pasar los recreos solo, muchas veces leyendo en la biblioteca o paseando por el patio (que, en ese colegio en particular, era bastante pequeño). Una de las cosas más interesantes en el patio era el teléfono público, colgado en la pared cerca de la oficina de los coordinadores. A diferencia de los típicos teléfonos en la calle, era blanco y se veía casi como un teléfono de casa. Como todos aquellos artilugios, el teléfono requería monedas para llamar. Como niño de colegio, la plata a mi disposición se gastaba generalmente en dulces en el quiosco, así que llamar por ese teléfono estaba fuera de mi alcance.
Un día, sin embargo, decidí experimentar apretando los números en un cierto orden. Al poco tiempo, descubrí que el asterisco ponía al teléfono en un modo en que se podían introducir códigos. Días pasaron, de los cuales invertí largos recreos en intentar lograr algo con tales códigos. Un día, pasó algo increíble: uno de los códigos le daba tono al teléfono, permitiendo llamar gratis a cualquier persona, a cualquier lugar, incluso números regionales o internacionales. Como niño muy fijado en no causar problemas, decidí guardarme el secreto.
La gente se enteró de todas formas. A veces me pedían, como favor, que pusiera el código porque tenían una emergencia, o necesitaban hablar con alguien… o veces simplemente porque sí. A pesar de que nunca entregué directamente el código, hubo personas que lo descubrieron simplemente mirando mis dedos. Fue un paraíso, para ellos. Usaban el teléfono gran parte del tiempo, como una herramienta gratis. Las cosas, evidentemente, no podían mantenerse así de paradisíacas.
Un día que parecía igual a los demás el coordinador me llamó. A su lado estaba alguien desconocido, con un uniforme. El primero en hablar fue el coordinador mismo, preguntándome si era yo quién había descubierto un cierto código en el teléfono. Admití de inmediato que sí. El técnico entonces explicó que el teléfono tenía muchas más llamadas hechas que plata dentro de él, y que la compañía estaba perdiendo gran cantidad de recursos en vez de ganarlos. El coordinador, entonces, dijo algo que quedó grabado para siempre en mi cabeza: “No es que te esté retando por descubrir el código, todo lo contrario, demuestra que eres una persona muy creativa e inteligente, pero no quiero que experimentes más con el teléfono.”

Así, sin siquiera un reto, el código cambió en el teléfono, y nunca más experimenté con él. Saquen de este cuento las conclusiones que les parezcan más adecuadas. Gracias por leer.

Entre emociones y colegios, segunda parte

El cambio de colegio fue abrupto, para mí. Las notas bajas y las múltiples anotaciones negativas en el libro de clases me hacían sentir como un idiota, como alguien que no merece la pena, que no vale el esfuerzo. Mi personalidad, antes algo combativa y (digámoslo con todas sus letras) estúpida, se convirtió en una especie de timidez cerrada, con una autoestima bajísima en la mayoría de los casos.
Fue durante estos momentos que mi escritura comenzó a desarrollarse, y me destaqué entre mis compañeros por mis cuentos y poemas. Mi segundo colegio estaba enfocado en el área humanista, lo que favoreció sobremanera esta tendencia, con excelentes profesores de castellano, y de idiomas. Entre los idiomas impartidos se encontraban el francés, el latín y el inglés, todos los cuales fueron de gran interés para mí.
Considerando mis habilidades solo incluían idiomas y lecturas, intenté expandir mis intereses hacía otras áreas, incluyendo la música y el dibujo, pero las críticas de las personas, en especial de compañeros de curso, hacían demasiada mella en mi confianza, y las dejé rápidamente. Si tener habilidad en algo es simplemente poner una importante cuota de esfuerzo, nunca logré hacerlo consistentemente por no creer en mí mismo. La escritura, única habilidad que sacaba aplausos de los demás, fue la única que logré practicar hasta hoy, con resultados debatibles por ustedes, los lectores.
Sin tener los amigos de antes, tuve que buscarme nuevas amistades. A pesar de que lo logré, en parte, siempre sentí que era una parte poco importante en varios grupos de personas, más que uno de los miembros de un grupo consolidado. El miembro extra, la rueda de reemplazo. Quizás, más que una certeza solo mía, era como todos se sentían. La adolescencia es un tiempo extraño, donde sentimientos y pensamientos se mezclan y se pierden, donde nadie entiende nada. Una persona que parece segura de sí misma puede estar tan solo mostrando una máscara.

Pasé un largo tiempo en el colegio, hasta tercero de enseñanza media, año en que mis padres decidieron hacer otro cambio por la rápida caída de calidad (o al menos, eso me dijeron. Quizás había otras razones que no podía entender en esos tiempos). En ese último lugar, consolide amistades y empecé a acercarme, de a poco, a la persona que soy ahora. En esto profundizaré en el próximo post. Gracias por leer.

Entre emociones y colegios

Muchos dicen que el colegio es un tiempo inolvidable, el único momento donde tienes libertad sin mucha responsabilidad, todo mezclado con una juventud que pasa muy rápido. No estoy de acuerdo: es estar obligado a ir a un lugar que puede o no gustarte, con gente con una crueldad infinita (hay pocas cosas más dolorosas que la crueldad inocente de un niño), sin aliados, en solitario, sin la experiencia que tiene un adulto, sin la piel dura de un veterano de crueldades. Es un tiempo inolvidable, sí, pero a veces me gustaría olvidarlo.
Mis tiempos colegiales fueron turbulentos, por decirlo suavemente. Mi primer colegio era bilingüe, con grandes pretensiones, y quedaba extremadamente lejos de mi casa, forzando largos viajes y muchos atrasos. Mis tiempos tempranos no fueron excesivamente difíciles: tenía algunos amigos y compañeros de juego, pero las cosas cambiaron abruptamente cuando mi abuela tuvo un accidente gravísimo, el cual la dejó con secuelas graves y permanentes en el cerebro. Esto me golpeó muy fuerte: quería mucho a mi abuela, y ahora apenas podía hablar. Parecía otra persona. Mis notas bajaron. Mi conducta, nunca demasiado buena, se volvió mucho peor. Mis memorias de aquellos días son confusas y borrosas. El golpe fue tan fuerte, las ganas de olvidar fueron tan fuertes, que ya casi no tengo recuerdos claros. Son momentos, pequeñas conversaciones, actos de rebeldía sin sentido, lo único que todavía es visible en mi mente.

A finales del cuarto año básico, y poco después de aquel incidente, mis bajas notas y supuesta mala conducta llevaron a una “invitación a salir” del colegio, forzando un cambio abrupto de lugar, pero llevando consigo, también, una serie de ventajas e intereses, de los que hablaré en el próximo post. ¡Gracias por leer!

Accidentes y memorias

Cuando era chico tendía a ser propenso a accidentes. No es que me estuviera accidentando todo el tiempo, o que todos los días los pasara en la UTI como un cierto personaje de “Hey Arnold!”, pero cuando me pasaba algo, en general era bastante grave. El accidente que más susto y penurias le causó a mi familia todavía está claro en mi mente

Debo haber tenido alrededor de diez años, quizás un poco más, quizás un poco menos. Habíamos salido del colegio, y el chofer familiar (si, en esos tiempos mi familia tenía un chofer que se encargaba de llevarnos, empleo que terminó luego de múltiples topones y choques por parte de él, y quizás influenciado por lo que voy a contar) tenía otra cosa que hacer, así que pasamos por una especie de parque con una gran cantidad de juegos para niños. Uno de esos juegos, el más atractivo de todos, era un refalín de altura considerable. En esos tiempos, era gigante para mí, pero quizás hoy en día si lo mirará no sería tan alto.
Estaba junto a mi hermano ese día, y después de jugar con las demás atracciones, decidimos subir finalmente al refalín, pero pasó algo inesperado: un mal cálculo, una pérdida de agarre, un paso en falso, y caí desde la parte más alta, golpeando el suelo con mi cabeza.
No puedo recordar bien que pasó después. Mi hermano incluso me dice que lo que recuerdo, los juegos, la subida al refalín, fueron completamente distintas a lo que yo narro. El momento ya no existe en mi cabeza, se borró de la nada y se reemplazó por algo falso, memorias distintas a las reales. Puede, incluso, que yo mismo haya cambiado después del accidente. Desde ese golpe no puedo confiar bien en que soy esa misma persona que cayó, que lo que recuerdo es cierto e infalible, aunque nunca lo sea.

Quizás el niño que fui escribiría de otras memorias, de eventos completamente distintos en el pasado que no recuerdo o que recuerdo mal. Pero, ¿No podría decirse lo mismo de todos nuestros recuerdos? Gracias por leer.

Caminar enfermo

Ayer, mientras caminaba de vuelta de un día de trabajo arduo y pesado, mi gripe decidió tomarse las cosas en serio. Perdí mis fuerzas, sintiendo que ya no podía más, que el suelo era una mejor alternativa que seguir caminando. Pedí ayuda, mi hermano estaba en la casa de un amigo doctor que vivía cerca de donde estaba. Casi llegando al desmayo, logré llegar al lugar, donde me prestaron una cama.

Mi amigo doctor indicó que lo que tenía probablemente era influenza. Creo que probablemente tenía razón. Hoy, con la cabeza palpitando, todavía siento sus efectos. Tengo que descansar por lo menos tres días, según recomendaciones. Y es este el primero de ellos.

Como saben, me comprometo a actualizar por semana. Así como estoy, este texto es todo lo que puedo darles esta vez. Espero sea suficiente por ahora. Gracias por leer.

El escritorio de un profesor

Las cosas avanzan en la vida. Cuando era más joven, en mis tiempos universitarios iniciales, me dije que estudiaba Literatura para escribir mejor, primero, y para trabajar en el área, segundo. Descarté rápidamente la idea de hacer clases, porque me parecía que no era mi área, gracias a razones tanto válidas como no válidas: mi voz es rara, soy muy poco organizado, no tengo una verdadera vocación para la enseñanza. Puedo decir, con sinceridad, que no esperaba estar haciendo clases como lo hago hoy en día.

Si, para los que no lo saben: soy profesor en el CFT Manpower. Comencé a principios de este año, y durante este semestre mi carga de asignaturas podría por fin interpretarse como un trabajo “full-time”. Así, por las vueltas locas que da la vida, me encontré trabajando en lo que nunca pensé que haría. Y, honestamente, y a pesar de tener algunas quejas, no me arrepiento.

Ver las cosas desde el escritorio de profesor es completamente distinto. No es tan solo un nuevo ángulo, una mirada distinta y asimétrica a los alumnos sentados en frente. También incluye una entrada a un mundo distinto, a otra manera de pensar. También agrega muchas historias que contar, que probablemente entraran en mis más recientes historias. Espero verlos por aquí cuando las escriba. Gracias por leer.

La vida cambia



La vida en general es impredecible. A veces puede parecer que todo va a seguir un solo camino, que tenemos todo controlado, pero siempre hay algo que cambia las cosas, que llega de repente, agitando y cambiando para siempre lo que conocíamos. La muerte de mi madre fue uno de esos golpes. Hoy, cuando se cumplen poco más de dos meses, puedo ver los ripios y las quebraduras que deja su falta.


Lo primero que cae sobre todos nuestros hombros son los trámites. Uno creería que la muerte de una persona es una excelente excusa para que la burocracia sea rápida y eficiente, pero se equivocaría horriblemente. Hay tanto que revisar, tanto que cobrar, tanto que revisar. Una vida que parece estable se inestabiliza, haciendo temblar los cimientos, obligándonos a madurar, a ser más fuertes.

Los tiempos en los que debería haber más unión, sin embargo, son siempre los más peligrosos. Los roces que existían antes, mitigados en parte por una estabilidad pasajera, eminentemente temporal y efímera, explotan cual gasolina ante una llama. Personas distintas, en distintas etapas de la vida, con creencias variadas, manifiestan ahora sus diferencias. Peleas, gritos, discusiones cíclicas sin solución, sin ceder, terminan en tristeza, en la conclusión de que el mundo no tiene nada permanente, que no hay a quién echarle la culpa de algo naturalmente injusto. En nuestras mentes todavía se mantiene el fantasma del recuerdo.

Las memorias son un rastro, un veneno amargamente dulce que aparece como un filtro ante los ojos, manifestándose sin advertencia ante comentarios que parecen irrelevantes. Una fecha al azar trae imágenes de una felicidad inalcanzable, de una presencia que jamás volverá, al menos no en este mundo. Lo feliz se vuelve triste, un puzle al que le falta la pieza central.

Ahora el futuro es incierto. Pero la verdad quizás siempre lo ha sido, y lo único que cambia es la percepción que tenemos de él. Nos adaptaremos, a pesar de haber cambiado para siempre. Y sentiremos la mentira que es la estabilidad. Un placebo, falso pero útil, que nos impulsa a seguir caminando.

Ojos de la gata



La gata llegó pocos días después de que mi madre perdiera su ojo, después de que supiese que se avecinaba una batalla larga y difícil, con pocas posibilidades de salir airosa. Siempre son así las batallas contra la muerte inminente, que silba una canción terrible (pero liberadora) mientras cuenta nuestros días con los dedos. Ella la trajo, la gata que parecía un tigre en miniatura, la gata que con maullidos tristes lamentaba la falta de su pata. Ambas incompletas, ambas dañadas por el mundo. Había parte de mi mamá en la gata.

Las mañanas en mi casa generalmente no cuentan con mi presencia. Duermo como una roca, y la campana de la gata pidiendo su paté matutino generalmente no me despierta. No, las mañanas de la gata le pertenecían a mi madre. Antes de las 6, ya estaba dándole paté a la gata, vestida con su traje de gimnasia. Cuando terminaba su rutina de ejercicios, que cumplía sin falta, generalmente descansaba viendo series de detectives. La gata siempre la acompañaba, acostada entre los bordes de la cama, medio dormida, pero siempre atenta por si un pájaro se acercaba, lista para saltar sin aviso entre las plantas del jardín.

Mi madre ahora ha viajado lejos, se ha ido a una costa que no pueden alcanzar nuestros barcos, vencida por una enfermedad que la voluntad no rompe, porque si lo hiciera jamás la habría contraído. Pero gran parte de lo que ella era queda en la gata, que todavía se acuesta en la cama vacía a la misma hora de siempre. Me gusta pensar que el ojo perdido de mi madre ahora está en la gata, y que lo utiliza para espiarnos en la distancia, una distancia que parece acortarse cuando al fin la gata espía un pájaro y salta de la cama, que ahora se mantiene completamente vacía.

Sobre no encontrar el rumbo

Mucha gente dice que es fácil perderse. Lo único necesario es una curva errónea, una simple desviación inesperada y azarosa que cambia completamente nuestro camino, un letrero que falta, uno que sobra, un cambio inesperado. Perderse es fácil. Pero no es fácil estar perdido.

Cuando elegí estudiar Literatura, pensé rápidamente lo que me esperaba: si tenía suerte, podría vivir modestamente de mi escritura. Si no, podría dedicarme a la investigación, o incluso trabajar en una biblioteca. Con esos planes en mente, una imagen vaga y poco formada, estudié mi carrera como en un sueño, dejándome llevar por sus exigencias, postergando el futuro indefinidamente. Pero todas las cosas llegan alguna vez a su fin, y los años de estudio se acabaron sin aviso. De repente la tesis estaba entregada, la nota puesta, el diploma adquirido y enmarcado. El bote ya había llegado a puerto, y debía pronto embarcarme de nuevo.
No tenía trabajo, y había que hacer algo. El tiempo libre extrapolado no necesariamente entrega libertad. Decidí, entonces, dar un paso corto: estudiar un diplomado. Comprar tiempo, quizás ampliar mis posibilidades. Edición y publicaciones. Sonaba interesante, y expandía mis conocimientos un poco más al área editorial. Como un náufrago aferrándose a una tabla de madera, el diplomado pasó rápido, casi como un sueño, y en su finalización me entregó mi primer trabajo después de egresar: vendedor en la Feria del libro (FILSA). Luego, otra feria más en Ñuñoa. Pegas temporales, de tiempo corto, un salvavidas temporal.  Luego, meses de nada, hasta que decidí intentar trabajar por Internet. Era algo con lo que siempre había soñado, trabajar como freelancer. Y por un tiempo pareció funcionar, trabajé en una variedad de proyectos, pero el pago era en dólares, que tomaban mucho tiempo en convertirse a pesos. Además de eso, la paga era bastante baja, y el trabajo escaseaba a veces. Debía buscar otras alternativas, y las encontré trabajando para el Consejo de la Cultura por varios meses, además de ayudar en un proyecto educativo con la directora del diplomado (si lee esto, ¡gracias!). Fueron buenos trabajos, pero ahora se acabaron. Y vuelvo a estar perdido.
Toda mi vida me he dejado llevar, un objeto pasivo en mi propia vida. Estar ocupado es una distracción, algo que me aleja de la nada que es el tiempo libre sin propósito, sin guía. Este blog es otra de mis anclas. Es ahora cuando debo buscar que hacer, y entre un futuro incierto y un pasado variado y corto, todavía no encuentro mi rumbo.

No es necesario terminar esto en una nota tan negativa, sin embargo. Estar perdido también significa tener la libertad para elegir un rumbo propio. Una decisión, una movida de ajedrez.  Armar el barco propio, cruzar océanos inexplorados. Un solo movimiento, y el movimiento más difícil de todos.

Esto es una entrada! wow!

Wow. Dos meses sin poner nada por estos lados. Bueno, al menos esta vez tengo una buena excusa: He estado trabajando freelance como traductor, corrector y escritor de textos, intentando ganarme la vida trabajando por internet. Ha sido un viaje difícil, con meses muy lentos a veces, pero es un trabajo variado y entretenido que tiene que ver con mi area de estudios. Además de eso, he intentado conseguir trabajos part-time para complementar mis ganancias pero hasta ahora no he tenido demasiado éxito con ello. Digamos que estoy en una etapa interesante de mi vida, intentando alcanzar al fin alguna independencia económica. Aunque las cosas no van mal, podrían ir mejor.

Gracias por los lectores fieles que todavía quedan. Espero volver a actualizar más seguido desde ahora.