Pensamientos de pandemia

No me gusta admitirlo, pero es cierto. Toda mi vida en dudar de mis decisiones. Tanto dudo, que empiezo incluso a dudar de mis dudas. Es más fácil, entonces, no hacer nada, quedarme quieto, congelado en el tiempo. Con esta pandemia, eso es cada vez más fácil. Es una excusa perfecta, es inatacable: ¿Qué se puede hacer cuando el mundo quiere que tomes una pausa? En verdad se puede hacer mucho, pero es fácil pensar que no se puede hacer nada. Atrapado en el silencio, en la inmovilidad permanente, mis pensamientos se tornan en contra mía, y sufro. Y escribo.

Te acuerdas

¿Te acuerdas, todavía, de ese sentimiento atrapado en tu pecho? ¿De ese dolor que ocultaste tanto tiempo que se esparció sobre tu vida como la mantequilla en el pan? Debe ser difícil verlo ahora, ocupado como estás, manejando una vida con tantos hilos y de la cual solo tú eres el telar.

¿Te acuerdas, entonces, de las mentiras que te contaste para no romperte en pedazos? ¿De las verdades que creaste solo creyendo que podían existir? Debe ser difícil recordarlo ahora, cuando la mentira superó a la verdad por tanto que ya no es mentira, cuando se volvió real.

¿Te acuerdas, dolorosamente, de las heridas de las que nunca pudiste curarte? ¿De la sangre que todavía brota de tu pecho como una fuente? Estas cubierto de máscaras, capas y capas de telas enmascaradas que te ocultan tanto que no puedes verte.

¿Te acuerdas, todavía, de la última vez que hablamos? ¿Del silencio que solo pudimos cortar con malas palabras? Ese silencio no puede durar para siempre. Mi voz todavía rebota por las cavernas de tu mente, y la memoria se mantiene todavía, por más que cierres los ojos.

Inviernos Paralelos

Hace varios años, que se sienten casi como siglos, estuve atrapado en una navidad blanca en un pueblo pequeño de los Estados Unidos. Hacía mucho frío, más del que nunca había vivido, y nevaba fuerte. Atrapado en una gran casa, con un pijama parecido al que tengo ahora, estaba cómodo, calefaccionado, pero sin poder salir. No fue un momento triste. No fue siquiera algo tan digno de convertir en un texto. Pero ahora, atrapado en esta casa, cómodo, calefaccionado, en cuarentena, no puedo evitar ver los paralelos. Ambas cosas son tan distintas, tan disimiles. Otro país, otra escena, otro invierno. Pero la misma cárcel, no poder salir, atrapado en una inmovilidad que parece eterna. Antes, era la nieve, los grados bajo cero, el miedo al frío. Hoy, son las muertes, el contagio permanente, el miedo a que quienes quiero se contagien. En ambos casos, a pesar de estar acompañado, me sentí tan, tan solo.

Cimientos

Solo fue una pregunta. Fue inocente, incluso, nacida de mera curiosidad. Pero fue eso lo que destrozó mis cimientos, lo que derrumbó todo lo que creía ser. Esa pregunta.

Era verano, y el sol brillaba como en una postal barata de un hostel perdido en el tiempo. No la había visto en años. Había desaparecido de mi vida de repente, una pelea explosiva de distancia. Ambos éramos otras personas, ambos habíamos caminado diferentes caminos, pero se entrecruzaron de casualidad, en una plaza cualquiera, en una ciudad cualquiera.

Las preguntas de rigor fluyeron como el agua, ambos simulamos ser felices, una vida perfecta pero llena de agujeros, un salón de espejos angulados para solo mostrar los mejores momentos, con todo lo oscuro escondido en los bordes.

De repente, un escalofrío. Una pausa. Un planeta congelado en el tiempo. No recuerdo como entonó las palabras. Tampoco recuerdo si sonrió, si el aire pasó por la pequeña abertura entre sus dientes frontales, esa que había tenido desde pequeña, si el mundo se tornó oscuro, o si fue mi imaginación hiperactiva escurriéndose entre una realidad resquebrajada.

“¿Cuál ha sido el peor momento de tu vida?” Solo eso. Una pregunta simple. Y no sabía responderla.

¿Que hacer?

¿Cómo luchar contra la tristeza que nos rodea? Amenazante, más rápida que cualquier virus, más rápida que nuestros racionales pensamientos, se extiende. No la para la cuarentena, no la para la compañía, no la paran siquiera las buenas noticias. Engáñemsola, entonces, hasta que se retire de confusión. Hagamos como que somos felices, hasta que lo seamos. Mintamos como nunca hemos mentido, esperando que la verdad se cuele entre los bordes, que entre como el agua a un barco hundiéndose, en oleadas, y que la felicidad nos ahogue en su abrazo salado. Porque al final empezaremos a creerlo. Porque así somos.  

Nostalgia falsa

Solo es posible visitarla en sueños. Esa realidad distinta, paralela, donde está viva. Donde las cosas son tan distintas que parecen irreales, pero al mismo tiempo se sienten verdaderas. Cuando visito, nunca pasa nada fuera de lo común. Es un almuerzo, quizás, o una tarde en la casa; y todos estamos allí. Son solo conversaciones vacuas, comentarios sobre el clima, sobre como estuvo el trabajo, pero es suficiente para llamar a la nostalgia. Nostalgia, si, de algo que nunca ha pasado. Nostalgia de una realidad que solo puede ser imaginaria. Los humanos somos así, desesperados. Un pasado irreal nos llama.

Una mala mano (Parte I y II)

No debía haber nada en riesgo. Era solo un juego, después de todo. Amigos alrededor de una mesa. Chistes que vuelan, insultos codificados que solo harían reír a los presentes.

Un mero observador podría no darse cuenta del peligro: las cartas sobre la mesa evidenciaban una partida de Poker, pero no había fichas, ni monedas, ni billetes. Un juego casual. Pero ¿por qué entre las caras sonrientes había un dejo de traspiración fría? ¿Por qué había una pausa cada vez que aparecía una nueva carta en el river? ¿Por qué se jugaban todas las manos, sin siquiera un fold?

Había una tensión en el aire, que aumentaba a medida que las apuestas subían. Pero ¿qué estaban apostando? Cada mano perdida volvía a las sonrisas más incomodas, a los chistes más vacuos, a la conversación más lenta. Pronto solo quedó silencio.

El suspiro se sintió en toda la habitación. Era una pausa a un cuadro falso, una quebradura en un cuadro perfecto, un silencio en una ciudad de ruido infinito. Un dos de diamantes y un siete de trébol. La peor de las manos, la que nunca se juega. Pero, con un dejo de tristeza en los ojos, participó en la apuesta. Cuando el flop reveló un rey de diamantes, una reina de corazones y un as de trébol, aumento su apuesta, con un dejo de resignación.

Una mala mano (parte I)

No debía haber nada en riesgo. Era solo un juego, después de todo. Amigos alrededor de una mesa. Chistes que vuelan, insultos codificados que solo harían reír a los presentes.

Un mero observador podría no darse cuenta del peligro: las cartas sobre la mesa evidenciaban una partida de Poker, pero no había fichas, ni monedas, ni billetes. Un juego casual. Pero ¿por qué entre las caras sonrientes había un dejo de traspiración fría? ¿Por qué había una pausa cada vez que aparecía una nueva carta en el river? ¿Por qué se jugaban todas las manos, sin siquiera un fold?

Había un ritmo, un pulso que se mantenía a través del juego. Ciertas pausas, la manera experta en que las cartas se daban vuelta, la ansiedad que aparecía en las caras cuando era hora de subir la apuesta.

Ensayo: Irrealidad, ficción y verosimilitud.



Cuando vemos películas, muchas veces nos quejamos de la falta de realismo de algunas escenas. A veces los autos explotan de la nada, a veces el protagonista sobrevive una bomba atómica en un refrigerador, a veces, incluso, los personajes sobreviven situaciones fatales sin explicación. Ver estas escenas nos sacó de la película, nos hizo sentir que era irreal. Pero, al mismo tiempo, ¿Cuántas veces hemos visto escenas increíblemente irreales que nos mantienen en vilo? ¿Por qué no nos preguntamos por que hay sonidos en el espacio en la mayoría de las películas de ciencia ficción? ¿Por qué no llamamos irreal a la magia en una película de fantasía? Porque en realidad no estamos buscando realismo. Lo que buscamos es verosimilitud.

Cualquier persona que haya visto una película de fantasía o ciencia ficción sabe que los universos que las películas presentan no son iguales al real. Muchas veces siguen sus propias reglas. Los magos y su magia, por ejemplo, son imposibles. Incluso, las reglas de la magia presentada cambian dependiendo de la película. La magia no funciona igual en El señor de los anillos y Harry Potter. En la primera, los magos son una orden pequeña y misteriosa, y sus hechizos tienden a ser más indirectos, menos prácticos que en Harry Potter, donde los magos están ocultos, pero son muchos, y la magia se usa en reemplazo de la tecnología moderna. Lo mismo pasa con las naves espaciales y sus armas en ciencia ficción. En Star Wars, las naves tienen sonidos distintivos, desde sus armas a sus propulsores. En Gravity, donde el realismo es central a la trama, el espacio es silencio, mucho más cerca de lo real.
Al final, ser completamente realista no importa tanto como creemos. No queremos, después de todo, mostrar como los protagonistas usan el baño cada ocho horas, o como esperan una hora en la cola para sacar un documento que les falta, o cuando van al aeropuerto y viajan 7 horas para otro país, pero no hablan con nadie y el viaje no tiene ninguna eventualidad. Las películas no son solo una imitación de la realidad, son una forma dinámica y entretenida de mostrarla.

Lo que verdaderamente nos importa, pero nos damos cuenta, es la verosimilitud. Queremos que la película sea consistente. Si hemos visto que la película se ajusta mucho a la realidad, pero de repente nuestro héroe sobrevive una bomba atómica, lo que verdaderamente nos molesta no es lo real del asunto, sino que el salto entre lo que vimos antes y ahora. Sentimos que la película no sigue sus propias reglas. Porque, ¿en cuantas películas de acción el héroe ha sobrevivido cosas parecidas a una bomba atómica mil veces? Es casi incontable, pero no nos importa, porque en el contexto de la película, tiene sentido. Volviendo a mi ejemplo anterior, usar silencio en el espacio en Star Wars le jugaría en contra a la película, y haría menos interesantes sus escenas de acción. En Gravity, por otra parte, el sonido iría en detrimento de la claustrofobia, desesperación y soledad de la protagonista.

En conclusión, y con esto se delinea perfectamente el propósito de este ensayo, conviene que sepamos lo que estamos buscando cuando observamos o leemos ficción. Muchas veces creemos que buscamos una cosa, cuando en verdad necesitamos otra. Muchas películas se arruinarían con realismo, pero muchas películas son mejores por mantener su verosimilitud.

Lo que ignoramos

Es fácil ignorar algo que vemos todos los días. Ese cuadro en frente de la mesa que podría no existir. Ese librero que ignoramos al salir. En mi caso, lo que ignoraba era un puente.

Lo noté un día de verano, el sol ardiendo sobre mis espaldas. Volvía de mi corta ruta de trabajo, con la mente en las nubes y mis ojos en el suelo. Escuché, de repente, el rechinar de madera vieja. Estaba cruzando un pequeño puente, y un río celeste corría raudo bajo mis pies. Estaba seguro de que jamás lo había visto, pero a mis espaldas y en frente mío se extendía la ruta conocida que tomaba todos los días. ¿Había ignorado este puente todos estos meses? ¿Y el río, que brillaba cristalino ante el sol, lleno de peces?

Anonadado, observé las aguas moverse. Eran tan claras, que casi se podía ver el fondo. Quizás, si acerco mi cara, podría verlo claramente… pero no parece haber fondo. Debajo del río hay más río, bajo los peces hay más peces. Uno de ellos me miró, y no pude evitar hacer lo mismo, pero…

Es fácil ignorar algo que vemos todos los días. Esa roca en el camino. Esa corriente que me guía al objetivo. En mi caso, lo que ignoraba era un transeúnte.

Lo noté un día de verano, el sol reflejado sobre las aguas. Volvía de explorar las profundidades del río, sin éxito, con la mente en el fondo y mis ojos hacía el cielo. Sentí, de repente, las vibraciones de la madera vieja. Él cruzaba un pequeño puente, mi río corriendo raudo bajo sus pies. Estaba seguro de que nunca lo había visto, pero algo en su mirada me hizo pensar que este camino era parte de su rutina. ¿Lo había ignorado todo estos meses?

Anonadado, lo observé parar y mirar buscando el fondo. Sabía que no lo vería. Después de todo, había explorado toda mi vida y nunca lo había alcanzado. Lo miré, y respondió mi mirada, pero…

¿Y si no había fondo? ¿Y si no había puente? ¿Las cosas existen cuando no las hemos visto nunca? Nunca lo sabríamos. Pero nos miramos. Y por un segundo, solo uno, descubrimos que seguíamos la misma pregunta.

 Uno siguió caminando. El otro mantuvo su eterno nado. Después de todo, es fácil ignorar algo que vemos todos los días.