Bajo la Luz (Parte I)

Parece cliché, pero todo es cosa de perspectiva, y esta cambia, a veces muy lentamente, sin que nos demos cuenta. A veces cambia tanto, que recordamos algo que no es.

Hace tiempo, tan atrás que solo quedan fragmentos, había un farol en un terreno enorme, lleno de pasto. Solo aparecía algunas noches de verano, cuando las estrellas parecían más cerca, cuando la luna simulaba eclipsar al sol. Debajo de ese farol, nada. Debajo de ese farol, alguien.

Solo yo podía verlo. Para los demás, era tan solo un pasillo atrás del edificio, una delgada línea de tierra baldía. Pero mis ojos de niño veían todo grande, veían la luz invisible del centro, veían a alguien esperar bajo el farol. Me cuesta admitirlo ahora, pero tenía la secreta esperanza de que me estuviera esperando a mí.

Un consejo (Parte I, II, III, IV y V)

I

“Sé que tienes que irte. No vine a pedirte que te quedes” le dijo, lentamente, y luego tosió con fuerza.

Él lo miró fijamente, y por un segundo pareció que iba a ayudarlo, casi como acto reflejo, pero se controló y frunció el ceño.

“¿Para qué vienes entonces, abuelo?” dijo, algo más fuerte de lo que esperaba. Odiaba no poder controlar sus emociones, odiaba a sus padres por forzarlo, y, quizás como parte de ello, se odiaba a si mismo.

“Lo que quieres hacer es una locura- “comenzó, pero fue interrumpido por quejas. Subiendo el tono, continuó: “Por favor, hijo, espera que termine. Lo que quieres hacer es una locura, si, pero es una locura que te mereces. Mi intención es…” se pausó, y sus ojos reflejaron mil historias, mil recuerdos, mil decepciones. En unos pocos segundos, pareció encontrar lo que buscaba: “Mi intención es darte un consejo”

Todo en el cuerpo de Pi lo incitaba a correr. Su abuelo era sabio, y tenía mucha más experiencia que él. Si su intención era disuadirlo, quizás podría convencerlo. Y no quería ser convencido.

II

¿Qué importaban los árboles? ¿Qué importaba el arroyo con aguas cristalinas? ¿Qué importaban los arcos del templo, imponentes y rojos? El solo podía ver en blanco y negro, solo podía mirar atrás. El reflejo de sus espadas en la luna, el silencio antes del ataque, el crujido de las ramas rotas, el sonido del metal contra el metal. El rojo de la sangre en el piso, el rojo de la sangre en la espada del enemigo, el rojo que se acumulaba en la espalda de su hermano.

¿Qué importaba el mundo? Él había muerto. ¿Qué importaba todo el entrenamiento? Al final, solo importaba el último corte. Podía ver tan solo dos opciones: la muerte, o venganza.

III

“Escúchame, Pi. No quiero decirte que tienes razón, que el mundo está en tu contra, que nadie entiende lo que dices, que estas completamente solo. Solo quiero que tengas en cuenta esto, porque yo no lo entendí: El único golpe que importa es el último.”

Dicho esto, salió de la habitación, sin esperar respuesta. Pi, ahora, sintió todo el peso de la soledad. ¿Qué significaban esas palabras? ¿Por qué no había querido convencerlo? Faltaba algo. Tenía que faltar algo. Si no, ¿por qué se sentía tan vacío?

En su cabeza no encontró respuesta. Tampoco en la habitación. Bruscamente, salió, buscando el aire nocturno, en sus ojos lágrimas involuntarias, en la suela de sus zapatos el peso de buscar su propio camino.

IV

Se había convencido a si mismo de que al menos se había quedado con él hasta el final. Que al menos había sido testigo de sus últimos momentos. Creía que con eso iba a poder superarlo, que los años serían suficientes para atenuar el dolor, manteniendo el recuerdo. Pero se equivocaba. Su muerte era como una herida de guerra, como perder un brazo, o una mano. Se adaptó a vivir con el dolor, pero todavía sentía sus efectos.

Se dio cuenta, con el tiempo, que el mundo no se pausa con la muerte. El tiempo sigue corriendo, e ignora cualquier queja al respecto. Se había quedado con él hasta el final… pero ¿qué pasaba después? ¿Qué pasaría con su vida?

V

¿Cómo iba a entender ese consejo? El abuelo era sabio, y contaba mil historias. Para Pi, el mundo era pequeño, pero el abuelo hacía parecer que era infinitamente grande. Tan grande, que no podía entender aquel mensaje, ignorante como era.

Obviamente todos los golpes importaban en una pelea, ¿cierto? Al final, la única forma de ganar es golpear más que el oponente. ¿Por qué importaría solo el último golpe, la culminación de tantos otros?

Recordó, súbitamente, que no todas las peleas las ganaba el que golpeaba más veces. Había momentos en que solo un golpe era suficiente, solo uno. ¿Era eso, entonces? ¿O había algo más detrás de sus palabras?

Circuito

Está todo mezclado, después de todo. Una ensalada de diálogos, de movimientos. Una especie de mantra, que se repite cada mañana, cada día, cada año. Una mirada al espejo revela otro espejo, otra cara, otros momentos. Apenas me reconozco ahora. Las arrugas cubren mi cara y ocultan mis ojos apagados. Veo mi sonrisa, la comparo con mis labios apretados.

Salgo. El mundo es dos mundos. Uno está lleno de edificios pintados de gris que tocan nubes iguales, tocan un cielo sin esperanzas. El otro es un pueblo pequeño, con casas coloridas, en cada esquina gente conocida, y un cielo azul que presagia un buen futuro. Ninguno de los dos existe, ninguno es real. Ambos son yo mismo, ambos son ficciones.

Me cuesta guiarme, así. Parte de mi sigue otra ruta, quiere llegar a lugares que ya no existen. Hay tanto que extrañar, tanto que recordar, que ya casi no guardo nada nuevo. Volver es tan fácil, pero llegar es imposiblemente difícil. Todo camino nuevo se enfrenta al viejo, y pierde, porque los recuerdos son ciegos, amalgamaciones de esperanzas, de mentiras que creemos verdaderas.

Llego. El mundo vuelve a ser el mundo. Pero en mi mente todavía sigue repitiendo mi mantra.

Viaje de vuelta

Preludio: Un amigo volvió de una larga estadía en Japón a su Argentina natal. Intenté relatar lo que me contó en un texto. ¡Espero les guste!

Es raro, volver. El tiempo se mueve distinto, como si en cada lugar tuviera su propia fuente, su propio ritmo. Parte de mí se quedó en Japón, esa parte lenta, calmada, silenciosa. Esa parte que todavía prueba la cocina tradicional, el pescado, el bar para oficinistas. Pero en Japón, parte de mi estaba en Argentina, reviviendo mis memorias, compartiendo momentos con mi familia, probando, todavía, el dulce de leche.

Son dos partes, si, pero solo en la mente. Sé bien que ambas son uno. La tranquilidad de Osaka choca con los ruidos y la actividad de Buenos Aires, el silencio y la tranquilidad de un dialogo suave choca de frente con los ruidos y los amigos, con la negatividad intrínseca de un país que se siente menos de lo que es. En Osaka, mis amigos todavía mantendrán mi recuerdo, y parte de mi se queda con ellos. Aquí, mi familia me recuerda lo importante que son los orígenes.

No me entristece, volver. Pero tampoco me deja demasiado alegre. Después de todo, cada lugar tiene su propio tiempo. Voy a extrañar las montañas, a la gente que conocí, y la tranquilidad de tener menos, pero estar a gusto, quizás con los demás, quizás también conmigo mismo. Vuelvo, también, con la certeza de que los problemas que existían aquí son más reales que nunca. Pero al llegar, también entra la convicción de poder volver.

El punto borroso

Era solo un punto en el borde de mi visión, una mancha borrosa, pero la vi: una araña correteando en el techo. ¡¿De dónde salió?! No había agujeros ni telarañas en ninguna parte. Busqué desesperadamente, hasta que sentí un cosquilleo en mi boca. Mi sangre se congeló en mis venas. Acerqué mi mano temblorosamente a mis labios, lento, lento…y sentí las patas caminar por mi mano. No pude moverme, mi mente atrapada en blanco, hasta que lo sentí: el mismo hormigueo en mi garganta, luego en mi boca, y luego en toda mi ropa. ¡Arañas, de ahí salían las arañas!

Piezas

Escribir no es gratis. Cada escrito, cada palabra puesta en este papel virtual es una parte de mí que se descascara. Cada cuento, cada ensayo, cada palabra, es parte mía. Escribir me desarma, me corroe, me erosiona… me embellece. Escribir es pulir. Escribir es conversar con la arcilla para reformarla. Escribir es cambiar de piel, dejando la antigua en el papel por siempre, donde todos pueden mirarla, donde esos colores y diseños, antes propios, ahora son un otro, un algo. Escribir es desdoblarse, encontrarse con el pasado, conversar con el presente, especular el futuro… y dejar que otros lo vean.

Olvidado

Me olvidaron, una vez, durante esos difusos años de colegio. El cielo cambiaba de naranjo a ese azul que tiende a negro, y las salas empezaban a teñirse de los tonos de la noche. Nunca había estado tan solo, nunca había visto al colegio cambiar tanto, nunca había sentido que la espera era eterna, que nunca llegarían a buscarme, que las salas eran como la boca de un lobo, atrapándome para siempre. Cuando llegó, sentí mis miedos disiparse, que ya nada importaba ahora que iba rumbo a casa. Pero el recuerdo queda en mi memoria, esa certeza de ser olvidado.

Sigue


Del cielo al aire, del viento a la lluvia, de la lluvia al rayo, que cae sin espera, que ilumina todo y luego desaparece, que vuelve a la noche día por tan solo un instante, así llegaste y así te fuiste. Me dejaste ciego al mundo, incapaz de ver mi propia oscuridad. Como un relámpago, tu voz rozó mis oídos, y tus palabras derrumbaron mi realidad. Solo fueron algunos días, solo fueron unos segundos, solo fueron algunas horas. Te fuiste. Y dejó de llover. Pero mis ojos siguen atrapados en tu tormenta.

Ventanas


El ritual para verla es complejo. Tiene que ser de noche, con cielo despejado. Las luces de los edificios deben estar prendidas solo a medias, unos pocos departamentos brillando como estrellas en un cielo estirado y roto, los últimos resabios de una noche que está por convertirse en un amanecer. El ángulo debe ser exacto, pues la manera de mirar altera la ilusión, la desdibuja, la arruina. Si logro seguir los pasos al pie de la letra, si logro sentarme en el ángulo correcto, es posible verla: mi ventana al Caribe. El árbol, típico de Chile, se ve como una palmera. La luz de los edificios la desdibuja, la hace parecer una noche en una playa distante. Pero el sueño me llama. Me paro, y desaparece. Una ventana es solo eso, una ventana, y todo parece distinto ante las garras de la noche.

Una llamada


Me llama el silencio. Me llama inmóvil, como una llama congelada en el tiempo. Me susurra, paciente, cruel como una serpiente. Se arrastra, invisible, y me habla al oído.
“No sigas” me dice, tentándome “Tus palabras ya no sirven”. Lo ignoro, pero todavía hay días en los que el peso del mundo se viene encima, donde todas las palabras parecen fútiles, donde escribir se siente inútil, tan inútil como un grito en el espacio.
Cada historia es un grito. Cada palabra una rebelión contra el silencio. Cada pensamiento escrito es una alarma, cada silaba la forja de mi propio argumento.