El árbol entre los recuerdos

Mis memorias de juventud siempre son difusas, como pasadas por la niebla. Entre lo borroso, a veces veo a mis abuelos, dueños de un campo en San Felipe. Mi abuelo, marino de profesión, decidió iniciar un negocio de exportación de frutas sin tener experiencia alguna en ello. Para poder hacerlo, usó dineros de mi abuela, descendiente de una familia bastante bien provista. Ese campo, a pesar de su belleza, jamás logró ser un negocio rentable.
Mi abuelo, con una confianza mal puesta, decidió seguir con su exportadora a pesar de los malos resultados iniciales, empezando a perder el dinero que tenía rápidamente. Pronto estuvo al borde de, si no la quiebra, de un notorio bajón en su estatus económico. Esas cosas, sin embargo, no las entendía un niño de menos de diez años, como yo.
Para mí el campo era una mezcla de sentimientos encontrados. A pesar de tener muchos primos, no era especialmente sociable, y pasaba la mayoría del tiempo jugando con mi hermano mellizo. El campo era aburrimiento, en parte, pero también escondía algo de misterio, de exploración. Mi lugar favorito era, sin ninguna duda, el árbol cerca de la entrada.
Nunca supe (a pesar de que probablemente me lo dijeron) qué árbol era, pero para un niño de mi edad, era el mejor escondite, mezclado con una base secreta. Pasaba gran parte del tiempo creyendo esconderme allí, entre ramas nudosas y hojas verdes, soñando lugares distintos, enfrentándome a enemigos invisibles.

Hoy en día, el campo pasó a ser de uno de mis tíos con el que tenemos bastante mala relación, y no lo he visitado en siglos. Mis memorias probablemente deformaron el lugar, haciéndolo ver mejor que lo que es, y no estoy seguro de querer volver. Sin embargo, la nostalgia apremia, y siento que jamás podré ver ese árbol enorme donde jugaba todas esas veces, ese árbol que probablemente ahora me parezca pequeño, viejo, y mucho más gris.

Sobre la imaginación

A sugerencia de mis amigos en Fura Yodarian, voy a hablar específicamente de una cosa que toque tangencialmente en otro post: la imaginación. Es a través de ella que el mundo se modifica y cambia, sin mantenerse estático. Es ella la que nos trae historias de aventuras imposibles pero plausibles (una sutil diferencia), la creación de nuevas realidades tan válidas como efímeras, como castillos en el aire que se desvanecen de un toque pero que son magníficos para observar desde lejos.
La mayor capacidad imaginativa es generalmente  atribuida a la niñez, cuando las reglas del mundo, como antes mencioné, no son del todo claras, pero esto es ambiguo. Según leí hace poco en un webcomic  con una opinión bastante poco ortodoxa (lo linkeo: Bouletcorp ) la imaginación de un niño es realmente bastante limitada, y su expansión es realmente un mito. Arguye, también, que todas las historias de niños son escritas por adultos, y que las variaciones de estas son lo que los niños ponen en sus propias creaciones, que en realidad no son tales. Esto suena duro, pero creo que es necesario considerar un par de elementos: primero, el adulto sabe que lo que esta escribiendo es “falso”, que no existe ante las reglas del mundo real, serio, tangencial, detectable con nuestros sentidos. El niño, por su parte, no esta acostumbrado al mundo regular, y no esta seguro de sus reglas. A diferencia de un adulto, que imagina enterándose que imagina (redundancia necesaria en este caso), el niño convierte al mundo real en otra cosa, en algo mágico donde todo puede suceder. Hay una buena razón para considerar este tipo de pensamientos algo imaginativo. Es cierto que el niño no va a crear realmente algo nuevo: el ser humano aprende por imitación principalmente, y de esa imitación salen variaciones, pero debemos considerar que lo mismo pasa con los adultos.
El viaje heroico propuesto por Joseph Campbell en su libro “El héroe de las mil caras” intenta mostrarnos las bases de toda historia: todo lo que escribimos proviene de un mito, que tiene ciertas características que se repiten. Siempre hay un viaje desde el cual el héroe o protagonista sale de un espacio ordinario a lo desconocido, donde hay riesgo. El héroe al principio no quiere partir, pero su misión es más fuerte que su reticencia, luego un mentor le entrega conocimientos que aplica pasando su primera prueba. Hay un momento en que el héroe no puede regresar a lo que conoce, y debe enfrentarse a diversas pruebas, obtener aliados y enfrentar enemigos. Ya hecho esto, el héroe aplica todos sus conocimientos anteriores y pasa su prueba más difícil, haciéndose luego de su recompensa que luego entrega al mundo ordinario, modificándolo para siempre. Estos pasos pueden sonar, quizás, demasiados generales, pero tienen a aplicar a cualquier historia tradicional, y a todo mito. Sin darnos cuenta, cuando creamos algo nuevo estamos repitiendo la misma historia con leves modificaciones. Al final, somos imitadores por naturaleza, y la belleza de la imaginación consiste, en mi opinión, en la capacidad de recombinar elementos y crear algo distinto. Quizás no es realmente nuevo, quizás caigamos siempre en los mismos pasos, pero la belleza del crear consiste en que al final, algo nuestro queda, que modifica levemente todo lo que antes existía.
Finalmente, lo único que diferencia la imaginación de un niño y de un adulto es la escala, y los elementos recombinados. El niño tiene la ventaja de creer, al menos a medias, que lo que ve es real, mágico y maleable. El adulto en cambio tiene una cierta idea de lo posible, y su creación también se basa en ello. Por algo muchos de los protagonistas de las aventuras mágicas son niños: son los únicos capaces de creer en el mundo que un adulto ha inventado para ellos.