El teléfono infinito

Hay algunas historias que no puedo olvidar, porque marcaron algo en mi vida. Algunas de ellas son cosas simples, otras son más largas y complejas, y requieren un mayor contexto. La que quiero contar ahora es de las primeras, pero el efecto que tuvo en mí se mantiene resonando en mi mente, incluso durante estos días.
Debo haber tenido unos doce años, y ya estaba en mi segundo colegio. Como había sido un cambio bastante abrupto, todavía no tenía un grupo de amigos establecido, así que tendía a pasar los recreos solo, muchas veces leyendo en la biblioteca o paseando por el patio (que, en ese colegio en particular, era bastante pequeño). Una de las cosas más interesantes en el patio era el teléfono público, colgado en la pared cerca de la oficina de los coordinadores. A diferencia de los típicos teléfonos en la calle, era blanco y se veía casi como un teléfono de casa. Como todos aquellos artilugios, el teléfono requería monedas para llamar. Como niño de colegio, la plata a mi disposición se gastaba generalmente en dulces en el quiosco, así que llamar por ese teléfono estaba fuera de mi alcance.
Un día, sin embargo, decidí experimentar apretando los números en un cierto orden. Al poco tiempo, descubrí que el asterisco ponía al teléfono en un modo en que se podían introducir códigos. Días pasaron, de los cuales invertí largos recreos en intentar lograr algo con tales códigos. Un día, pasó algo increíble: uno de los códigos le daba tono al teléfono, permitiendo llamar gratis a cualquier persona, a cualquier lugar, incluso números regionales o internacionales. Como niño muy fijado en no causar problemas, decidí guardarme el secreto.
La gente se enteró de todas formas. A veces me pedían, como favor, que pusiera el código porque tenían una emergencia, o necesitaban hablar con alguien… o veces simplemente porque sí. A pesar de que nunca entregué directamente el código, hubo personas que lo descubrieron simplemente mirando mis dedos. Fue un paraíso, para ellos. Usaban el teléfono gran parte del tiempo, como una herramienta gratis. Las cosas, evidentemente, no podían mantenerse así de paradisíacas.
Un día que parecía igual a los demás el coordinador me llamó. A su lado estaba alguien desconocido, con un uniforme. El primero en hablar fue el coordinador mismo, preguntándome si era yo quién había descubierto un cierto código en el teléfono. Admití de inmediato que sí. El técnico entonces explicó que el teléfono tenía muchas más llamadas hechas que plata dentro de él, y que la compañía estaba perdiendo gran cantidad de recursos en vez de ganarlos. El coordinador, entonces, dijo algo que quedó grabado para siempre en mi cabeza: “No es que te esté retando por descubrir el código, todo lo contrario, demuestra que eres una persona muy creativa e inteligente, pero no quiero que experimentes más con el teléfono.”

Así, sin siquiera un reto, el código cambió en el teléfono, y nunca más experimenté con él. Saquen de este cuento las conclusiones que les parezcan más adecuadas. Gracias por leer.

Entre emociones y colegios, tercera parte

[Este post es el último de una serie sobre mis tiempos colegiales. Se puede leer perfectamente por sí mismo, pero recomiendo leer los anteriores.]
El cambio a mi último colegio fue distinto al anterior, por dos razones principales. En primer lugar, fue la única vez que mis padres me preguntaron si estaba dispuesto a dejar el colegio en el que estaba. A pesar de que me había adaptado decentemente a la vida colegial durante mi estadía, pensé que un cambio completo me haría bien, que podría presentarme como otra persona, distinta a la que era. En segundo lugar, tan solo quedaban dos años más para salir del colegio. La presión por la prueba de selección universitaria (en Chile, se llamaba PSU en esos tiempos) golpeaba con fuerza. A pesar del corto tiempo que pasé en él, en este colegio fue donde mejor lo pasé.
Mis compañeros de curso, con grupos ya bastante armados, me recibieron sin demasiados problemas, y pronto fui parte de un grupo. Fue la primera vez que mi lejanía y mi forma de ser amigo de todos, pero buen amigo de nadie se disipó. Este tipo de adaptación duró poco, sin embargo. Como cualquier joven de la edad (unos 16-17 años), los conflictos y los insultos eran pan de cada día. Durante esos años de rebelión (que puede notarse o no, dependiendo de la persona, pero que siempre existe) se descubre y se aplica la capacidad para ser crueles, pero todavía somos demasiado jóvenes para notar las consecuencias, pero hoy las noto y me arrepiento.
Como me gustaba mucho leer y saber todo tipo de cosas (consecuencia de la lectura no solo de libros sino de enciclopedias y de cualquier cosa que pudiera alcanzar con mis manos), tendía a ser siempre la persona con el dato curioso, pero un día esto me jugó en contra: dije un dato erróneo y confuso, y uno de mis amigos del grupo me inventó el alias de mentiroso. Ahora, ese alias definiría mis acciones, cambiaría mis interacciones con los demás, y me causaría muchas penurias. Probablemente ni siquiera se dio cuenta del daño que me causó, ya que para él era solo una broma, una diversión temporal que no significaba nada. Quizás cuantas veces, al decir alguna cosa o molestar a alguna persona, yo he hecho lo mismo. La vida, en parte, es una colección de consecuencias de las que no nos damos cuenta. A pesar de que en estos días estoy peleado con esa persona por otras razones completamente distintas (aunque probablemente sus bromas anteriores afectaron mis ánimos), no lo culpó.  Todos hemos sido el villano de otras historias.
Mi cuarto medio en el colegio lo pasé jugando ajedrez y Magic (el juego de cartas), esforzándome muy poco en mis notas y aún menos en la PSU. Al ser el último momento de estadía en el colegio, se perdonaban muchas cosas, y es por eso que logré pasar. Unos pocos meses antes de la PSU tuve que ponerme las pilas, y gracias a eso logré puntajes decentes y entrar a Literatura, como quería, generando otros cambios y otros conflictos, que dejaré para otro post.

Con esto, estimados lectores, saben mi historia colegial. Espero que les sirva para comparar experiencias, o para reflexionar con su propia historia. Gracias por leer.

¡Diez mil visitas!

Hoy, mis estimados y estimadas, les traigo un post muy especial. ¿Por qué? Porque hoy celebramos (si, les hago esa invitación) las 10.000 visitas que han llegado a este blog. Quién sabe por qué se han pasado por estas ventanas digitales, quién sabe quiénes son o donde viven. Eso, en la internet, es muy difícil de averiguar. Pero no importa: tomaron la decisión de pasar por aquí, quizás leyeron un post o un par de palabras, quizás incluso revisaron el archivo. A cada una de aquellas personas, les agradezco muchísimo.
Ahora bien, para celebrar la ocasión, que es vitalmente importante para mí, me gustaría hablarles de mi viaje como escritor. Como comencé, cual es mi proceso creativo, que he hecho hasta ahora, y por qué la escritura ahora es parte de lo que soy. Ajusten sus cinturones, que esto puede ser largo.
Antes de narrar los orígenes de mi escritura, me gustaría plantearles mi proceso creativo. Mis ideas a veces llegan de forma espontánea, pero en la mayoría de los casos veo una cosa o a alguien, y eso me da una idea. Daré un ejemplo: Cuando voy a trabajar, paso por una autopista, y tengo que salir en la salida… digamos, 19. Pero pasa que en la autopista no hay una salida 20. Solo hay una 21 y una 19. En un principio, pensé que la salida 20 estaba al otro lado, pero al buscarla, tampoco existía. Esto me deja una idea en la mente: alguien perdido en la salida 20, una salida que no existe. Con esa idea planteada en la cabeza, la escribo en mi libro de notas e ideas (sí, tengo uno de esos). Luego, si quiero escribir una historia, escribo un pequeño “outline” de cómo me gustaría que partiera o terminara. Este generalmente tiene una línea o dos, algo así como “Protagonista está manejando un auto, perdido. Las calles le parecen conocidas pero diferentes, extrañas. Protagonista no puede salir cuando se da cuenta que está atrapado entre salidas.” Con esa descripción, escribo la historia. Luego, la releo y corrijo. Esto puede tomar entre 4 y 7 horas, en promedio.
Con esto dicho, les cuento que desde que aprendí a leer (a los seis años, gracias a la influencia de mi madre y un silabario) estuve muy interesado en las historias. Incluso durante mis primeros años colegiales, pasaba bastante tiempo en la biblioteca, leyendo todo lo que podía alcanzar. Una gran influencia en mis gustos fueron los mitos y las leyendas, que me interesan hasta hoy. Cuando “me invitaron” a irme de mi primer colegio, y al perder cada una de mis antiguas amistades, me cerré muchísimo. Mis intereses se asentaron, y pasé gran parte del tiempo leyendo en soledad en la biblioteca. Fue en esos momentos que comencé a escribir un poco más seriamente.
Durante esa época, me sentía muy inútil, como si haberme ido de mi primer colegio me marcara como un paria, un rechazado. Cuando mis cuentos y poemas comenzaron a sacar elogios y aplausos de tanto mis profesores como mis compañeros, decidí enfocar todo mi esfuerzo en ellos. Comencé a experimentar, a intentar cosas nuevas, a incluir géneros que no había tratado aún. Los cuentos de Cortázar y sus finales golpeantes e invertidos me invitaron a imitarlo. El terror, la ciencia ficción y los cuentos de detectives de Poe tomaron mi imaginación y mis miedos y los convirtieron en historias. Los libros de “Elige tu propia aventura” me dijeron que había más de una forma de leer y de contar un cuento. “El señor de los anillos” y “El Hobbit” me introdujeron en una ola de aventura épica de la que todavía no he salido (Y la que nunca he podido escribir bien). Mi escritura cambió, se moldeó por cada uno de los libros que leía. Y sí que leía. Incluso los libros asignados por el colegio. Debo haber sido de los pocos alumnos que leyó todos los libros recomendados por los profesores, sin buscar resúmenes. Era tanto lo que me gustaba escribir, que incluso imprimía mis historias para entregarlas a mis vecinos para que las leyeran.
Este enfoque, sin embargo, hizo que gran parte de mi orgullo personal dependiera de como escribía. Nunca me sentí bueno en alguna cosa que no fuera escribir, olvidando que nadie nace bueno en algo. Esa escritura, esa lectura, fueron las únicas dos cosas que realmente puse en práctica, que desarrollé realmente. A pesar de tener un interés en la música y en el dibujo, siempre pensé que era pésimo en ambas cosas. Mis amistades fueron… indirectas, asentando mi introversión aún más.
Cuando llegó el segundo cambio de colegio, decidí ser distinto, conseguirme verdaderas amistades. En parte, lo logré, a pesar de ciertos conflictos con miembros de mi grupo de amigos que se mantienen hasta ahora. En esos últimos años sentía que mi escritura había madurado lo suficiente como para dar consejos a los demás. Estoy seguro que me equivocaba. Fue en aquellas épocas cuando decidí enfocarme en cuento, porque mi poesía simplemente ya no me convencía.
Cuando fue tiempo de dar la PSU y decidir que estudiar, no me fue difícil elegir mi carrera: Literatura, obviamente, iba a ser mi elección. Postule a mi carrera sin pensar demasiado en las consecuencias (Principalmente, la búsqueda de trabajo y el bajo sueldo, elementos que volverían a atacarme ya egresado y titulado). Era lo que me interesaba, incluso si no tenía idea que iba a hacer con ese título bajo el brazo.
Entrar a la universidad fue como tomar la lupa que me centraba en mí mismo y mis lecturas y moverla hacia arriba. Descubrí que el mundo, tanto literario como “real”, eran mucho más amplios de lo que pensaba. Mis lecturas, que antes consideraba variadas, eran nada ante el universo de libros que ahora debía leer. Mi velocidad de lectura, antes bastante rápida, tuvo que convertirse en un jet. Mi escritura, antes segura de sí misma y centrada demasiado en mí mismo, ya no parecía tan buena como antes. Había otras personas tan o más capaces que yo, impulsando un cierto odio a mí mismo, pero también una necesidad imperiosa de mejorar.
Fue durante esos tiempos universitarios cuando comencé a mantener un blog. Ese blog, ahora increíblemente vergonzoso para mí, fue el prototipo que se convirtió, más tarde, en este, el que leen ahora. Contenía, en su mayoría, reflexiones más espontaneas, criticas generales a la sociedad o a personas que me caían mal, y algunos cuentos y ensayos. El blog actual cortó todo lo anterior, y se enfocó en los dos últimos puntos: cuentos y ensayos.
Luego de una gran cantidad de años en la universidad (influenciados en gran parte por un cambio de universidad. Sí, soy una persona de muchos, muchos cambios) me di cuenta que lo que yo tomaba como buena escritura era escritura mediocre, que todavía me faltaba práctica, que este camino no termina, que siempre hay que seguir escalando. También descubrí que me gustaba escribir ensayos, no solo como obligación, sino como un hobby. Exponer mis pensamientos, dando una opinión que puede ser correcta o no, se convirtió en una de mis actividades favoritas
Cuando me ofrecieron escribir una novela como tesis, accedí de inmediato. Y estuve un año peleando con mi mismo y mi profesor de tesis (Que tuvo una paciencia y un ánimo increíbles. ¡Gracias!) para terminarla. Gracias a eso, logré encontrar un cierto estilo que puedo llamar propio. Y aquí me tienen, updatando un blog cada semana.

De verdad, le agradezco a cada uno de ustedes su visita. Es saber que soy leído lo que me mantiene escribiendo, todavía. Este es, sin duda, el post más largo que una vez he escrito, así que gracias especiales a lo que lograron llegar al final. Nos leemos la próxima semana, donde terminaré mi especie de crónica de mis colegios. Gracias por leer.

Entre emociones y colegios, segunda parte

El cambio de colegio fue abrupto, para mí. Las notas bajas y las múltiples anotaciones negativas en el libro de clases me hacían sentir como un idiota, como alguien que no merece la pena, que no vale el esfuerzo. Mi personalidad, antes algo combativa y (digámoslo con todas sus letras) estúpida, se convirtió en una especie de timidez cerrada, con una autoestima bajísima en la mayoría de los casos.
Fue durante estos momentos que mi escritura comenzó a desarrollarse, y me destaqué entre mis compañeros por mis cuentos y poemas. Mi segundo colegio estaba enfocado en el área humanista, lo que favoreció sobremanera esta tendencia, con excelentes profesores de castellano, y de idiomas. Entre los idiomas impartidos se encontraban el francés, el latín y el inglés, todos los cuales fueron de gran interés para mí.
Considerando mis habilidades solo incluían idiomas y lecturas, intenté expandir mis intereses hacía otras áreas, incluyendo la música y el dibujo, pero las críticas de las personas, en especial de compañeros de curso, hacían demasiada mella en mi confianza, y las dejé rápidamente. Si tener habilidad en algo es simplemente poner una importante cuota de esfuerzo, nunca logré hacerlo consistentemente por no creer en mí mismo. La escritura, única habilidad que sacaba aplausos de los demás, fue la única que logré practicar hasta hoy, con resultados debatibles por ustedes, los lectores.
Sin tener los amigos de antes, tuve que buscarme nuevas amistades. A pesar de que lo logré, en parte, siempre sentí que era una parte poco importante en varios grupos de personas, más que uno de los miembros de un grupo consolidado. El miembro extra, la rueda de reemplazo. Quizás, más que una certeza solo mía, era como todos se sentían. La adolescencia es un tiempo extraño, donde sentimientos y pensamientos se mezclan y se pierden, donde nadie entiende nada. Una persona que parece segura de sí misma puede estar tan solo mostrando una máscara.

Pasé un largo tiempo en el colegio, hasta tercero de enseñanza media, año en que mis padres decidieron hacer otro cambio por la rápida caída de calidad (o al menos, eso me dijeron. Quizás había otras razones que no podía entender en esos tiempos). En ese último lugar, consolide amistades y empecé a acercarme, de a poco, a la persona que soy ahora. En esto profundizaré en el próximo post. Gracias por leer.

Entre emociones y colegios

Muchos dicen que el colegio es un tiempo inolvidable, el único momento donde tienes libertad sin mucha responsabilidad, todo mezclado con una juventud que pasa muy rápido. No estoy de acuerdo: es estar obligado a ir a un lugar que puede o no gustarte, con gente con una crueldad infinita (hay pocas cosas más dolorosas que la crueldad inocente de un niño), sin aliados, en solitario, sin la experiencia que tiene un adulto, sin la piel dura de un veterano de crueldades. Es un tiempo inolvidable, sí, pero a veces me gustaría olvidarlo.
Mis tiempos colegiales fueron turbulentos, por decirlo suavemente. Mi primer colegio era bilingüe, con grandes pretensiones, y quedaba extremadamente lejos de mi casa, forzando largos viajes y muchos atrasos. Mis tiempos tempranos no fueron excesivamente difíciles: tenía algunos amigos y compañeros de juego, pero las cosas cambiaron abruptamente cuando mi abuela tuvo un accidente gravísimo, el cual la dejó con secuelas graves y permanentes en el cerebro. Esto me golpeó muy fuerte: quería mucho a mi abuela, y ahora apenas podía hablar. Parecía otra persona. Mis notas bajaron. Mi conducta, nunca demasiado buena, se volvió mucho peor. Mis memorias de aquellos días son confusas y borrosas. El golpe fue tan fuerte, las ganas de olvidar fueron tan fuertes, que ya casi no tengo recuerdos claros. Son momentos, pequeñas conversaciones, actos de rebeldía sin sentido, lo único que todavía es visible en mi mente.

A finales del cuarto año básico, y poco después de aquel incidente, mis bajas notas y supuesta mala conducta llevaron a una “invitación a salir” del colegio, forzando un cambio abrupto de lugar, pero llevando consigo, también, una serie de ventajas e intereses, de los que hablaré en el próximo post. ¡Gracias por leer!

Accidentes y memorias

Cuando era chico tendía a ser propenso a accidentes. No es que me estuviera accidentando todo el tiempo, o que todos los días los pasara en la UTI como un cierto personaje de “Hey Arnold!”, pero cuando me pasaba algo, en general era bastante grave. El accidente que más susto y penurias le causó a mi familia todavía está claro en mi mente

Debo haber tenido alrededor de diez años, quizás un poco más, quizás un poco menos. Habíamos salido del colegio, y el chofer familiar (si, en esos tiempos mi familia tenía un chofer que se encargaba de llevarnos, empleo que terminó luego de múltiples topones y choques por parte de él, y quizás influenciado por lo que voy a contar) tenía otra cosa que hacer, así que pasamos por una especie de parque con una gran cantidad de juegos para niños. Uno de esos juegos, el más atractivo de todos, era un refalín de altura considerable. En esos tiempos, era gigante para mí, pero quizás hoy en día si lo mirará no sería tan alto.
Estaba junto a mi hermano ese día, y después de jugar con las demás atracciones, decidimos subir finalmente al refalín, pero pasó algo inesperado: un mal cálculo, una pérdida de agarre, un paso en falso, y caí desde la parte más alta, golpeando el suelo con mi cabeza.
No puedo recordar bien que pasó después. Mi hermano incluso me dice que lo que recuerdo, los juegos, la subida al refalín, fueron completamente distintas a lo que yo narro. El momento ya no existe en mi cabeza, se borró de la nada y se reemplazó por algo falso, memorias distintas a las reales. Puede, incluso, que yo mismo haya cambiado después del accidente. Desde ese golpe no puedo confiar bien en que soy esa misma persona que cayó, que lo que recuerdo es cierto e infalible, aunque nunca lo sea.

Quizás el niño que fui escribiría de otras memorias, de eventos completamente distintos en el pasado que no recuerdo o que recuerdo mal. Pero, ¿No podría decirse lo mismo de todos nuestros recuerdos? Gracias por leer.

Colores en el humo

Hay ciertos eventos que colorean todo, que cambian el tono de las cosas para siempre. La muerte de alguien cercano, una separación brusca y recalcitrante, las palabras cortantes e irritadas de alguien que admirábamos, todas estas cosas cambian como vemos las cosas, las asociamos con momentos y memorias, y la forma en que reaccionamos a ellas definen, quizás, quienes somos.
Cuando era más joven, por ejemplo, mi abuelo era una figura imponente y pesada. Como ex marino, su forma de ser era lejana y severa, causando terror en mí y probablemente también en mis hermanos y primos. Él, por su parte, probablemente consideraba que su conducta era la norma, lo común: dueño de su hacienda, los demás debían servirlo.
Durante la tarde, después del café y en solitario, mi abuelo fumaba. Ha pasado tanto tiempo que no puedo recordar la marca de sus cigarros, pero si puedo revivir su olor, las cenizas, el pasatiempo que parecía tan adulto en esos tiempos. Ese recuerdo, de mi abuelo fumando con expresión severa, nunca dejó que me uniera al vicio. Algo en esa imagen, cada día más vaga, pero todavía presente, me recordaba el miedo que sentía, la prohibición implícita de hacer lo mismo que él, de acercarse a un pequeño dios de acero.

Hoy mi abuelo está muerto, y con él muchas cosas cambiaron. Esa imagen, sin embargo, pinta todas mis experiencias con el cigarro. Supongo que es un miedo que conviene agradecer, ya que me alejó de un vicio. Alguien perspicaz y algo cruel podría llamarlo un trauma. Gracias por leer.

Caminar enfermo

Ayer, mientras caminaba de vuelta de un día de trabajo arduo y pesado, mi gripe decidió tomarse las cosas en serio. Perdí mis fuerzas, sintiendo que ya no podía más, que el suelo era una mejor alternativa que seguir caminando. Pedí ayuda, mi hermano estaba en la casa de un amigo doctor que vivía cerca de donde estaba. Casi llegando al desmayo, logré llegar al lugar, donde me prestaron una cama.

Mi amigo doctor indicó que lo que tenía probablemente era influenza. Creo que probablemente tenía razón. Hoy, con la cabeza palpitando, todavía siento sus efectos. Tengo que descansar por lo menos tres días, según recomendaciones. Y es este el primero de ellos.

Como saben, me comprometo a actualizar por semana. Así como estoy, este texto es todo lo que puedo darles esta vez. Espero sea suficiente por ahora. Gracias por leer.

El árbol entre los recuerdos

Mis memorias de juventud siempre son difusas, como pasadas por la niebla. Entre lo borroso, a veces veo a mis abuelos, dueños de un campo en San Felipe. Mi abuelo, marino de profesión, decidió iniciar un negocio de exportación de frutas sin tener experiencia alguna en ello. Para poder hacerlo, usó dineros de mi abuela, descendiente de una familia bastante bien provista. Ese campo, a pesar de su belleza, jamás logró ser un negocio rentable.
Mi abuelo, con una confianza mal puesta, decidió seguir con su exportadora a pesar de los malos resultados iniciales, empezando a perder el dinero que tenía rápidamente. Pronto estuvo al borde de, si no la quiebra, de un notorio bajón en su estatus económico. Esas cosas, sin embargo, no las entendía un niño de menos de diez años, como yo.
Para mí el campo era una mezcla de sentimientos encontrados. A pesar de tener muchos primos, no era especialmente sociable, y pasaba la mayoría del tiempo jugando con mi hermano mellizo. El campo era aburrimiento, en parte, pero también escondía algo de misterio, de exploración. Mi lugar favorito era, sin ninguna duda, el árbol cerca de la entrada.
Nunca supe (a pesar de que probablemente me lo dijeron) qué árbol era, pero para un niño de mi edad, era el mejor escondite, mezclado con una base secreta. Pasaba gran parte del tiempo creyendo esconderme allí, entre ramas nudosas y hojas verdes, soñando lugares distintos, enfrentándome a enemigos invisibles.

Hoy en día, el campo pasó a ser de uno de mis tíos con el que tenemos bastante mala relación, y no lo he visitado en siglos. Mis memorias probablemente deformaron el lugar, haciéndolo ver mejor que lo que es, y no estoy seguro de querer volver. Sin embargo, la nostalgia apremia, y siento que jamás podré ver ese árbol enorme donde jugaba todas esas veces, ese árbol que probablemente ahora me parezca pequeño, viejo, y mucho más gris.

Matapasiones Griegas

Hoy, mientras miraba sin sentido páginas de internet, decidí chequear una publicación online perteneciente a la derecha política de mi país (Chile), solo por saber cómo era. Honestamente, no soy muy de diarios ni de noticias, así que nunca lo había revisado. Sin poner mucha atención, y leyendo muy por encima temas noticiosos varios (la mayoría centrados en problemas gubernamentales o cambios económicos), noté que uno de los columnistas era Roberto Ampuero… y eso me devolvió de inmediato a mi último año universitario.
Era tarde en el segundo semestre, y quedaban tan solo unas pocas clases para egresar. Una profesora con un doctorado extranjero pero de dudosa capacidad de enseñanza nos encargó un trabajo: Leer el último libro de Roberto Ampuero, que en ese tiempo era “Pasiones Griegas”, y analizarlo en un ensayo de una forma específica y aburrida que no quiero desarrollar en este texto (¡es por su propio bien, en serio!).
Yo había leído a Ampuero antes, en específico una buena cantidad de novelas con Cayetano Brulé, un detective, como protagonista, y juzgando por esas lecturas consideraba al autor como competente, pero no realmente genial. “Pasiones Griegas” destruyó completamente esa noción. Era un libro “intelectualoide”, que hacía gala de referencias a otras novelas, pero estas eran demasiado evidentes. Se trataba, a grandes rasgos, de una historia de amor, con una pareja separada por razones misteriosas. Esas razones misteriosas resultaban ser bastante malas.
Mientras ponderaba que pensar del libro, entre las palabras apareció un detective. Ese personaje me hizo decidirme: el libro era francamente malo. El detective solo decía unas líneas, y luego desaparecía de la trama por completo, sin cumplir ninguna función significativa. Con la decisión tomada, usé este aspecto como el eje de mi ensayo.

Supongo que algunos lectores observadores ya habrán descubierto que sucedió después: mi nota fue pésima, bordeando el 4 (de 7), a pesar de que mi trabajo había seguido todas las normas de análisis. Pasaba que la profesora ¡conocía directamente al autor! Y decidió, como una persona completamente racional y profundamente educada, mandarle un correo electrónico para preguntarle qué significaba el detective. Roberto Ampuero, autor reconocido tanto nacional como internacionalmente, evidentemente no se dignó a resp- Nah, a quién engaño, sería una mucho peor historia con un final como ese. Claro que respondió, con una excusa tan pseudoprofunda como su libro que no puedo recordar en estos momentos. Piénsenlo por un segundo, un autor respondiendo a una crítica de una persona que ni siquiera se había graduado, dándose el tiempo de dar explicaciones. Desde aquél fatídico día, nunca más pude tomarlo en serio.