Punto negro

Entre los arbustos, alrededor de los árboles, escondida en la sombra de los autos, me mira con sus ojos amarillos. Es un desafío, cada día, lograr encontrarla. Cuando al fin mis ojos logran posarse en ella, un pequeño maullido la delata. Es un llamado, pero también un reconocimiento de mi existencia, una aceptación de que me acerque, una disipación del miedo de que haya desaparecido.

Es negra, como las sombras entre las que camina. Elusiva, como solo los gatos pueden serlo. Libre, también, porque no pertenece a nadie más que ella misma. Cariñosa, a veces, cuando la noche comienza a alzarse sobre las nubes. Verla es suficiente para salvar el día, para escapar de la miseria que es sentirse solo.

Se irá, algún día, antes que yo, pero no dejare de verla en la oscuridad de la noche.

Ira

Se habla mucho

de la ira

de la tormenta infinita

del fuego

pero ignoramos

que el mundo sigue

cuando termina

¿Qué espera

después

de la ira?

Tierra

quemada

humos

de lamento

que se alzan

al cielo

Se habla poco

del lamento

de la lluvia infinita

del abismo

porque ignoramos

que el mundo seguía

cuando terminaba la ira

¿Qué espera

después

del lamento?

La tierra

quemada

ya no da fruto

y los humos

se entremezclan

con la lluvia

Niebla

al final

solo queda

niebla.  

Path of Exile y el grinding como mecánica para contar historias

Path of Exile es básicamente la última evolución de juegos como Diablo. Con una historia oscura, un sistema de batalla exigente y (quizás es esto lo más importante) montones de ítems, cumple el sueño de muchos fans del género. Ahora bien, el tema al que me gustaría referirme en este ensayo tiene que ver con la historia, y como se conecta con lo que el jugador hace en el juego.

No me referiré a la historia en general, porque hablar de ella excedería el campo de este ensayo y lo alargaría muchísimo. Por esa razón, me centraré en el final: la bien llamada “Quest for the Atlas”. En resumidas cuentas, el jugador descubre un atlas que lo lleva a otros mundos, paralelos al real. En esos mundos, hace lo que ya ha hecho durante todo el juego: matar miles y miles de enemigos. Al entrar a ese atlas, descubre que hay cuatro conquistadores que viven dentro, y debe encontrarlos para evitar que escapen de él, pues se han vuelto locos. Es esta parte la más interesante: se volvieron locos por hacer lo mismo que hace el jugador, explorar el atlas. Mientras más lo exploraban, más poder ganaban, y se acercaban a lo que querían. O, en este caso, a lo que creían que querían. Al mismo tiempo, sin embargo, se volvían cada vez más locos, obsesionados por sus deseos: Uno de ellos era muy religioso, y por lo tanto empieza a creerse su propio dios. Otro, un cazador, queda tan obsesionado con la caza que empieza a dudar de si mismo. Un tercero, un conquistador que quería una tierra justa, amparada bajo la ley, se vuelve un asesino que expande cada vez más sus terrenos, ahora anárquicos. Finalmente, una de ellas, obsesionada con la justicia, empieza a ver solo lo que ella quiere como justo. El atlas les entrega lo que quieren, pero los corrompe absolutamente. Todos ellos ocultan un quinto miembro, el cual tiene tanto poder que ya no siente nada, y esta dispuesto a destruir el mundo solo volver a sentir algo.

Esta búsqueda es parecida a la que hace el jugador. Cada vez que entramos al atlas, encontramos nuevos ítems y subimos de nivel, alcanzando nuevas alturas de poder. El atlas, entonces, nos entrega lo que buscamos. Nuestra historia es paralela a la de los conquistadores, entonces, y al juego no le avergüenza demostrar esa metáfora. Tanto es así, que, al lograr parar al quinto conquistador, uno de nuestros aliados nos sugiera que ahora paremos con el atlas, que volvamos a la vida real. Pero si queremos seguir jugando, tenemos que volver al atlas, y los conquistadores vuelven a aparecer. Nos convertimos, entonces, en lo que ellos fueron.

A POE no le basta lanzarnos esa metáfora. No es suficiente. Si continuamos la historia, descubrimos que todo esto está orquestado por un monstruo inspirado en Lovecraft llamado Elder. Él atrapó a los conquistadores, porque se alimenta de lo que ellos crean, y corrompe sus mentes. ¿No está el jugador atrapado también en este juego?

Es este el punto central de este ensayo. Un juego donde el grinding, la búsqueda de equipo, la necesidad de hacerse más fuerte, es el centro, también nos advierte sobre los peligros de obsesionarnos demasiado. Es tan irónico (porque los creadores obviamente quieren que sigamos jugando) como increíblemente inteligente: el juego se ríe de nosotros y con nosotros. Porque, como los conquistadores en el atlas, no podemos dejar de jugarlo.

Adiós

Nunca había visto a la tierra así, desde lejos, el gran orbe azul que salía en todas las fotos. Se veía tan frágil, como el juguete descartado de un niño. Yo, al lado de aquel juguete, era solo una molécula, polvo en un desierto infinito. Miré a mi acompañante y supe que sonreía, a pesar de que no tenía boca.

Sonreír. Algo que no hago hace tanto tiempo, atrapado aquí, en esta cuarentena, en esta prisión invisible. Pensaba que quería estar solo, que me favorecería, que por fin no tendría que dar excusas, pero sin estar obligado, me quedé solo, y mi odio se tornó a mi mismo… hasta que llegó.

Nunca había visto a una persona así. Sus ojos grises y sonrientes, su boca cerrada, su tono de voz lejano pero resonante, su falta de mascarilla. Todos mis instintos me decían que huyera, pero cuando me tendió su mano, se la di.

Sonreír. No pude evitar sonreír. No sabía donde iba. La tierra me daba la espalda. Pero él me invitó, y solo pude seguir su voz.

Perfiles: Villano

Tu mirada se posa, por tan solo un segundo, en una memoria escondida tras las hojas del follaje. Tus ojos brillan, entonces, con el fulgor del oro. Luego te apagas, y tu mirada, cabizbaja, pasa de contemplativa a melancólica.

Son esos paréntesis cuando eres más hermosa. Tus dolores me duelen tanto que no puedo evitar llamarlos. Tus felicidades son tan sutiles que no puedo evitar llamar al contraste. Soy el que te atrapa en los bordes de un jardín gigante, sabiendo bien que no vas a saltar la valla. Diría que lo hago porque te quiero, porque es lo mejor para ti, porque solo así vas a lograr ser feliz, pero en el fondo sé que es mentira, que lo que quiero es ver esos pequeños momentos, en el borde de la miseria y la esperanza, que veo reflejados en tus ojos.

Sé que algún día te apagarás, como un barco que se hunde entre olas de sal, como una planta que, nacida en pavimento, es aplastada por las ruedas de un auto que pasa, que nunca supo que existía. Hay belleza en ello, hay belleza en todo. Y yo no soy el artista, soy el critico que monta la exposición.

Pensamientos de pandemia

No me gusta admitirlo, pero es cierto. Toda mi vida en dudar de mis decisiones. Tanto dudo, que empiezo incluso a dudar de mis dudas. Es más fácil, entonces, no hacer nada, quedarme quieto, congelado en el tiempo. Con esta pandemia, eso es cada vez más fácil. Es una excusa perfecta, es inatacable: ¿Qué se puede hacer cuando el mundo quiere que tomes una pausa? En verdad se puede hacer mucho, pero es fácil pensar que no se puede hacer nada. Atrapado en el silencio, en la inmovilidad permanente, mis pensamientos se tornan en contra mía, y sufro. Y escribo.

Te acuerdas

¿Te acuerdas, todavía, de ese sentimiento atrapado en tu pecho? ¿De ese dolor que ocultaste tanto tiempo que se esparció sobre tu vida como la mantequilla en el pan? Debe ser difícil verlo ahora, ocupado como estás, manejando una vida con tantos hilos y de la cual solo tú eres el telar.

¿Te acuerdas, entonces, de las mentiras que te contaste para no romperte en pedazos? ¿De las verdades que creaste solo creyendo que podían existir? Debe ser difícil recordarlo ahora, cuando la mentira superó a la verdad por tanto que ya no es mentira, cuando se volvió real.

¿Te acuerdas, dolorosamente, de las heridas de las que nunca pudiste curarte? ¿De la sangre que todavía brota de tu pecho como una fuente? Estas cubierto de máscaras, capas y capas de telas enmascaradas que te ocultan tanto que no puedes verte.

¿Te acuerdas, todavía, de la última vez que hablamos? ¿Del silencio que solo pudimos cortar con malas palabras? Ese silencio no puede durar para siempre. Mi voz todavía rebota por las cavernas de tu mente, y la memoria se mantiene todavía, por más que cierres los ojos.

Inviernos Paralelos

Hace varios años, que se sienten casi como siglos, estuve atrapado en una navidad blanca en un pueblo pequeño de los Estados Unidos. Hacía mucho frío, más del que nunca había vivido, y nevaba fuerte. Atrapado en una gran casa, con un pijama parecido al que tengo ahora, estaba cómodo, calefaccionado, pero sin poder salir. No fue un momento triste. No fue siquiera algo tan digno de convertir en un texto. Pero ahora, atrapado en esta casa, cómodo, calefaccionado, en cuarentena, no puedo evitar ver los paralelos. Ambas cosas son tan distintas, tan disimiles. Otro país, otra escena, otro invierno. Pero la misma cárcel, no poder salir, atrapado en una inmovilidad que parece eterna. Antes, era la nieve, los grados bajo cero, el miedo al frío. Hoy, son las muertes, el contagio permanente, el miedo a que quienes quiero se contagien. En ambos casos, a pesar de estar acompañado, me sentí tan, tan solo.

Cimientos

Solo fue una pregunta. Fue inocente, incluso, nacida de mera curiosidad. Pero fue eso lo que destrozó mis cimientos, lo que derrumbó todo lo que creía ser. Esa pregunta.

Era verano, y el sol brillaba como en una postal barata de un hostel perdido en el tiempo. No la había visto en años. Había desaparecido de mi vida de repente, una pelea explosiva de distancia. Ambos éramos otras personas, ambos habíamos caminado diferentes caminos, pero se entrecruzaron de casualidad, en una plaza cualquiera, en una ciudad cualquiera.

Las preguntas de rigor fluyeron como el agua, ambos simulamos ser felices, una vida perfecta pero llena de agujeros, un salón de espejos angulados para solo mostrar los mejores momentos, con todo lo oscuro escondido en los bordes.

De repente, un escalofrío. Una pausa. Un planeta congelado en el tiempo. No recuerdo como entonó las palabras. Tampoco recuerdo si sonrió, si el aire pasó por la pequeña abertura entre sus dientes frontales, esa que había tenido desde pequeña, si el mundo se tornó oscuro, o si fue mi imaginación hiperactiva escurriéndose entre una realidad resquebrajada.

“¿Cuál ha sido el peor momento de tu vida?” Solo eso. Una pregunta simple. Y no sabía responderla.

¿Que hacer?

¿Cómo luchar contra la tristeza que nos rodea? Amenazante, más rápida que cualquier virus, más rápida que nuestros racionales pensamientos, se extiende. No la para la cuarentena, no la para la compañía, no la paran siquiera las buenas noticias. Engáñemsola, entonces, hasta que se retire de confusión. Hagamos como que somos felices, hasta que lo seamos. Mintamos como nunca hemos mentido, esperando que la verdad se cuele entre los bordes, que entre como el agua a un barco hundiéndose, en oleadas, y que la felicidad nos ahogue en su abrazo salado. Porque al final empezaremos a creerlo. Porque así somos.