Información Básica Taller Lo Fantástico

¿Cuánto cuesta? 10.000 por sesión, con 8 sesiones en total. Los estudiantes tienen descuento.

¿Dónde se realizará? En la librería Rincón del Libro, ubicada en San Diego 43.

¿Cuándo inicia? El sábado 1 de febrero, y continua en los 7 sábados siguientes: 8, 15, 22, 29 de febrero; 7, 14, 21 de marzo.

¿A qué hora? Comienza a las 11:30am y termina entre las 12:00 y las 12:45pm

¿Necesito hacer algo para asistir? Solo es necesario inscribirse o asistir. Cada sesión (excepto las dos últimas) tiene una lectura asignada, pero son opcionales (no es necesario leerlas para entender el taller, aunque lo profundizan). Es posible entender cada sesión por si sola, así que no es necesario asistir a todas.

¿Tengo que saber de literatura para asistir? No, este es un taller introductorio y de descubrimiento. La idea es ir descubriendo juntos lo que significa lo fantástico.

¿Cuáles son esas lecturas?

  1. “Antología de la literatura fantástica” de Borges, Bioy Casares y Ocampo
  2. “El Hobbit” de J.R.R. Tolkien.
  3. “Otra vuelta de tuerca” de Henry James
  4. “Sabueso de los Baskerville” de Conan Doyle.
  5. “Neverwhere” de Neil Gaiman.
  6. “Doce cuentos peregrinos” de García Márquez

¿De qué se trata? Es un taller sobre la literatura fantástica y sus subgéneros.

¿Puedo conseguir más información? Si. Es posible visitar https://hectorbrowne.home.blog/2020/01/05/taller-lo-fantastico-detalles-de-cada-clase/ para más detalles, o mandar un correo a hectorbrownefigueroa@gmail.com si todavía quedan cosas sin aclarar.

Taller Lo Fantástico: Detalles de cada clase

Primera Sección del taller: Introducción a lo fantástico.

Lectura: Antología de la literatura fantástica, de Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares

La primera sección sirve como una introducción a lo fantástico en sí. En ella definiremos que es un género literario, hablaremos de la definición de lo fantástico y de las obras que esta incluye en su prisma. Discutiremos, después, la amplitud de géneros que incluye lo fantástico, como lo maravilloso, lo extraño, e incluso (indirectamente) la ciencia ficción. Finalmente, discutiremos sobre la excelente Antología de la literatura fantástica de Borges, Ocampo y Casares, y conversaremos sobre los cuentos que entran en ella. 

Segunda Sección del taller: Lo maravilloso y lo épico

Lectura: El hobbit, de J.R.R. Tolkien

En esta segunda sección definiremos lo maravilloso, el concepto de verosimilitud, y la importancia de la creación de un mundo creíble en historias maravillosas. Luego, discutiremos sobre los sistemas de magia en diferentes obras, y compararemos lo maravilloso con la ciencia ficción. Finalmente, discutiremos sobre Tolkien y como funciona su mundo.

Tercera Sección del taller: Los límites de lo fantástico

Lectura: Otra Vuelta de Tuerca, de Henry James

Con lo maravilloso ya definido, la tercera sección entra a definir lo fantástico. Para comprender este subgénero, discutiremos la noción de duda en el centro de lo fantástico y repasaremos los alcances de ella tanto para el ciudadano moderno como para el lector original de las obras fantásticas. Veremos, también, varias visiones de lo fantástico, incluyendo a Rosemary Jackson, Bessiere y Bioy Casares. Finalmente, discutiremos “Otra Vuelta de Tuerca” y lo que significa para lo fantástico.

Cuarta Sección del taller: La poca certeza de lo extraño

Lectura: El sabueso de los Baskerville, de Conan Doyle

Con tanto lo maravilloso y lo fantástico desarrollado en las secciones anteriores, nos adentraremos en la definición de lo extraño, donde entra todo lo que puede ser explicado con las reglas del mundo que conocemos. Exploraremos sus subgéneros, como las novelas de terror o las policiales, e incluso su conexión con la ciencia ficción. Luego, discutiremos sobre la posición del lector, analizaremos un relato ejemplar, y, finalmente, analizaremos El sabueso de los Baskerville y como desarrolla cada uno de sus elementos.

Quinta Sección del taller: Fantasía Contemporánea

Lectura: Neverwhere de Neil Gaiman

En la quinta clase, nos enfocaremos en la fantasía que sucede en tiempos actuales. Primero, discutiremos sobre el concepto de género literario y hablaremos de algunos subgéneros, luego nos preguntaremos sobre el “como” de la fantasía. Con esto definido, entraremos de lleno en la fantasía contemporánea ubicada en lo urbano. Después, reflexionaremos en torno de los sistemas para introducir el mundo de la magia, de los fantástico, en la urbanidad contemporánea. Finalmente, analizaremos Neverwhere, de Neil Gaiman, descubriendo como aplica los conceptos anteriormente mencionados.

Sexta Sección del taller: Realismo Mágico – Otra forma de lo fantástico

Lectura: Doce cuentos peregrinos, Gabriel García Márquez

No todo lo fantástico tiene la misma génesis. En esta sección, analizaremos el realismo mágico, que germinó en Latinoamérica. Primero, definiremos que significa este subgénero. Después, discutiremos que pasa con la duda cuando lo mágico se convierte en lo normal, y apreciaremos sus diferencias con otros géneros. Posteriormente, repasaremos los recursos narrativos que utiliza. Finalmente, analizaremos Doce Cuentos Peregrinos de García Márquez, dilucidando como funcionan los elementos discutidos en conjunto.

Séptima y Octava Sección del taller: Viaje heroico

Lectura Opcional: El viaje del escritor de Vogler

En las dos últimas secciones del taller desarrollaremos el Viaje del Héroe, concepto basado las teorías de Jung y aplicadas a la mitología por Joseph Campbell. Discutiremos como este autor postula que el mito es común a todo ámbito creativo humano, y como es posible aplicar ciertos pasos a toda historia escrita. Desarrollaremos, después, que significa cada uno de los doce pasos: el mundo ordinario, el llamado a la aventura, la reticencia del héroe, la ayuda del mentor, el cruce del primer umbral, las pruebas, aliados y enemigos, el acercamiento, la prueba más difícil, la recompensa, el viaje de vuelta, la última prueba y, finalmente, el regreso con el elixir.

Bajo la luz (historia completa)

Parece cliché, pero todo es cosa de perspectiva, y esta cambia, a veces muy lentamente, sin que nos demos cuenta. A veces cambia tanto, que recordamos algo que no es.

Hace tiempo, tan atrás que solo quedan fragmentos, había un farol en un terreno enorme, lleno de pasto. Solo aparecía algunas noches de verano, cuando las estrellas parecían más cerca, cuando la luna simulaba eclipsar al sol. Debajo de ese farol, nada. Debajo de ese farol, alguien.

Solo yo podía verlo. Para los demás, era tan solo un pasillo atrás del edificio, una delgada línea de tierra baldía. Pero mis ojos de niño veían todo grande, veían la luz invisible del centro, veían a alguien esperar bajo el farol. Me cuesta admitirlo ahora, pero tenía la secreta esperanza de que me estuviera esperando a mí.

Una noche, cuando la luna parecía más grande que el sol, descubrí que no podría dormir. Algo me llamaba. Debía escapar, llegar al farol. En la oscuridad, caminando lento, asustado de los fantasmas escondidos en las esquinas, sentía que mis pies sonaban como las ruedas de un tanque. Lento, paso a paso, logré alcanzar la puerta, y la abrí lentamente, como si fuera a romperse si la tiraba con fuerza.

Afuera, la luz de la luna parecía alumbrar una ruta. El viento nocturno me llamaba a continuar caminando, como si me empujara a seguir. La noche brillaba silenciosa. Mi miedo entonces se convirtió en curiosidad, y avancé, con cuidado, por el camino de arena, hasta llegar al final. En frente mío, esperaba el farol.

Una figura esperaba bajo la luz. Sonreía, con una sonrisa que parecía tener demasiados dientes, con unos ojos que parecían demasiado brillantes. Tenía una mano extendida, y me miraba fijo, demasiado fijo. Dejé de pensar. Caminé lentamente hacia adelante, como llevado por una fuerza que no era mía, y tomé su mano.

De repente, me sentí mareado. El mundo se desbordó ante mis ojos, se volvió notas borrosas de verde y negro, de luces y sombras, de esperanzas y miedos. Cuando recupere la conciencia, estaba sentado al lado del farol, rodeado de un bosque oscuro y frondoso. Estaba solo, en un lugar desconocido.

Me quedé paralizado. No sabía qué hacer. Caí sentado en el borde del farol, y mis ojos se llenaron de lágrimas. Por curioso estaba aquí, por curioso moriría en este bosque. No sé si pasaron minutos o horas, pero de repente la luz del farol comenzó a titilar, y lentamente, tristemente, comenzó a apagarse. Pronto solo quedó oscuridad.

Sin la luz, mis oídos empezaron a escuchar mucho más. El viento pasando entre las hojas. Y luego, pasos. Pasos en la tierra enramada. Algo brilló en la distancia, un reflejo dorado. Me levanté. Era una pista. Era mejor buscarla que quedarme atrapado para siempre en la oscuridad.

Mientras avanzaba, las ramas parecían brazos. El pasto rascaba mis pies como dedos, como manos. Quería correr, pero apenas podía ver algo. Los árboles parecían cubrirlo todo en una muralla desigual, y si no caminaba con cuidado podía chocar con uno y caer aturdido. Nadie sabría donde buscarme, sería solo un cuerpo en un bosque desconocido.

Mi imaginación me distrajo demasiado. Mi cabeza se golpeó contra algo duro y frío, y caí. Cuando al fin me recuperé del golpe, noté que no era un árbol, sino una estatua. No podía verla bien, la oscuridad era demasiado gruesa. De repente, se prendió un farol. Era el mismo farol. Había corrido lejos, pero allí estaba, esperándome, como si no pudiera escapar de él.

Y la estatua… la estatua tenía la forma de la figura cuya mano había tomado, pero distinta y enorme. Su cara era una colección de ojos, su boca una amalgama de dientes, con un colmillo dorado. Sus manos eran garras, con uñas demasiado largas. Era como si una bestia disfrazada de humano hubiese dejado de lado su disfraz. A pesar de todo esto, sentí que la estatua me sonreía. Esa sonrisa me llenó de terror.

No pude evitar correr. Lejos, debía correr lo más lejos que pudiera. Sin avisó, escuché un ruido terrible. Paré, y miré a mis espaldas. La estatua estaba cayendo, cerca, cada vez más cerca. Era imposible escapar. Caía demasiado rápido, era demasiado grande. Cerré los ojos. Silencio.

Abrí los ojos de nuevo. Estaba en una delgada línea de tierra. En el centro, un farol apagado. Nunca lo vería encenderse nuevamente.

Bajo la luz (parte I y II)

Parece cliché, pero todo es cosa de perspectiva, y esta cambia, a veces muy lentamente, sin que nos demos cuenta. A veces cambia tanto, que recordamos algo que no es.

Hace tiempo, tan atrás que solo quedan fragmentos, había un farol en un terreno enorme, lleno de pasto. Solo aparecía algunas noches de verano, cuando las estrellas parecían más cerca, cuando la luna simulaba eclipsar al sol. Debajo de ese farol, nada. Debajo de ese farol, alguien.

Solo yo podía verlo. Para los demás, era tan solo un pasillo atrás del edificio, una delgada línea de tierra baldía. Pero mis ojos de niño veían todo grande, veían la luz invisible del centro, veían a alguien esperar bajo el farol. Me cuesta admitirlo ahora, pero tenía la secreta esperanza de que me estuviera esperando a mí.

Una noche, cuando la luna parecía más grande que el sol, descubrí que no podría dormir. Algo me llamaba. Debía escapar, llegar al farol. En la oscuridad, caminando lento, asustado de los fantasmas escondidos en las esquinas, sentía que mis pies sonaban como las ruedas de un tanque. Lento, paso a paso, logré alcanzar la puerta, y la abrí lentamente, como si fuera a romperse si la tiraba con fuerza.

Afuera, la luz de la luna parecía alumbrar una ruta. El viento nocturno me llamaba a continuar caminando, como si me empujara a seguir. La noche brillaba silenciosa. Mi miedo entonces se convirtió en curiosidad, y avancé, con cuidado, por el camino de arena, hasta llegar al final. En frente mío, esperaba el farol.

Una figura esperaba bajo la luz. Sonreía, con una sonrisa que parecía tener demasiados dientes, con unos ojos que parecían demasiado brillantes. Tenía una mano extendida, y me miraba fijo, demasiado fijo. Dejé de pensar. Caminé lentamente hacía adelante, como llevado por una fuerza que no era mía, y tomé su mano.

De repente, me sentí mareado. El mundo se desbordó ante mis ojos, se volvió notas borrosas de verde y negro, de luces y sombras, de esperanzas y miedos. Cuando recupere la conciencia, estaba sentado al lado del farol, rodeado de un bosque oscuro y frondoso. Estaba solo, en un lugar desconocido.

Desaparición (Parte I)

Estaba atrapado en un ciclo. Dormir de día, trabajar de noche cuidando una bodega que nadie visitaba, luego un retorno vacío al amanecer. Forzado, como estaba, a seguir en esta situación, los libros se convirtieron en la mejor distracción. Sabía que estaba siendo negligente, pero no me importaba. Mi trabajo era una solución parche, un agujero que cualquiera podía llenar. Mi único consuelo, lo único que me mantenía en vilo, era observar la luna brillando entre las nubes, y luego observar como desaparecía, lentamente, cuando el velo de la noche se descorría, cuando el sol retornaba a sus dominios.

Todo cambió un frío día de invierno. Temblaba de frío en la cabina, a pesar de mi ropa gruesa y el pequeño calefactor, que hacía su mejor esfuerzo. Había acabado mi último libro, y las cámaras, como siempre, no mostraban a nadie. Por la pequeña que tenía en frente, miré al cielo, pensando en distraerme con la luna. Debería estar llena hoy, todo un espectáculo. Pero no vi nada. Solo el cielo y unas cuantas estrellas. No había luna.

No podía abandonar mi puesto, incluso ante algo tan extraño como eso. Las cámaras me verían, y necesitaba el trabajo. Debía esperar, pasar el tiempo del turno, lo que me costó más que en ninguna otra ocasión. Cuando salí, me di cuenta de que no tenía ningún recurso para buscar mi luna. Utilicé mi celular y busqué noticias, seguro ya había alguna investigación. Pero nada. De hecho, decían que era la luna más brillante que había habido en quince años. Y yo, yo no podía verla.

La torre (historia completa)

I

La feria estaba repleta. Era el último día, después de todo. Mañana irían a otra ciudad, o quizás otro pueblo, y solo quedaría el recuerdo. Era una última oportunidad. Y yo estaba ahí, lamentando haber asistido.

Hasta ahora, solo había perdido el tiempo dando vueltas. La mayoría de las carpas que quería visitar tenían filas que rodeaban toda la feria, y no quería estar parado por horas ante el sol asesino del verano. Hasta que la vi, una carpa de tela oscura, escondida en una esquina. No tenía fila. De hecho, parecía como si la gente la evitara. Pensé en hacer lo mismo, pero había pagado buen dinero por la entrada, y, ¡maldición!, no podía irme sin al menos haber visitado algo.

Decidí entrar, tragándome mis miramientos. La carpa era oscura, y olía a algo dulce pero indistinguible, a nostalgia, tal vez, o a un recuerdo perdido. O simplemente a incienso. La adivina (o eso parecía) estaba sentada de piernas cruzadas ante una mesa cubierta por un mantel violeta, y rodeada de velas con múltiples diseños. Algunas eran altas, con estantes de cobre. Otras estaban colgadas del techo a través de cuerdas. Otras eran del estilo barroco, y tenían formas indistinguibles.

Quizás algo intimidado por la luz, paré por un segundo. Ella me miró, una sonrisa marcada en sus labios. Su rostro era imposible de escrutar, y no estaba seguro si tenía veinte o sesenta años. Sus ojos, del mismo color del mantel, parecían los de una persona que había vivido muchísimo. Con tono bajo, casi como si fuera un susurro, me dijo “siéntate”.

En el suelo había varios cojines. Me senté en uno de ellos, lentamente. Ella sacó un mazo de cartas, y las puso sobre la mesa. En silenció, lo barajó, y el sonido de las cartas hizo eco en la carpa. Parecía como si ese fuera el único sonido, lo único que tenía que sonar. Luego, con gracia infinita, sacó cinco cartas del mazo en un orden que parecía al azar y las puso sobre la mesa.

“Elige una carta”

Sentí que la que eligiera determinaría mi destino, como si cada una de ellas fuera una puerta hacía un futuro distinto. Mis manos se sentían pesadas, pero tomé una de ellas.

“No la mires, y entrégamela”

Cuando tuvo la carta en sus manos, la adivina cerró sus ojos, y devolvió las otras cartas al mazo. Luego, dejó la carta recibida en la mesa, y la dio vuelta.

“Hm… La torre”

Pausó sus movimientos por un momento, y pareció perder su calma, pero pronto volvió a sonreír.

“Ten cuidado con las ruedas de la fortuna. Te traerán algo que no quieres ver.”

Mantuvo su sonrisa, pero había algo forzado en ella ahora, y sus ojos demostraban una profunda tristeza. Luego, con se levantó rápidamente, y me dirigió a la salida.

“Está en tus manos ahora. Buena suerte”

Y con eso, ya estaba afuera.

II

Por alguna razón, mis ojos estaban cerrados. Cuando los abrí, estaba en frente de la carpa… o donde debería estar. Ahora no había nada. La feria seguía repleta, las carpas todavía tenían filas. Pero la de tela oscura, de la que había salido, no estaba.

Quizás solo lo había imaginado, empujado por el sol del verano. Quizás nunca hubo carpa. O quizás la realidad era distinta a lo que creía, y había entrado a algo oculto entremedio, que no vería de nuevo. ¡Ha! Pamplinas. Probablemente era el sol… no, ¡seguro que lo era! Y todavía no había aprovechado mi entrada.

Las filas seguían, pero había una más corta. Y obviamente era la de la rueda de la fortuna. No pude evitar sonreír. ¿Debía seguir los consejos de una alucinación, de un espejismo? ¿Rendirme ante un destino predicho? No. No creo en el destino, lo forjamos nosotros mismos. Subiría a esa rueda, para demostrar que lo que había pasado era irreal, que todo iba a estar bien.

Al menos, eso me dije, pero empecé a sentir miedo cuando la fila comenzó a avanzar. Cada persona que pasaba, que paso que daba, aumentaba una sensación de caer en un abismo, un agujero infinito y oscuro. Cuando pude refrenar ese sentimiento, ya estaba en frente. Pronto sería mi turno. Sentí que, a pesar de todo, ya no podía volver.

Me costó dar el primer paso, pero lo hice. Cuando estaba por entrar, el guía me paró con un gesto y me preguntó si estaba dispuesto a entrar con otra persona. Si no, tendría que esperar. Ya había ido demasiado lejos, así que acepté. Y me encontré con él.

III

“Ten cuidado con las ruedas de la fortuna”, me dijeron “te traerán algo que no quieres ver”, me advirtieron. Pero no esperaba encontrarlo a él. No después de tantos años. Honestamente, prefería un accidente que compartir la cabina con él, con sus ojos cansados, con su cara antipática, que ponía sin querer. Su sorpresa al verme me indicó que el tampoco esperaba encontrarse conmigo. Entre ambos, solo compartimos silencio.

Algo que no quiero ver. Está en mis manos ahora.

Con el abismo invadiendo mi corazón y mi alma, rompí el silencio con la primera palabra. Quizás hay más que oscuridad al final del abismo. Y para entrar en él, es necesario saltar.

La torre (Parte I)

La feria estaba repleta. Era el último día, después de todo. Mañana irían a otra ciudad, o quizás otro pueblo, y solo quedaría el recuerdo. Era una última oportunidad. Y yo estaba ahí, lamentando haber asistido.

Hasta ahora, solo había perdido el tiempo dando vueltas. La mayoría de las carpas que quería visitar tenían filas que rodeaban toda la feria, y no quería estar parado por horas ante el sol asesino del verano. Hasta que la vi, una carpa de tela oscura, escondida en una esquina. No tenía fila. De hecho, parecía como si la gente la evitara. Pensé en hacer lo mismo, pero había pagado buen dinero por la entrada, y, ¡maldición!, no podía irme sin al menos haber visitado algo.

Decidí entrar, tragándome mis miramientos. La carpa era oscura, y olía a algo dulce pero indistinguible, a nostalgia, tal vez, o a un recuerdo perdido. O simplemente a incienso. La adivina (o eso parecía) estaba sentada de piernas cruzadas ante una mesa cubierta por un mantel violeta, y rodeada de velas con múltiples diseños. Algunas eran altas, con estantes de cobre. Otras estaban colgadas del techo a través de cuerdas. Otras eran del estilo barroco, y tenían formas indistinguibles.

Quizás algo intimidado por la luz, paré por un segundo. Ella me miró, una sonrisa marcada en sus labios. Su rostro era imposible de escrutar, y no estaba seguro si tenía veinte o sesenta años. Sus ojos, del mismo color del mantel, parecían los de una persona que había vivido muchísimo. Con tono bajo, casi como si fuera un susurro, me dijo “siéntate”.

En el suelo había varios cojines. Me senté en uno de ellos, lentamente. Ella sacó un mazo de cartas, y las puso sobre la mesa. En silenció, lo barajó, y el sonido de las cartas hizo eco en la carpa. Parecía como si ese fuera el único sonido, lo único que tenía que sonar. Luego, con gracia infinita, sacó cinco cartas del mazo en un orden que parecía al azar y las puso sobre la mesa.

“Elige una carta”

Sentí que la que eligiera determinaría mi destino, como si cada una de ellas fuera una puerta hacía un futuro distinto. Mis manos se sentían pesadas, pero tomé una de ellas.

“No la mires, y entrégamela”

Cuando tuvo la carta en sus manos, la adivina cerró sus ojos, y devolvió las otras cartas al mazo. Luego, dejó la carta recibida en la mesa, y la dio vuelta.

“Hm… La torre”

Pausó sus movimientos por un momento, y pareció perder su calma, pero pronto volvió a sonreír.

“Ten cuidado con las ruedas de la fortuna. Te traerán algo que no quieres ver.”

Mantuvo su sonrisa, pero había algo forzado en ella ahora, y sus ojos demostraban una profunda tristeza. Luego, con se levantó rápidamente, y me dirigió a la salida.

“Está en tus manos ahora. Buena suerte”

Y con eso, ya estaba afuera.

La maldición (Parte I)

*

Todo empezó una tarde de verano, la tarde en la que encontré la caja. Ella había muerto hace unos pocos años, pero el papeleo había durado más que su agonía, y recién ahora podía revisar lo poco que quedaba en su vieja casa. La chapa giró con un chirrido lleno de nostalgia, y la puerta se abrió.

El salón principal estaba cubierto por una fina capa de polvo. Los muebles estaban ocultos por mantas blancas, así que decidí dejar su revisión para después: no quería levantar todo el polvo acumulado descubriendo cada uno de ellos. Avancé con cuidado. De la cocina no quedaba nada, los parientes se habían llevado todos los artilugios de valor. Malos recuerdos amenazaron con volver a mi cabeza, así que fui donde realmente me interesaba: el ático. Era un sitio de escondites, un sitio de juegos, un sitio de memorias que eventualmente se perderían.

El polvo era mucho más grueso. Parecía como si nadie hubiese entrado en años. Me cubrí la boca y avancé. Si recordaba bien, cerca de la ventana había un velador. En el tercer cajón, que parecía atascado, había una caja. La caja que mi abuela me prohibió abrir, cuando la encontré. Ese era el tesoro que quedaba en la casa, y era mío, mío por derecho, mío por obligación. Me la llevé.

Un consejo (Parte I, II y III)

I

“Sé que tienes que irte. No vine a pedirte que te quedes” le dijo, lentamente, y luego tosió con fuerza.

Él lo miró fijamente, y por un segundo pareció que iba a ayudarlo, casi como acto reflejo, pero se controló y frunció el ceño.

“¿Para qué vienes entonces, abuelo?” dijo, algo más fuerte de lo que esperaba. Odiaba no poder controlar sus emociones, odiaba a sus padres por forzarlo, y, quizás como parte de ello, se odiaba a si mismo.

“Lo que quieres hacer es una locura- “comenzó, pero fue interrumpido por quejas. Subiendo el tono, continuó: “Por favor, hijo, espera que termine. Lo que quieres hacer es una locura, si, pero es una locura que te mereces. Mi intención es…” se pausó, y sus ojos reflejaron mil historias, mil recuerdos, mil decepciones. En unos pocos segundos, pareció encontrar lo que buscaba: “Mi intención es darte un consejo”

Todo en el cuerpo de Pi lo incitaba a correr. Su abuelo era sabio, y tenía mucha más experiencia que él. Si su intención era disuadirlo, quizás podría convencerlo. Y no quería ser convencido.

II

¿Qué importaban los árboles? ¿Qué importaba el arroyo con aguas cristalinas? ¿Qué importaban los arcos del templo, imponentes y rojos? El solo podía ver en blanco y negro, solo podía mirar atrás. El reflejo de sus espadas en la luna, el silencio antes del ataque, el crujido de las ramas rotas, el sonido del metal contra el metal. El rojo de la sangre en el piso, el rojo de la sangre en la espada del enemigo, el rojo que se acumulaba en la espalda de su hermano.

¿Qué importaba el mundo? Él había muerto. ¿Qué importaba todo el entrenamiento? Al final, solo importaba el último corte. Podía ver tan solo dos opciones: la muerte, o venganza.

III

“Escúchame, Pi. No quiero decirte que tienes razón, que el mundo está en tu contra, que nadie entiende lo que dices, que estas completamente solo. Solo quiero que tengas en cuenta esto, porque yo no lo entendí: El único golpe que importa es el último.”

Dicho esto, salió de la habitación, sin esperar respuesta. Pi, ahora, sintió todo el peso de la soledad. ¿Qué significaban esas palabras? ¿Por qué no había querido convencerlo? Faltaba algo. Tenía que faltar algo. Si no, ¿por qué se sentía tan vacío?

En su cabeza no encontró respuesta. Tampoco en la habitación. Bruscamente, salió, buscando el aire nocturno, en sus ojos lágrimas involuntarias, en la suela de sus zapatos el peso de buscar su propio camino.