Neruska en la tormenta

Lo conocí durante una tormenta, refugiado en una caseta y manteniendo una fogata viva. Hacía frío, tanto frío que se hacía difícil pensar bien. Yo temblaba, pero él se mostraba impávido, protegiendo el fuego con su cuerpo. Con una mirada, me invitó a sentarme. Cuando logré acomodarme ante las tenues pero acogedoras llamas, logré recuperarme lo suficiente para hablar.
“Gracias. Nunca pensé que encontraría otro ser humano con la tormenta allá afuera. Si no lo hubiera visto estoy seguro que estaría muerto. Realmente salvó mi vida.”
El desconocido ajustó su posición. El viento ya no sonaba tan fuerte como antes, pero todavía se colaba entre las comisuras de la madera vieja y mal conectada, amenazando al fuego. Cuando al fin el viento dejó de sonar, se permitió sentarse, aunque todavía se mantenía encorvado, protegiendo las flamas.
Cuando al fin alcanzo una posición con algo de comodidad, me respondió con voz grave y rasposa:
“Yo tampoco esperaba a nadie. Creía que era el único lo suficientemente loco como para caminar con este clima. Pido disculpas si parezco impertinente, pero ¿Por qué salió con esta tormenta? El pueblo más cercano está a unos cinco kilómetros, no hay nada por aquí que pueda interesar a un turista como usted.”
A pesar de su amabilidad, su pregunta me sonó en parte como una amenaza. Barajé mis opciones y emociones por unos segundos, tan solo los suficientes para no parecer impertinente, y respondí:
“Parece saber mucho de mí, pero yo no sé nada de usted. Si le respondo, ¿me contestaría la misma pregunta?”
En su boca se dibujó algo parecido a una sonrisa, y asintió.
Aclaré mi garganta. Iba a ser difícil explicar mis razones, pero mi curiosidad por los orígenes del desconocido hacía valiosa la honestidad.
“¿Me creería si le digo que solo vine por curiosidad? Bueno, quizás más que eso. Verá, soy periodista. De esos que, bueno, meten su nariz en todos lados. Justamente eso es lo que me lleva aquí: cubrí noticias en terreno de Neruska y…”
Mi salvador pareció exaltarse por una fracción de segundo, pero recupero su postura estoica rápidamente. En sus ojos había curiosidad… mezclada con otro sentimiento que no pude identificar. Apenas pausando menos de un segundo, continué:
“Y escuché un rumor de que había un ermitaño loco que vivía lejos del mundo. Cuando pregunté sobre el tema, escuché historias dispares. A pesar de que todas estaban de acuerdo en que existía una persona que recorría, sola, estos parajes, los reportes eran… dispares, en cuanto a su identidad. La historia del ermitaño era la más común, pero algunos lo llamaban explorador, otros, vago, otros un criminal de guerra escapando de la persecución. Oh… disculpe, estoy monologando. Quizás todo podría resumirse en que lo estaba buscando a usted.”
La mirada del extraño estaba perdida, como recordando algo lejano. Luego de unos segundos, habló de nuevo:
“O sea que la sorpresa que expresó al principio era mentira. Estaba buscando a alguien durante esta tormenta, y dijo que no esperaba a nadie… Bueno, en estos momentos no importa. Esta tempestad nos tiene atrapados aquí, y mentir no es suficiente mérito para matar a un hombre.”
Solo pude hacer un gesto de disculpas: me había atrapado a mí mismo con mi historia. Esperé silencio absoluto acompañado de miradas incomodas, pero mi interlocutor continuó hablando después de una pausa corta.
“Pero a pesar de sus mentiras iniciales, el resto de su historia me suena cierta. Verá… conozco Neruska. Y Neruska me conoce. O más bien, las Neruskas me conocen. Soy el explorador perseguido por las tormentas, el vago eterno que nunca llega a destino, el cazador que un día descubrió que tenía que correr. O quizás soy el loco de todas las historias, o el criminal buscado por la ley.”
Mi mirada ahora se llenaba de incredulidad. No parecía un loco, pero sus palabras no parecían tener sentido. Estaba a punto de pedirle algo más de claridad, pero habló antes de que pudiera pronunciar palabra:
“Pero usted es periodista. Lo que busca es una noticia, “la verdad”, a secas, pero una verdad interesante y reportable. Intentaré darle eso. Sepa que nací en Neruska, no recuerdo hace cuanto, pero salí de la ciudad muy joven. Quería explorar, vivir de la cacería y de las frutas silvestres, ver más del mundo que las paredes de un pueblo. En esos tiempos Neruska estaba en un bosque. Exploré lo que podía alcanzar del mundo, caminé muchos caminos, dejé el bosque atrás y me encontré en un gran desierto. En el centro de ese desierto, estaba Neruska, como si siempre hubiese estado allí. La misma Neruska, con las mismas paredes que usted mismo acaba de ver.”
No pude evitar interrumpirlo: “Pero Neruska está en un valle nevado y frío, no hay nada que indique que se haya movido. Es imposible. ¿Acaso quiere decirme que la ciudad aparece, al azar, en diferentes lugares del mundo?”
“No. Quiero decir que la ciudad me sigue. No aparece al azar, aparece donde me llevan mis pasos. Y ahora, ahora usted es Neruska. Con esto, ya sabe mi historia. Adiós.”
Con aquellas palabras, se levantó abruptamente y salió de la caseta. El viento apagó la fogata antes tan protegida, y en la oscuridad y el frío me quedé solo, preguntándome si me decía la verdad, o si lo vería de nuevo.

Entre emociones y colegios, segunda parte

El cambio de colegio fue abrupto, para mí. Las notas bajas y las múltiples anotaciones negativas en el libro de clases me hacían sentir como un idiota, como alguien que no merece la pena, que no vale el esfuerzo. Mi personalidad, antes algo combativa y (digámoslo con todas sus letras) estúpida, se convirtió en una especie de timidez cerrada, con una autoestima bajísima en la mayoría de los casos.
Fue durante estos momentos que mi escritura comenzó a desarrollarse, y me destaqué entre mis compañeros por mis cuentos y poemas. Mi segundo colegio estaba enfocado en el área humanista, lo que favoreció sobremanera esta tendencia, con excelentes profesores de castellano, y de idiomas. Entre los idiomas impartidos se encontraban el francés, el latín y el inglés, todos los cuales fueron de gran interés para mí.
Considerando mis habilidades solo incluían idiomas y lecturas, intenté expandir mis intereses hacía otras áreas, incluyendo la música y el dibujo, pero las críticas de las personas, en especial de compañeros de curso, hacían demasiada mella en mi confianza, y las dejé rápidamente. Si tener habilidad en algo es simplemente poner una importante cuota de esfuerzo, nunca logré hacerlo consistentemente por no creer en mí mismo. La escritura, única habilidad que sacaba aplausos de los demás, fue la única que logré practicar hasta hoy, con resultados debatibles por ustedes, los lectores.
Sin tener los amigos de antes, tuve que buscarme nuevas amistades. A pesar de que lo logré, en parte, siempre sentí que era una parte poco importante en varios grupos de personas, más que uno de los miembros de un grupo consolidado. El miembro extra, la rueda de reemplazo. Quizás, más que una certeza solo mía, era como todos se sentían. La adolescencia es un tiempo extraño, donde sentimientos y pensamientos se mezclan y se pierden, donde nadie entiende nada. Una persona que parece segura de sí misma puede estar tan solo mostrando una máscara.

Pasé un largo tiempo en el colegio, hasta tercero de enseñanza media, año en que mis padres decidieron hacer otro cambio por la rápida caída de calidad (o al menos, eso me dijeron. Quizás había otras razones que no podía entender en esos tiempos). En ese último lugar, consolide amistades y empecé a acercarme, de a poco, a la persona que soy ahora. En esto profundizaré en el próximo post. Gracias por leer.

Entre emociones y colegios

Muchos dicen que el colegio es un tiempo inolvidable, el único momento donde tienes libertad sin mucha responsabilidad, todo mezclado con una juventud que pasa muy rápido. No estoy de acuerdo: es estar obligado a ir a un lugar que puede o no gustarte, con gente con una crueldad infinita (hay pocas cosas más dolorosas que la crueldad inocente de un niño), sin aliados, en solitario, sin la experiencia que tiene un adulto, sin la piel dura de un veterano de crueldades. Es un tiempo inolvidable, sí, pero a veces me gustaría olvidarlo.
Mis tiempos colegiales fueron turbulentos, por decirlo suavemente. Mi primer colegio era bilingüe, con grandes pretensiones, y quedaba extremadamente lejos de mi casa, forzando largos viajes y muchos atrasos. Mis tiempos tempranos no fueron excesivamente difíciles: tenía algunos amigos y compañeros de juego, pero las cosas cambiaron abruptamente cuando mi abuela tuvo un accidente gravísimo, el cual la dejó con secuelas graves y permanentes en el cerebro. Esto me golpeó muy fuerte: quería mucho a mi abuela, y ahora apenas podía hablar. Parecía otra persona. Mis notas bajaron. Mi conducta, nunca demasiado buena, se volvió mucho peor. Mis memorias de aquellos días son confusas y borrosas. El golpe fue tan fuerte, las ganas de olvidar fueron tan fuertes, que ya casi no tengo recuerdos claros. Son momentos, pequeñas conversaciones, actos de rebeldía sin sentido, lo único que todavía es visible en mi mente.

A finales del cuarto año básico, y poco después de aquel incidente, mis bajas notas y supuesta mala conducta llevaron a una “invitación a salir” del colegio, forzando un cambio abrupto de lugar, pero llevando consigo, también, una serie de ventajas e intereses, de los que hablaré en el próximo post. ¡Gracias por leer!

Colores en el humo

Hay ciertos eventos que colorean todo, que cambian el tono de las cosas para siempre. La muerte de alguien cercano, una separación brusca y recalcitrante, las palabras cortantes e irritadas de alguien que admirábamos, todas estas cosas cambian como vemos las cosas, las asociamos con momentos y memorias, y la forma en que reaccionamos a ellas definen, quizás, quienes somos.
Cuando era más joven, por ejemplo, mi abuelo era una figura imponente y pesada. Como ex marino, su forma de ser era lejana y severa, causando terror en mí y probablemente también en mis hermanos y primos. Él, por su parte, probablemente consideraba que su conducta era la norma, lo común: dueño de su hacienda, los demás debían servirlo.
Durante la tarde, después del café y en solitario, mi abuelo fumaba. Ha pasado tanto tiempo que no puedo recordar la marca de sus cigarros, pero si puedo revivir su olor, las cenizas, el pasatiempo que parecía tan adulto en esos tiempos. Ese recuerdo, de mi abuelo fumando con expresión severa, nunca dejó que me uniera al vicio. Algo en esa imagen, cada día más vaga, pero todavía presente, me recordaba el miedo que sentía, la prohibición implícita de hacer lo mismo que él, de acercarse a un pequeño dios de acero.

Hoy mi abuelo está muerto, y con él muchas cosas cambiaron. Esa imagen, sin embargo, pinta todas mis experiencias con el cigarro. Supongo que es un miedo que conviene agradecer, ya que me alejó de un vicio. Alguien perspicaz y algo cruel podría llamarlo un trauma. Gracias por leer.

Paredes Blancas

Las puertas de madera, antes tan fáciles de abrir con tan solo un empujón, están cerradas y se sienten sólidas como el acero. Las paredes blancas del edificio parecen aún más blancas, como si ellas mismas generaran luz. Las ventanas solo me muestran blanco, y es imposible abrirlas. No hay escape.
Todo comenzó como un día cualquiera. El largo camino en auto al trabajo, el saludo del cuidador, las alumnas distraídas en clase, la asistencia en el libro de clases. Todo cambió con tan solo una pregunta.
Después de las clases, debía conversar de horarios con la coordinadora. El dialogo fue regular: obtuve la información que necesitaba, sin problemas. Sin embargo, noté algo extraño en su oficina: uno de los proyectores apuntaba a la ventana, como si lo que la ventana mostraba viniera de él. No pude evitar preguntar, bromeando, si es que el proyector era el responsable de mostrar lo que había afuera. Me contestó con una risa extrañamente nerviosa, como si tuviera algo que ocultar, afirmando con fuerza que eso era imposible. A pesar de que algo me sonaba raro, decidí no cuestionarla. Mientras me retiraba, como para demostrarme algo, moví ligeramente el proyector. La ventana, que antes daba a un estacionamiento, quedó totalmente en blanco.
Saltando de la impresión, me di cuenta que las ventanas no eran lo único que había cambiado: la coordinadora había desaparecido, y su oficina se veía distinta. No tenía decoraciones, solo un escritorio y una silla. Las murallas, antes algo desgastadas por el tiempo, ahora se mostraban prístinas, de un blanco brillante igual al de afuera.
Corrí fuera de la oficina, buscando una explicación, pero no había nadie. Todos habían desaparecido. La secretaria, siempre ocupada en algo, brillaba por su ausencia. Arriba de su escritorio, normalmente lleno de papeles por firmar, estaba completamente vacío. Algo en esta soledad completa, rodeada de muros de blanco, se sentía… equivocada. Era como si estuviese en otro mundo. Con las ventanas dando a ese mar de blanco, parecía que el edificio estaba flotando en el espacio, un lugar completamente separado de nuestro universo. Debía escapar.
Todas las puertas, sin embargo, estaban cerradas, y se sentían como acero, casi falsas. Las ventanas no se movían, y tampoco quería arriesgarme a saltar por una de ellas de todos modos. Recorrí todo el edificio, intentando buscar una forma de salir, pero todo estaba sellado. Algunas puertas que recordaba haber visto ni siquiera existían.
De repente, se apagó una de las luces. Con un sonido chispeante, comenzaron a apagarse todas. Atrapado en pasillo, ni siquiera intenté moverme. Pronto, el edificio estaba a oscuras. Las ventanas ahora solo mostraban negro. La oscuridad era absoluta.

En frente mio, sin aviso, un haz de luz comenzó a iluminar el suelo. A través de él, y donde tocaba, se veían piernas de personas, y el ligero murmullo de un diálogo. El haz se movió, como buscando algo. Fue en ese momento en que me di cuenta: Me estaba buscando a mí. Todo se puso en blanco, el edificio pareció iluminarse, las personas estaban donde siempre. Pero yo… yo había cambiado. No era el mismo. De hecho, ¿quién era? ¿Dónde estaba? Todo se volvió claro cuando miré de nuevo por la ventana…

El árbol entre los recuerdos

Mis memorias de juventud siempre son difusas, como pasadas por la niebla. Entre lo borroso, a veces veo a mis abuelos, dueños de un campo en San Felipe. Mi abuelo, marino de profesión, decidió iniciar un negocio de exportación de frutas sin tener experiencia alguna en ello. Para poder hacerlo, usó dineros de mi abuela, descendiente de una familia bastante bien provista. Ese campo, a pesar de su belleza, jamás logró ser un negocio rentable.
Mi abuelo, con una confianza mal puesta, decidió seguir con su exportadora a pesar de los malos resultados iniciales, empezando a perder el dinero que tenía rápidamente. Pronto estuvo al borde de, si no la quiebra, de un notorio bajón en su estatus económico. Esas cosas, sin embargo, no las entendía un niño de menos de diez años, como yo.
Para mí el campo era una mezcla de sentimientos encontrados. A pesar de tener muchos primos, no era especialmente sociable, y pasaba la mayoría del tiempo jugando con mi hermano mellizo. El campo era aburrimiento, en parte, pero también escondía algo de misterio, de exploración. Mi lugar favorito era, sin ninguna duda, el árbol cerca de la entrada.
Nunca supe (a pesar de que probablemente me lo dijeron) qué árbol era, pero para un niño de mi edad, era el mejor escondite, mezclado con una base secreta. Pasaba gran parte del tiempo creyendo esconderme allí, entre ramas nudosas y hojas verdes, soñando lugares distintos, enfrentándome a enemigos invisibles.

Hoy en día, el campo pasó a ser de uno de mis tíos con el que tenemos bastante mala relación, y no lo he visitado en siglos. Mis memorias probablemente deformaron el lugar, haciéndolo ver mejor que lo que es, y no estoy seguro de querer volver. Sin embargo, la nostalgia apremia, y siento que jamás podré ver ese árbol enorme donde jugaba todas esas veces, ese árbol que probablemente ahora me parezca pequeño, viejo, y mucho más gris.

Sobre la voluntad

Hay ciertos temas sobre los cuales me gusta mucho leer. Uno de ellos es el ánimo, la voluntad de hacer cosas, justamente porque es algo que me afecta continuamente: Actualizar este blog semana por semana es más difícil que lo que podría parecer, ya que para hacerlo necesito primero tener la voluntad para hacerlo (o la voluntad necesaria para forzarme a empezar), luego encontrar un tema que me atraiga lo suficiente para escribir de el un buen tiempo. Posterior a esto, la escritura misma, que generalmente toma entre una y cuatro horas, a veces más si necesito investigar del tema (para no quedar como ignorante), y finalmente una corrección y revisión de lo ya escrito. Este proceso, largo y a veces aburrido, puede romperse fácilmente con un “que lata” o un “lo hago después”. Uno de los factores centrales que causa esto tiene que ver con la voluntad.

La voluntad es algo interesante. Según lo que he leído en más de un estudio, tenemos una cantidad limitada de “voluntad” para hacer las cosas. Es como un estanque de gasolina, que alcanza para movernos una cantidad limitada de kilómetros. Cada vez que tenemos que hacer algo que requiere esfuerzo (por ejemplo, recoger la ropa cuando nos cambiamos, o lavar después de comer) gastamos algo de esa voluntad. Incluso tiene que ver con la superación de tentaciones: evitar comer demasiado es mucho más fácil empezando el día que terminándolo. Esto mismo también aplica a la escritura: escribir toma una cantidad bastante grande de voluntad, ya que requiere un esfuerzo mental considerable. Como prefiero escribir al final del día (porque así tengo menos distracciones), me cuesta mucho más empezar.

Otra arista importante también tiene que ver con el sueño. En mi opinión, dormir menos de lo necesario (generalmente 8 horas, pero depende de la persona) causa que ese “estanque” de voluntad presente en nuestro día a día se achique. Cuando dormimos mal, la voluntad se empequece, causando que seamos mucho más reacios a hacer cosas que tomen mucho esfuerzo. Esto se nota incluso cuando hacemos cosas que nos gustan. ¿Han intentado jugar un videojuego cuando duermen mal? ¿O empezar un juego nuevo, recién comprado? Cuesta entrar cuando el sueño nos consume, no estamos dispuestos siquiera a concentrarnos en algo que nos gusta, porque estamos cansados. En casos como ese, es mucho más fácil ver videos irrelevantes en Youtube, o ver a alguien jugando. Cualquier cosa que no haga trabajar a nuestro cerebro. Una vez le di un consejo a un amigo, que me dijo que ya no disfrutaba los juegos como antes: Duerme bien, e inténtalo de nuevo. Al parecer le funcionó. Este consejo aplica también para otras cosas, sin embargo. Empezar un trabajo, o estudiar para lo que sea, o incluso escribir, es mejor con una buena cantidad de voluntad en nuestro estanque. ¿Están de acuerdo o lo que digo es pura suposición? ¡Gracias por leer!

Videojuegos y realidades paralelas: Dark Souls

Se ha dicho muchas veces (incluso yo mismo lo he hecho, en ensayos anteriores) que jugar videojuegos es entrar en otro mundo, una realidad paralela a la real, que aleja nuestras preocupaciones y dolores, aunque sea por tan solo un segundo. Lo que no se ha visto demasiado, sin embargo, son juegos que construyan múltiples realidades dentro de ellos mismos.

Existen ejemplos, sin embargo, de un concepto como este bien aplicado. En la serie Souls (que incluye Demon’s Souls, Dark Souls y Dark Souls 2), el personaje controlado por el jugador es lanzado a un mundo en vías de destrucción, de decaída total. A pesar de que estamos rodeados de cuerpos que parecen haber sido humanos alguna vez, todos aparentan estar locos. Algunos de ellos nos hablan, mostrando todavía los restos de una humanidad en retirada, pero sus acciones nos muestran que también estan a punto de enloquecer. El mundo es hostil.

Desde Dark Souls, sin embargo, existe una excepción a este mundo solitario: cuando nos acercamos al fuego de una fogata (que sirve como un punto para grabar nuestro progreso, un lugar donde regresar), vemos fantasmas, otras personas trasparentes que hacen lo mismo que nosotros. Mientras más cerca de la fogata estemos, menos fantasmales se verán. De esta forma, algunos se sientan en la fogata, esperando, como tú, o quizás pensando la mejor manera de seguir. Otros esquivan ataques invisibles de un enemigo fiero. La mayoría, sin embargo, están parados, sin hacer nada.

El fuego es, en Dark Souls, una conexión entre más de un mundo. El juego conecta magistralmente una mecánica de multijugador en el mundo real (las personas conectadas a internet pueden verse como fantasmas si se acercan a una fogata, o viajando de punto a punto) con la historia del juego mismo (cada jugador es un protagonista en su propia realidad, y las fogatas conectan interminables mundos paralelos).

Los jugadores también tienen otras formas de comunicarse, pero son extremadamente limitadas. Pueden dejarse mensajes con frases predefinidas, y ayudarse en las batallas más difíciles. El universo del juego, entonces, mezcla historia con mecánica, y hace que el mundo que presenta sea más completo, generando una pregunta implícita: ¿Es peor la soledad completa y aislada, o una comunicación amurallada y pequeña entre habitantes de mundos paralelos? Como los vagones del metro (tren subterráneo), vemos pequeños relámpagos de otras personas, que pronto desaparecen.

En Dark Souls, cada jugador vive en su propio mundo, y la historia se entremezcla con las mecánicas para demostrarnos eso, y también para forzarnos a mirarnos a nosotros mismos: estamos jugando un juego, otro mundo distinto al nuestro, y estamos solos. Ese mundo se conecta a otros mundos, otras personas, haciendo exactamente lo mismo. Esta es una forma interesante de utilizar varios mundos. Para ustedes: ¿Qué juego hace algo parecido? ¿Es mi reflexión errónea? Si desean discutir de ello, siempre estoy atento a los comentarios. ¡Gracias por leer!

Jardínes

Dicen que toda la vida pasa ante tus ojos cuando se acerca la muerte, y puede ser cierto. Yo no sabría decirles: Morí demasiado rápido.

Desde niño siempre me gustó jugar en los jardines aledaños a mi casa familiar, un hogar antiguo, frío y oscuro construido en el centro de un pequeño bosque de olmos. Como parte de la tradición, a los niños se les permitía recorrer el bosque a sus anchas, mientras no pasáramos las cercas de alambre. Solitario y tímido como era, la mayoría de las veces exploré solo. Al cabo de un año ya conocía todos los caminos, todos los atajos, y había dejado mi marca en la mayoría de los árboles. Solo uno eludía mi curiosidad infinita: un olmo enorme, de al menos el doble de altura que cualquiera que hubiese visto. El problema: estaba cerrado. Paredes llenas de enredaderas cerraban la entrada, y una gran puerta, decorada y antigua, no dejaba entrar a nadie.

No dude en pedir la llave, pero mis padres no tenían idea donde podía estar. Ellos tampoco habían entrado jamás. Mi bisabuelo, sin embargo, con su prodigiosa memoria a pesar de su vejez, me contó que ese árbol había estado desde la construcción de la casona. El padre de su padre lo había plantado en honor a su esposa, iniciando la plantación del bosque. Ambos fueron felices por años, él dedicado al jardín en secreto, ella a los negocios, también en secreto. Un día, sin embargo, mi abuela lejana había aparecido colgada en el árbol, en un aparente suicidio. Se llamó a la policía, se hizo una gran investigación, pero a pesar de muchos cabos sueltos no se pudo probar nada. El paterfamilias cerró construyó las paredes en su honor, sellando para siempre el área, sin atreverse nunca a abrirla de nuevo. Falleció joven, antes de los cincuenta años, y la llave se perdió con él.

Después de esa historia, simplemente tenía que entrar. Intenté, primero, escalar las murallas, pero la enredadera las hacía demasiado resbalosas. Muchas heridas y algunas lágrimas después, decidí intentar otras maneras. Tratar de patear la puerta para romper la cerradura resultó en un pie lesionado y en una puerta más sólida que nunca. Excavar terminó con uñas llenas de tierra. El verano, entre intento e intento, pasó rápido, y pronto el colegio alejó el árbol de mi memoria.

Los años pasaron sin aviso, dejando mi niñez atrás. Los juegos dieron paso al estudio, el estudio me hizo pensar en las miles de posibilidades de empleo. La guerra, sin embargo, destrozó mis planes. Con el bombardeo repentino de la plaza central, el enfrentamiento inició con fuerza y empujó al reclutamiento obligatorio de todos los jóvenes capaces de luchar. Yo fui uno de ellos.

No destaqué especialmente en el ejercito. Simplemente no estaba interesado en escalar los rangos. Quería escapar, así que entré en la rama de aviación, que al menos me dejaba ver el mundo con otros ojos: los ojos de un pájaro, libre y ligero, flotando en el aire.

Uno de esos insoportables días, con el sol en mi cabeza y las manos en los controles de mi pájaro vibrante, estaba volviendo a la base cuando avisté aquel inmenso árbol en mi casa. Se veía tan pequeño desde arriba, pero quizás si bajaba un poco podría al fin verlo de cerca. Un ruido fuerte que casi hace explotar mis tímpanos me devolvió a la realidad: un piloto enemigo llenaba mi avión de balas. Intenté controlar el avión, pero no fue posible. El motor estaba muerto. Debía saltar, depender del paracaídas. Sin dudar, salté con el en la espalda. Tiré de la primera cuerda. Nada, el paracaídas no abría. La segunda, por emergencias. Solo aire, y una caída a increíble velocidad. Con el corazón en la boca, tiré de la última cuerda, pero el destino no estaba de mi lado.

Cuando desperté, tenía el inmenso árbol en frente. No podía moverme, no sentía mi cuerpo. El árbol, entonces, pareció una canción de despedida. Intenté sonreír, pero mi boca no siguió mis órdenes. Mis ojos, imposiblemente cansados, se cerraron de golpe.

Nadie, nunca, encontraría mi cuerpo.