En un recuerdo (Parte I)

En mis pupilas todavía queda un resabio del infierno, de esas llamas que se alzaron hasta el cielo, de lo que perdí.

Atrapada en esta silla, que se balancea lentamente, recuerdo nuestros paseos. Ella era joven, todavía, y su sonrisa parecía escaparse entre sus labios. De la mano, la mayoría del tiempo; otras en sus hombros, recorríamos aquel bosque cerca de la aldea, yo haciendo infinitas preguntas, ella intentando, con sus respuestas, llamar de nuevo al silencio. Creo que, en ese paréntesis de tiempo, fui feliz.

Esa felicidad, invisible, intangible, se quemó entre mis dedos.

Desaparición (Historia completa)

I

Estaba atrapado en un ciclo. Dormir de día, trabajar de noche cuidando una bodega que nadie visitaba, luego un retorno vacío al amanecer. Forzado, como estaba, a seguir en esta situación, los libros se convirtieron en la mejor distracción. Sabía que estaba siendo negligente, pero no me importaba. Mi trabajo era una solución parche, un agujero que cualquiera podía llenar. Mi único consuelo, lo único que me mantenía en vilo, era observar la luna brillando entre las nubes, y luego observar como desaparecía, lentamente, cuando el velo de la noche se descorría, cuando el sol retornaba a sus dominios.

Todo cambió un día de invierno. Temblaba de frío en la cabina, a pesar de mi ropa gruesa y el pequeño calefactor, que hacía su mejor esfuerzo. Había acabado mi último libro, y las cámaras, como siempre, no mostraban a nadie. Por la pequeña que tenía en frente, miré al cielo, pensando en distraerme con la luna. Debería estar llena hoy, todo un espectáculo. Pero no vi nada. Solo el cielo y unas cuantas estrellas. No había luna.

No podía abandonar mi puesto, incluso ante algo tan extraño como eso. Las cámaras me verían, y necesitaba el trabajo. Debía esperar, pasar el tiempo del turno, lo que me costó más que en ninguna otra ocasión. Cuando salí, me di cuenta de que no tenía ningún recurso para buscar mi luna. Utilicé mi celular y busqué noticias, seguro ya había alguna investigación. Pero nada. De hecho, decían que era la luna más brillante que había habido en quince años. Y yo, yo no podía verla.

II

Dos semanas después de que dejé de ver la luna, ya había descartado todas mis opciones. Cada persona a la que le había preguntado la veía perfectamente, y no había nada mal con mis ojos. Era como si se escondiera solo de mí. Los turnos ahora eran mucho más tristes, mucho más largos. La lectura no me distraía, y mis ojos veían sin observar a las cámaras, que de nuevo no mostraban nada.

Espera, había luz en algunas de ellas, luz que provenía del cielo, luz que tenía que venir de la luna. No podía mover las cámaras, no podía salir a mirarlas. Estaba atrapado en mi cubículo, atrapado en mi trabajo, atrapado en una pausa eterna, en una espera irrompible, en una noche sin luna. Y ni siquiera podía salir a buscarla.

Desesperado, salí. Desesperado, si, dejando atrás toda esperanza de mantener mi trabajo. Afuera, la oscuridad teñida en luz de plata. La luna estaba ahí. Como si nunca se hubiera ido.

Desaparición (Parte I)

Estaba atrapado en un ciclo. Dormir de día, trabajar de noche cuidando una bodega que nadie visitaba, luego un retorno vacío al amanecer. Forzado, como estaba, a seguir en esta situación, los libros se convirtieron en la mejor distracción. Sabía que estaba siendo negligente, pero no me importaba. Mi trabajo era una solución parche, un agujero que cualquiera podía llenar. Mi único consuelo, lo único que me mantenía en vilo, era observar la luna brillando entre las nubes, y luego observar como desaparecía, lentamente, cuando el velo de la noche se descorría, cuando el sol retornaba a sus dominios.

Todo cambió un frío día de invierno. Temblaba de frío en la cabina, a pesar de mi ropa gruesa y el pequeño calefactor, que hacía su mejor esfuerzo. Había acabado mi último libro, y las cámaras, como siempre, no mostraban a nadie. Por la pequeña que tenía en frente, miré al cielo, pensando en distraerme con la luna. Debería estar llena hoy, todo un espectáculo. Pero no vi nada. Solo el cielo y unas cuantas estrellas. No había luna.

No podía abandonar mi puesto, incluso ante algo tan extraño como eso. Las cámaras me verían, y necesitaba el trabajo. Debía esperar, pasar el tiempo del turno, lo que me costó más que en ninguna otra ocasión. Cuando salí, me di cuenta de que no tenía ningún recurso para buscar mi luna. Utilicé mi celular y busqué noticias, seguro ya había alguna investigación. Pero nada. De hecho, decían que era la luna más brillante que había habido en quince años. Y yo, yo no podía verla.

La torre (historia completa)

I

La feria estaba repleta. Era el último día, después de todo. Mañana irían a otra ciudad, o quizás otro pueblo, y solo quedaría el recuerdo. Era una última oportunidad. Y yo estaba ahí, lamentando haber asistido.

Hasta ahora, solo había perdido el tiempo dando vueltas. La mayoría de las carpas que quería visitar tenían filas que rodeaban toda la feria, y no quería estar parado por horas ante el sol asesino del verano. Hasta que la vi, una carpa de tela oscura, escondida en una esquina. No tenía fila. De hecho, parecía como si la gente la evitara. Pensé en hacer lo mismo, pero había pagado buen dinero por la entrada, y, ¡maldición!, no podía irme sin al menos haber visitado algo.

Decidí entrar, tragándome mis miramientos. La carpa era oscura, y olía a algo dulce pero indistinguible, a nostalgia, tal vez, o a un recuerdo perdido. O simplemente a incienso. La adivina (o eso parecía) estaba sentada de piernas cruzadas ante una mesa cubierta por un mantel violeta, y rodeada de velas con múltiples diseños. Algunas eran altas, con estantes de cobre. Otras estaban colgadas del techo a través de cuerdas. Otras eran del estilo barroco, y tenían formas indistinguibles.

Quizás algo intimidado por la luz, paré por un segundo. Ella me miró, una sonrisa marcada en sus labios. Su rostro era imposible de escrutar, y no estaba seguro si tenía veinte o sesenta años. Sus ojos, del mismo color del mantel, parecían los de una persona que había vivido muchísimo. Con tono bajo, casi como si fuera un susurro, me dijo “siéntate”.

En el suelo había varios cojines. Me senté en uno de ellos, lentamente. Ella sacó un mazo de cartas, y las puso sobre la mesa. En silenció, lo barajó, y el sonido de las cartas hizo eco en la carpa. Parecía como si ese fuera el único sonido, lo único que tenía que sonar. Luego, con gracia infinita, sacó cinco cartas del mazo en un orden que parecía al azar y las puso sobre la mesa.

“Elige una carta”

Sentí que la que eligiera determinaría mi destino, como si cada una de ellas fuera una puerta hacía un futuro distinto. Mis manos se sentían pesadas, pero tomé una de ellas.

“No la mires, y entrégamela”

Cuando tuvo la carta en sus manos, la adivina cerró sus ojos, y devolvió las otras cartas al mazo. Luego, dejó la carta recibida en la mesa, y la dio vuelta.

“Hm… La torre”

Pausó sus movimientos por un momento, y pareció perder su calma, pero pronto volvió a sonreír.

“Ten cuidado con las ruedas de la fortuna. Te traerán algo que no quieres ver.”

Mantuvo su sonrisa, pero había algo forzado en ella ahora, y sus ojos demostraban una profunda tristeza. Luego, con se levantó rápidamente, y me dirigió a la salida.

“Está en tus manos ahora. Buena suerte”

Y con eso, ya estaba afuera.

II

Por alguna razón, mis ojos estaban cerrados. Cuando los abrí, estaba en frente de la carpa… o donde debería estar. Ahora no había nada. La feria seguía repleta, las carpas todavía tenían filas. Pero la de tela oscura, de la que había salido, no estaba.

Quizás solo lo había imaginado, empujado por el sol del verano. Quizás nunca hubo carpa. O quizás la realidad era distinta a lo que creía, y había entrado a algo oculto entremedio, que no vería de nuevo. ¡Ha! Pamplinas. Probablemente era el sol… no, ¡seguro que lo era! Y todavía no había aprovechado mi entrada.

Las filas seguían, pero había una más corta. Y obviamente era la de la rueda de la fortuna. No pude evitar sonreír. ¿Debía seguir los consejos de una alucinación, de un espejismo? ¿Rendirme ante un destino predicho? No. No creo en el destino, lo forjamos nosotros mismos. Subiría a esa rueda, para demostrar que lo que había pasado era irreal, que todo iba a estar bien.

Al menos, eso me dije, pero empecé a sentir miedo cuando la fila comenzó a avanzar. Cada persona que pasaba, que paso que daba, aumentaba una sensación de caer en un abismo, un agujero infinito y oscuro. Cuando pude refrenar ese sentimiento, ya estaba en frente. Pronto sería mi turno. Sentí que, a pesar de todo, ya no podía volver.

Me costó dar el primer paso, pero lo hice. Cuando estaba por entrar, el guía me paró con un gesto y me preguntó si estaba dispuesto a entrar con otra persona. Si no, tendría que esperar. Ya había ido demasiado lejos, así que acepté. Y me encontré con él.

III

“Ten cuidado con las ruedas de la fortuna”, me dijeron “te traerán algo que no quieres ver”, me advirtieron. Pero no esperaba encontrarlo a él. No después de tantos años. Honestamente, prefería un accidente que compartir la cabina con él, con sus ojos cansados, con su cara antipática, que ponía sin querer. Su sorpresa al verme me indicó que el tampoco esperaba encontrarse conmigo. Entre ambos, solo compartimos silencio.

Algo que no quiero ver. Está en mis manos ahora.

Con el abismo invadiendo mi corazón y mi alma, rompí el silencio con la primera palabra. Quizás hay más que oscuridad al final del abismo. Y para entrar en él, es necesario saltar.

La torre (Parte I)

La feria estaba repleta. Era el último día, después de todo. Mañana irían a otra ciudad, o quizás otro pueblo, y solo quedaría el recuerdo. Era una última oportunidad. Y yo estaba ahí, lamentando haber asistido.

Hasta ahora, solo había perdido el tiempo dando vueltas. La mayoría de las carpas que quería visitar tenían filas que rodeaban toda la feria, y no quería estar parado por horas ante el sol asesino del verano. Hasta que la vi, una carpa de tela oscura, escondida en una esquina. No tenía fila. De hecho, parecía como si la gente la evitara. Pensé en hacer lo mismo, pero había pagado buen dinero por la entrada, y, ¡maldición!, no podía irme sin al menos haber visitado algo.

Decidí entrar, tragándome mis miramientos. La carpa era oscura, y olía a algo dulce pero indistinguible, a nostalgia, tal vez, o a un recuerdo perdido. O simplemente a incienso. La adivina (o eso parecía) estaba sentada de piernas cruzadas ante una mesa cubierta por un mantel violeta, y rodeada de velas con múltiples diseños. Algunas eran altas, con estantes de cobre. Otras estaban colgadas del techo a través de cuerdas. Otras eran del estilo barroco, y tenían formas indistinguibles.

Quizás algo intimidado por la luz, paré por un segundo. Ella me miró, una sonrisa marcada en sus labios. Su rostro era imposible de escrutar, y no estaba seguro si tenía veinte o sesenta años. Sus ojos, del mismo color del mantel, parecían los de una persona que había vivido muchísimo. Con tono bajo, casi como si fuera un susurro, me dijo “siéntate”.

En el suelo había varios cojines. Me senté en uno de ellos, lentamente. Ella sacó un mazo de cartas, y las puso sobre la mesa. En silenció, lo barajó, y el sonido de las cartas hizo eco en la carpa. Parecía como si ese fuera el único sonido, lo único que tenía que sonar. Luego, con gracia infinita, sacó cinco cartas del mazo en un orden que parecía al azar y las puso sobre la mesa.

“Elige una carta”

Sentí que la que eligiera determinaría mi destino, como si cada una de ellas fuera una puerta hacía un futuro distinto. Mis manos se sentían pesadas, pero tomé una de ellas.

“No la mires, y entrégamela”

Cuando tuvo la carta en sus manos, la adivina cerró sus ojos, y devolvió las otras cartas al mazo. Luego, dejó la carta recibida en la mesa, y la dio vuelta.

“Hm… La torre”

Pausó sus movimientos por un momento, y pareció perder su calma, pero pronto volvió a sonreír.

“Ten cuidado con las ruedas de la fortuna. Te traerán algo que no quieres ver.”

Mantuvo su sonrisa, pero había algo forzado en ella ahora, y sus ojos demostraban una profunda tristeza. Luego, con se levantó rápidamente, y me dirigió a la salida.

“Está en tus manos ahora. Buena suerte”

Y con eso, ya estaba afuera.

La maldición (Historia completa)

*

Todo empezó una tarde de verano, la tarde en la que encontré la caja. Ella había muerto hace unos pocos años, pero el papeleo había durado más que su agonía, y recién ahora podía revisar lo poco que quedaba en su vieja casa. La chapa giró con un chirrido lleno de nostalgia, y la puerta se abrió.

El salón principal estaba cubierto por una fina capa de polvo. Los muebles estaban ocultos por mantas blancas, así que decidí dejar su revisión para después: no quería levantar todo el polvo acumulado descubriendo cada uno de ellos. Avancé con cuidado. De la cocina no quedaba nada, los parientes se habían llevado todos los artilugios de valor. Malos recuerdos amenazaron con volver a mi cabeza, así que fui donde realmente me interesaba: el ático. Era un sitio de escondites, un sitio de juegos, un sitio de memorias que eventualmente se perderían.

El polvo era mucho más grueso. Parecía como si nadie hubiese entrado en años. Me cubrí la boca y avancé. Si recordaba bien, cerca de la ventana había un velador. En el tercer cajón, que parecía atascado, había una caja. La caja que mi abuela me prohibió abrir, cuando la encontré. Ese era el tesoro que quedaba en la casa, y era mío, mío por derecho, mío por obligación. Me la llevé.

**

La traje a mi casa, primero, pensando en abrirla cuando estuviera a mis anchas. Sin embargo, asuntos imprevistos me impidieron siquiera pensar en ella. Poco después de dejar la caja en mi escritorio, sentí que tenía arena en mis pulmones, y empecé a toser incontrolablemente. Estaba aturdido en el suelo cuando me encontró mi vecina, que me llevó a un hospital.

Pasé un día entero dormido. A pesar de que me dieron de alta (sin antes gastar todos mis ahorros en pagar la cuenta), me sentía débil y afiebrado. Me dijeron que fue una reacción alérgica al polvo, cosa que nunca se había manifestado antes. Cuando le pregunté por qué había dormido por 24 horas, el doctor se encogió de hombros, pero me aseguró que no habían detectado ningún efecto permanente.

***

Desde ese día, mis noches estuvieron plagadas de pesadillas. La voz de mi abuela, repitiendo que no tocara la caja, que no la abriera, se repetía mientras caminaba por una casa que parecía la suya, sin serlo. La oscuridad se extendía por los pasillos, como si se moviera, y el ático se alejaba mientras más trataba de alcanzarlo. Despertaba poco después, tosiendo polvo, o lo que sentía que era polvo, pero que no era nada cuando abría los ojos.

¿Por qué pasaba todo esto? ¿Lo causaba lo que estaba dentro de la caja? Pero no podía abrirla, no podía, las palabras se intensificaban, las palabras retumbaban en mis oídos. Tenía que hacer algo, devolver la caja, devolverla donde estaba originalmente…

Pero ya no estaba en mi escritorio.

****

La busqué por todas partes. Con calma, al principio, pensando que quizás la había movido sin darme cuenta. Luego, con desconfianza, no queriendo creer que ya no estaba. Finalmente, con desesperación. Abrí todos los cajones, di vuelta todos los closets, hasta que ya nada quedaba sin revisar. Había desaparecido.

¿Cómo podía devolver lo que ya no tenía? Los sueños seguirían, estaba seguro. Mis pulmones, llenos de polvo, seguirían haciéndome tocer. ¿Qué pasaría después? ¡¿Qué?!

Golpeé el suelo con frustración, con furia, con desesperación, y sentí algo en los dedos: Había golpeado a la caja. Y ahora estaba abierta.

*****

La sangre se congeló en mis venas. Todavía recordaba esa voz, esos sueños repetidos, la arena, tanta arena. Pero la curiosidad fue mucho más fuerte que el miedo. Miré a la caja. Estaba vacía.

¿Era todo imaginaciones mías? ¿La caja siempre estuvo vacía? ¿Era solo un engaño de mi abuela para que no tocara sus cosas? Tantee en el suelo, quizás algo había caído por el golpe. Aferrado a esa limitada y quizás falsa esperanza, seguí buscando. Finalmente, sentí algo. Se sentía como un papel frío. Lo levanté. Era una fotografía, pero no podría verla en la oscuridad.

Con el corazón queriendo salir de mi pecho, busqué torpemente el interruptor. Click. La luz me dejó ciego por unos segundos, pero cuando al fin pude ver de nuevo miré a la foto y…

******

Hubo un tiempo en que las cosas eran más simples. Juntas familiares. Misas los domingos. Discusiones banales. Conversaciones aburridas, pero obligatorias. A veces, incluso, se reunía la familia entera. Un universo de personas incompatibles simulando que lo eran, simulando que es posible llevarse bien entre todos, que estas actividades eran significativas, que el cariño que demostrábamos era genuino. Estoy seguro, incluso, que algunos se lo creían. Obviamente, no podía faltar la foto. De otra forma, ¿Cómo era posible acreditar que todos éramos felices juntos? Luego, el flash de una cámara antigua. Las sonrisas de todos. El marco de un cuadro falso.

La sonrisa de la abuela.

*******

Y la mía. En centro de la foto. La caja yace abierta en el suelo. Y yo siento como si estuviera fuera del tiempo. Pero pronto, me quiebro. Mis ojos se llenan de lágrimas. ¿Existe algo de legitimo en mi sonrisa falsa? ¿Es posible simular y ser a la vez?

Solo ella podría explicarlo. Solo ella escondería esta foto en aquella caja, sabiendo que sería yo quién la abriría. La extraño. La extraño tanto que siento que me ahogo en un océano de arena. Las lágrimas tocan mis labios, y puedo respirar de nuevo. Sé que es un recuerdo falso. Pero quizás eso es mejor que ninguno.

Guardé la foto de nuevo en la caja, y la cerré, sin ver que en fondo todavía quedaban algunos granos de arena.  

La maldición (Parte I, II y III)

*

Todo empezó una tarde de verano, la tarde en la que encontré la caja. Ella había muerto hace unos pocos años, pero el papeleo había durado más que su agonía, y recién ahora podía revisar lo poco que quedaba en su vieja casa. La chapa giró con un chirrido lleno de nostalgia, y la puerta se abrió.

El salón principal estaba cubierto por una fina capa de polvo. Los muebles estaban ocultos por mantas blancas, así que decidí dejar su revisión para después: no quería levantar todo el polvo acumulado descubriendo cada uno de ellos. Avancé con cuidado. De la cocina no quedaba nada, los parientes se habían llevado todos los artilugios de valor. Malos recuerdos amenazaron con volver a mi cabeza, así que fui donde realmente me interesaba: el ático. Era un sitio de escondites, un sitio de juegos, un sitio de memorias que eventualmente se perderían.

El polvo era mucho más grueso. Parecía como si nadie hubiese entrado en años. Me cubrí la boca y avancé. Si recordaba bien, cerca de la ventana había un velador. En el tercer cajón, que parecía atascado, había una caja. La caja que mi abuela me prohibió abrir, cuando la encontré. Ese era el tesoro que quedaba en la casa, y era mío, mío por derecho, mío por obligación. Me la llevé.

**

La traje a mi casa, primero, pensando en abrirla cuando estuviera a mis anchas. Sin embargo, asuntos imprevistos me impidieron siquiera pensar en ella. Poco después de dejar la caja en mi escritorio, sentí que tenía arena en mis pulmones, y empecé a toser incontrolablemente. Estaba aturdido en el suelo cuando me encontró mi vecina, que me llevó a un hospital.

Pasé un día entero dormido. A pesar de que me dieron de alta (sin antes gastar todos mis ahorros en pagar la cuenta), me sentía débil y afiebrado. Me dijeron que fue una reacción alérgica al polvo, cosa que nunca se había manifestado antes. Cuando le pregunté por qué había dormido por 24 horas, el doctor se encogió de hombros, pero me aseguró que no habían detectado ningún efecto permanente.

***

Desde ese día, mis noches estuvieron plagadas de pesadillas. La voz de mi abuela, repitiendo que no tocara la caja, que no la abriera, se repetía mientras caminaba por una casa que parecía la suya, sin serlo. La oscuridad se extendía por los pasillos, como si se moviera, y el ático se alejaba mientras más trataba de alcanzarlo. Despertaba poco después, tosiendo polvo, o lo que sentía que era polvo, pero que no era nada cuando abría los ojos.

¿Por qué pasaba todo esto? ¿Lo causaba lo que estaba dentro de la caja? Pero no podía abrirla, no podía, las palabras se intensificaban, las palabras retumbaban en mis oídos. Tenía que hacer algo, devolver la caja, devolverla donde estaba originalmente…

Pero ya no estaba en mi escritorio.

La maldición (Parte I)

*

Todo empezó una tarde de verano, la tarde en la que encontré la caja. Ella había muerto hace unos pocos años, pero el papeleo había durado más que su agonía, y recién ahora podía revisar lo poco que quedaba en su vieja casa. La chapa giró con un chirrido lleno de nostalgia, y la puerta se abrió.

El salón principal estaba cubierto por una fina capa de polvo. Los muebles estaban ocultos por mantas blancas, así que decidí dejar su revisión para después: no quería levantar todo el polvo acumulado descubriendo cada uno de ellos. Avancé con cuidado. De la cocina no quedaba nada, los parientes se habían llevado todos los artilugios de valor. Malos recuerdos amenazaron con volver a mi cabeza, así que fui donde realmente me interesaba: el ático. Era un sitio de escondites, un sitio de juegos, un sitio de memorias que eventualmente se perderían.

El polvo era mucho más grueso. Parecía como si nadie hubiese entrado en años. Me cubrí la boca y avancé. Si recordaba bien, cerca de la ventana había un velador. En el tercer cajón, que parecía atascado, había una caja. La caja que mi abuela me prohibió abrir, cuando la encontré. Ese era el tesoro que quedaba en la casa, y era mío, mío por derecho, mío por obligación. Me la llevé.

Un consejo (historia completa)

I

“Sé que tienes que irte. No vine a pedirte que te quedes” le dijo, lentamente, y luego tosió con fuerza.

Él lo miró fijamente, y por un segundo pareció que iba a ayudarlo, casi como acto reflejo, pero se controló y frunció el ceño.

“¿Para qué vienes entonces, abuelo?” dijo, algo más fuerte de lo que esperaba. Odiaba no poder controlar sus emociones, odiaba a sus padres por forzarlo, y, quizás como parte de ello, se odiaba a si mismo.

“Lo que quieres hacer es una locura- “comenzó, pero fue interrumpido por quejas. Subiendo el tono, continuó: “Por favor, hijo, espera que termine. Lo que quieres hacer es una locura, sí, pero es una locura que te mereces. Mi intención es…” se pausó, y sus ojos reflejaron mil historias, mil recuerdos, mil decepciones. En unos pocos segundos, pareció encontrar lo que buscaba: “Mi intención es darte un consejo”

Todo en el cuerpo de Pi lo incitaba a correr. Su abuelo era sabio, y tenía mucha más experiencia que él. Si su intención era disuadirlo, quizás podría convencerlo. Y no quería ser convencido.

II

¿Qué importaban los árboles? ¿Qué importaba el arroyo con aguas cristalinas? ¿Qué importaban los arcos del templo, imponentes y rojos? El solo podía ver en blanco y negro, solo podía mirar atrás. El reflejo de sus espadas en la luna, el silencio antes del ataque, el crujido de las ramas rotas, el sonido del metal contra el metal. El rojo de la sangre en el piso, el rojo de la sangre en la espada del enemigo, el rojo que se acumulaba en la espalda de su hermano.

¿Qué importaba el mundo? Él había muerto. ¿Qué importaba todo el entrenamiento? Al final, solo importaba el último corte. Podía ver tan solo dos opciones: la muerte, o venganza.

III

“Escúchame, Pi. No quiero decirte que tienes razón, que el mundo está en tu contra, que nadie entiende lo que dices, que estas completamente solo. Solo quiero que tengas en cuenta esto, porque yo no lo entendí: El único golpe que importa es el último.”

Dicho esto, salió de la habitación, sin esperar respuesta. Pi, ahora, sintió todo el peso de la soledad. ¿Qué significaban esas palabras? ¿Por qué no había querido convencerlo? Faltaba algo. Tenía que faltar algo. Si no, ¿por qué se sentía tan vacío?

En su cabeza no encontró respuesta. Tampoco en la habitación. Bruscamente, salió, buscando el aire nocturno, en sus ojos lágrimas involuntarias, en la suela de sus zapatos el peso de buscar su propio camino.

IV

Se había convencido a si mismo de que al menos se había quedado con él hasta el final. Que al menos había sido testigo de sus últimos momentos. Creía que con eso iba a poder superarlo, que los años serían suficientes para atenuar el dolor, manteniendo el recuerdo. Pero se equivocaba. Su muerte era como una herida de guerra, como perder un brazo, o una mano. Se adaptó a vivir con el dolor, pero todavía sentía sus efectos.

Se dio cuenta, con el tiempo, que el mundo no se pausa con la muerte. El tiempo sigue corriendo, e ignora cualquier queja al respecto. Se había quedado con él hasta el final… pero ¿qué pasaba después? ¿Qué pasaría con su vida?

V

¿Cómo iba a entender ese consejo? El abuelo era sabio, y contaba mil historias. Para Pi, el mundo era pequeño, pero el abuelo hacía parecer que era infinitamente grande. Tan grande, que no podía entender aquel mensaje, ignorante como era.

Obviamente todos los golpes importaban en una pelea, ¿cierto? Al final, la única forma de ganar es golpear más que el oponente. ¿Por qué importaría solo el último golpe, la culminación de tantos otros?

Recordó, súbitamente, que no todas las peleas las ganaba el que golpeaba más veces. Había momentos en que solo un golpe era suficiente, solo uno. ¿Era eso, entonces? ¿O había algo más detrás de sus palabras?

VI

¿Te vas a ir tú, también, como él se fue? ¿Quién soy yo para pararte? Si solo pude verlo morir, si no pude parar a nadie. ¿Que habían importado mis palabras iniciales, mis protestas, mis intentos de convencerlo? Nada, realmente, porque solo importó el último golpe, solo importó el fin, solo importó su muerte. Y ahora, cuando veo la historia repetirse, cuando veo a mi nieto al borde de ese mismo abismo, solo puedo entregarle un consejo, solo puedo explicarle lo que descubrí después de verte pelear, después de verte morir.

Todos estos años, todas estas experiencias, y todo lo que puedo agregar son palabras, rasgar el silencio, y esperar que me escuche, que me entienda, que no se repita tu historia. No quiero verlo morir. No quiero…

VII

Las emociones no se manifiestan de a una en una. Es posible estar feliz y triste, enojado y calmado, melancólico y esperanzado. Pi se daba cuenta de eso ahora. No había dejado de sentir esa frustración que lo carcomía por dentro, pero al mismo tiempo lo invadía una gratitud por las palabras de su abuelo. Al fin había entendido el mensaje. ¿Qué iba a pasar si moría, si recibía ese último golpe? Nada de su rebelión hubiese importado, todo se volvería silencio.

VIII

¿Te fallaré, Pi, como le fallé a mí hermano? ¿Quién soy yo para salvarte? Ni siquiera me pude salvar a mi mismo.

¿Te ignoraré, abuelo, como él te ignoro hace tantos años? ¿Quién soy yo para escucharte? Ni siquiera me entiendo a mí mismo.

Sin hablar, pensamientos atrapados en sus cabezas, ambos se entendieron, al menos por un segundo. Entremezclados entre silencios, fundidos en un recuerdo mutuo, se dieron cuenta que las palabras muchas veces no son suficientes, y que las acciones tampoco.

Este no era un final. Tampoco un inicio. Era el centro de un espiral. Pero se comprendieron, por un segundo. Y eso fue suficiente.

Un consejo (Parte I, II, III, IV, V, VI)

I

“Sé que tienes que irte. No vine a pedirte que te quedes” le dijo, lentamente, y luego tosió con fuerza.

Él lo miró fijamente, y por un segundo pareció que iba a ayudarlo, casi como acto reflejo, pero se controló y frunció el ceño.

“¿Para qué vienes entonces, abuelo?” dijo, algo más fuerte de lo que esperaba. Odiaba no poder controlar sus emociones, odiaba a sus padres por forzarlo, y, quizás como parte de ello, se odiaba a si mismo.

“Lo que quieres hacer es una locura- “comenzó, pero fue interrumpido por quejas. Subiendo el tono, continuó: “Por favor, hijo, espera que termine. Lo que quieres hacer es una locura, sí, pero es una locura que te mereces. Mi intención es…” se pausó, y sus ojos reflejaron mil historias, mil recuerdos, mil decepciones. En unos pocos segundos, pareció encontrar lo que buscaba: “Mi intención es darte un consejo”

Todo en el cuerpo de Pi lo incitaba a correr. Su abuelo era sabio, y tenía mucha más experiencia que él. Si su intención era disuadirlo, quizás podría convencerlo. Y no quería ser convencido.

II

¿Qué importaban los árboles? ¿Qué importaba el arroyo con aguas cristalinas? ¿Qué importaban los arcos del templo, imponentes y rojos? El solo podía ver en blanco y negro, solo podía mirar atrás. El reflejo de sus espadas en la luna, el silencio antes del ataque, el crujido de las ramas rotas, el sonido del metal contra el metal. El rojo de la sangre en el piso, el rojo de la sangre en la espada del enemigo, el rojo que se acumulaba en la espalda de su hermano.

¿Qué importaba el mundo? Él había muerto. ¿Qué importaba todo el entrenamiento? Al final, solo importaba el último corte. Podía ver tan solo dos opciones: la muerte, o venganza.

III

“Escúchame, Pi. No quiero decirte que tienes razón, que el mundo está en tu contra, que nadie entiende lo que dices, que estas completamente solo. Solo quiero que tengas en cuenta esto, porque yo no lo entendí: El único golpe que importa es el último.”

Dicho esto, salió de la habitación, sin esperar respuesta. Pi, ahora, sintió todo el peso de la soledad. ¿Qué significaban esas palabras? ¿Por qué no había querido convencerlo? Faltaba algo. Tenía que faltar algo. Si no, ¿por qué se sentía tan vacío?

En su cabeza no encontró respuesta. Tampoco en la habitación. Bruscamente, salió, buscando el aire nocturno, en sus ojos lágrimas involuntarias, en la suela de sus zapatos el peso de buscar su propio camino.

IV

Se había convencido a si mismo de que al menos se había quedado con él hasta el final. Que al menos había sido testigo de sus últimos momentos. Creía que con eso iba a poder superarlo, que los años serían suficientes para atenuar el dolor, manteniendo el recuerdo. Pero se equivocaba. Su muerte era como una herida de guerra, como perder un brazo, o una mano. Se adaptó a vivir con el dolor, pero todavía sentía sus efectos.

Se dio cuenta, con el tiempo, que el mundo no se pausa con la muerte. El tiempo sigue corriendo, e ignora cualquier queja al respecto. Se había quedado con él hasta el final… pero ¿qué pasaba después? ¿Qué pasaría con su vida?

V

¿Cómo iba a entender ese consejo? El abuelo era sabio, y contaba mil historias. Para Pi, el mundo era pequeño, pero el abuelo hacía parecer que era infinitamente grande. Tan grande, que no podía entender aquel mensaje, ignorante como era.

Obviamente todos los golpes importaban en una pelea, ¿cierto? Al final, la única forma de ganar es golpear más que el oponente. ¿Por qué importaría solo el último golpe, la culminación de tantos otros?

Recordó, súbitamente, que no todas las peleas las ganaba el que golpeaba más veces. Había momentos en que solo un golpe era suficiente, solo uno. ¿Era eso, entonces? ¿O había algo más detrás de sus palabras?

VI

¿Te vas a ir tú, también, como él se fue? ¿Quién soy yo para pararte? Si solo pude verlo morir, si no pude parar a nadie. ¿Que habían importado mis palabras iniciales, mis protestas, mis intentos de convencerlo? Nada, realmente, porque solo importó el último golpe, solo importó el fin, solo importó su muerte. Y ahora, cuando veo la historia repetirse, cuando veo a mi nieto al borde de ese mismo abismo, solo puedo entregarle un consejo, solo puedo explicarle lo que descubrí después de verte pelear, después de verte morir.

Todos estos años, todas estas experiencias, y todo lo que puedo agregar son palabras, rasgar el silencio, y esperar que me escuche, que me entienda, que no se repita tu historia. No quiero verlo morir. No quiero…