Un momento sentado

Estas sentado en la cama, miras por la ventana cerrada y observas una noche gris, un edificio con ventanas iluminadas donde un desdichado trabaja a altas horas de la noche, una calle donde un borracho grita consignas incomprensibles. Cada momento pasa por si solo, cada uno esconde un mundo de posibilidades; al mismo tiempo, cada momento pasa al mismo tiempo, y se acaba en un pestañar de ojos. Estas acostado en la cama no pudiste ver cada momento. Estas parado, no hay cama, no hay ventana, solo existes tú, y al estar solo no existes. Estas sentado en la cama.

Un espejo

Intento alcanzar los bordes del sueño, cerrar las esquinas para atraparlo y así volverlo eterno, infinito, pero se me escapa entre los dedos, como agua inunda la conciencia y sus piezas empiezan a salir por cada agujero. Por un segundo, lo que alguna vez fue un sueño inunda mi mente, y luego se va, dejando solo pozas de agua de lo que alguna vez fue un mar de emociones, de diálogos, de acciones falsas que alguna vez se sintieron reales, tan reales. Las pozas son similares a un espejo, y en mi cara veo dividido lo que pudo haber sido.

Entre la arena

Son curiosos, los desiertos, porque es imposible apreciar su tamaño en un mapa. Solo al recorrerlo se aprecia que todo en un desierto es más largo, más vasto, más lento. El desierto más pequeño puede sentirse eterno, el desierto más grande puede sentirse pequeño. Son todos distintos, pero pueden parecer iguales. Son todos similares, pero a veces parecen mundos diferentes.

Divagar me distrae y me enfrento a otra tormenta, otra vez el juego de sol y sombra, otra vez los ojos cubiertos y el paso lento, otra vez el riesgo de quedar atrapado bajo el manto de la arena. Como refugio, solo queda una duna, y mientras espero agachado a que la tormenta amenore, vuelvo al pasado.

El castillo es una sinfonía de grises, un contraste con el blanco de las paredes del fuerte. El rey se ve infinitamente viejo, y su pelo es tan gris como las paredes que lo rodean. Podría jurar que incluso sus ojos son grises, que la sonrisa con la que me recibe es gris, que incluso sus palabras son grises. Su espada acaricia mis hombros, y los aplausos de los demás caballeros parece ahogarse cuando me doy cuenta de que ahora soy uno de ellos.

La arena deja de golpear mis oídos. Ya no hay viento. Ya no hay tormenta. Tan distraído estoy en mis ensoñaciones que me demoro unos segundos en darme cuenta de que no estoy solo. A pesar de estar cubiertos con mantas, noto sus armaduras brillantes, y las capas azules que se menean mientras avanzan. Los reconozco, y mi mano instintivamente toca mi espada.

Una figura se acerca. Es él. Sonríe. La sonrisa mas sincera de los cuatro reinos, y los ojos azules más fríos. Hay un rastro de amenaza en esa sonrisa, pero lo que predomina es burla. Sin dejar de mantener su mirada, habla:

“Así que aquí esta el gran ser Nichela, héroe de innumerables batallas, liberador de Ferkhton, y, aparentemente, amante de la arena.”

Mi mano tiembla ligeramente, solo por unos segundos, y luego la alejo de mi arma. En silencio, sigo caminando.

“¿No vas a desenvainar tu espada?” me dice airoso, mientras camina con los brazos abiertos “Me gustaba más cuando le dabas uso”

Me doy vuelta y lo miro fijo. “La misión importa más que tus insultos, Migrein. Espero que, como el caballero con más experiencia entre nosotros, sepas bien eso.”

Mis palabras causan una quebradura en su sonrisa, pero se recupera pronto.

“Tu misión, claro, de vital importancia. Tanto, que ya has viajado por cinco años sin ninguna comunicación.” Hace una pausa. “Déjame decirte un secreto: no hay ninguna misión. Te mandó a morir, ser Nichela, esa es tu misión.” Luego, carcajadas. Luego, sentir que el desierto me traga, que la tormenta de arena no terminó nunca, que mi vida, toda mi vida, ha sido un desierto.

Volver

Los dedos… los dedos me arden. De mis uñas solo quedan fragmentos, y el resto yace esparcido en el barro. Llueve, las gotas golpean mis manos entumecidas y teñidas con sangre. Escarbo, sigo escarbando, la tierra apenas se mueve, pero sé que debe estar allá abajo. Lo que un día abandoné, lleno de esperanza fría, de deseo roto, del pálido reflejo de una luna oscura. Mis piernas comienzan a hundirse. El agujero se llena de agua. Pronto mi boca se fusiona con el barro, mis ojos vacíos pero abiertos, siempre abiertos, se hunden. Está cerca. ¡Mi tumba, mi tumba!

Santuario

Me asalta el silencio, me persigue, me llama a rodar por siempre en mi miseria. Las palabras se atascan en la punta del lápiz, a pesar del rutinario click del teclado, las imágenes que van de una pantalla a otra, los números de una lista que baja y sube, semana por semana. El departamento me mira con ojos nublados, como la cara del gato que rueda en la silla, siempre con hambre.

¿Qué queda, realmente? La soledad elegida por un ermitaño por opción, la suciedad que se pega a las paredes, la aspiradora que se atasca con la comida que descarta el gato, los reclamos de un conserje incapaz de verse a sí mismo. Soy eso, realmente, fragmentos de alguien que quiso ser algo, las mitades de una vasija rota sin suficientes partes para rearmarla.

¿Todavía existo, realmente? ¿Forman las partes sueltas un todo? ¿Es la arena de playa todavía una roca? No lo sé, pero no importa. No necesito responder esa pregunta. Todo lo que necesito para existir ya me rodea, y mantengo a raya el silencio a gritos.

Me asalta el silencio, me asalta el desorden, me asalta la tristeza que no curan los remedios. Tengo más de lo que merezco, y hago menos de lo que debería. Pero existe un espacio, al menos. Un santuario sagrado, en el centro, lleno de cables mordidos, de comida terminada, de nostalgias inexistentes. Y allí el silencio no se cuela. Porque algo queda. Porque incluso en una vasija rota está la belleza del reflejo. Estoy mejor que nunca. Estoy peor que nunca. Y no elegiría algo distinto.

Sobre la miseria

¿Qué es la miseria? ¿Se encuentra en una fila eterna para ser atendido por una enfermedad de la que nunca vas a curarte? ¿La puedes encontrar en las burlas de unos compañeros que te odian, en la soledad compartida de ser parte de los que sobran? ¿La ves en la piscina del compañero con la casa grande, cuando tu casa apenas tiene jardín? ¿La saludas cuando el rojo de tu cuenta corriente brilla a fin de mes? ¿La espantas cuando, un día feliz, compartes un melón con vino con un amigo que no veías hace años?

¿Qué es la miseria? Realmente, ¿Qué es la miseria? Un sentimiento indefinible, una vida bajo la línea, la felicidad que algunos roban a otros, el miedo de que cada día sea peor que el siguiente. ¿Conozco la miseria? ¿La he vivido, realmente? ¿Se burlaría de mi un verdadero miserable, con la sonrisa de alguien que ha vivido tres vidas más que yo? No tengo respuesta.

Aspiraciones

Tenía aspiraciones, antes. Quería ser famoso, sin importarme como. Intenté el canto, pero mi voz rasposa y aguda no hizo click con ninguna audiencia. Intenté bailar, pero mis movimientos nunca fueron lo suficientemente flexibles. Tuve mis rencillas con el teatro, que, irónicamente, me indicó con énfasis que era demasiado teatral. Pero era joven, y algo así no iba a lograr detenerme. Si lo mío no el teatro, solo quedaba el cine.

Decir que puse mi pie en la puerta sería una subestimación. Estuve en cada fiesta de actores, cada oficina, cada producción, buscando un papel, cualquiera, para iniciar mi carrera. Cada rechazo era tan solo un obstáculo para sortear, una piedra que escalar. Y luego de meses de búsqueda, tuve suerte. Necesitaban extras para la producción de “Tent”, una megaproducción internacional. ¡El protagonista era nada menos que Alek Kurkin! La oportunidad de conocerlo ya valía su peso en oro, y actuar con él iba a ser el inicio de mi carrera… si no fuera porque mi papel era de solo un personaje de fondo, sin siquiera una línea. Bueno, todo gran actor debe tener un inicio, y quizás incluso podría lograr hablar con Kurkin e iniciar mi estrellato.

Alek, cuando no estaba actuando, no podría parecer más normal. Un hombre de pelo rubio, con inicios de canas, de altura promedio y ojos pequeños. Cuando había que actuar, sin embargo, se convertía perfectamente en su personaje. Luego, cuando terminaba su rol, se apagaba completamente y se retiraba a su camerino, sin hablar con nadie. Intenté hablar con el muchas veces, pero era casi imposible. Si no estaba en su camerino, estaba actuando, y muchas veces mi papel (quedarme quieto y levantar las manos cada cierto tiempo) venía después del suyo. Ya casi me había rendido y estaba contemplando otras avenidas de trabajo cuando me lo encontré en la salida del estudio. Sin decir nada, me miró y sonrió, amplio.

“¡Buen trabajo, Javier!” dijo “Te moviste muy bien en la escena 14.”

¿Me había estado observando? Quise responderle, pero me demoré demasiado: ya estaba caminando de vuelta a su camarín. Su sonrisa, sin embargo, quedó guardada en mi alma, incluso cuando, después de ese papel, mi carrera actoral se desvaneció por completo, a pesar de que “Tent” fue un éxito.

Tenía aspiraciones, antes, si, pero ahora conozco mis límites. Trabajo en una oficina, en el medio del totem corporativo. Vivo en un edificio mediano, en una parte de la ciudad mediana, en el centro de otros edificios. A veces, para sentirme joven de nuevo, cuento que tuve un papel menor en “Tent”, porque me gusta sufrir, porque me gusta recordar el pasado como un cuchillo en el corazón. Hasta que ya no pude.

Pasó una noche, de vuelta del trabajo. Lo vi. Estaba viejo, ahora, su pelo completamente canoso y fino. Caminaba mucho más encorvado, además. Pero era él, Alek. No pude evitar acercarme. Cuando estuve cerca, le dije: “Soy Javier, actúe en Tent con usted, ¿me recuerda?”

Alek sonrió. La misma sonrisa de antes.

“Claro que si” me dijo “Gracias por recordármelo”

Pero en sus ojos… en sus ojos solo había duda. No me recordaba. Quizás nunca me hubiera recordado. Tan fuerte fue la impresión, que empecé a dudar de haber actuado en “Tent” alguna vez. Me despedí rápido, con excusas vacuas. Y desde ese día… jamás he mencionado que alguna vez actué.

Desaparecido

Las cosas habían estado lentas en la agencia. Pequeños casos de rastreo de mascotas, infidelidades, y su uno que otro caso de buscar un objeto por semanas, hasta que llegó ese llamado. Persona desaparecida en un pequeño pueblo costero sin nombre; una trampa para turistas, seguramente. El cliente pagaba lo suficientemente bien para mandar a los dos mejores agentes. ¡Qué buena suerte la mía, trabajar con Reyes de nuevo, que se movía a la velocidad de su ego! Un trago era mucho mejor compañero.       

El lugar era bonito, supongo, si estas dispuesto a mirar el mar y no las calles interiores, llenas de casas que algunos llamarían pintorescas, y que yo llamaría a mal traer. Si fuera solo un turista, sin duda haría lo primero, pero el lugar donde la víctima había sido vista por última vez estaba en una de las peores: una calle de tierra, silenciosa y oscura, casi invisible en esta noche sin luna.

Reyes, al llegar, había insistido que esperáramos a la mañana siguiente, pero la víctima había desaparecido de noche, y quería ver lo mismo que ella había visto. Reyes me siguió, más que nada porque no quería que me quedara con todo el crédito. Ambos avanzamos lento, porque la oscuridad de la calle parecía hacerse cada vez más fuerte, más desoladora, más brutal, paso a paso, evitando mirar atrás.

“Um… Espera, ¿qué estaba haciendo aquí? Reyes… Reyes, llama al jefe, no puedo recordar…”

Miro atrás. Estoy solo. Lentamente saco mi teléfono, marco el número que me sé de memoria. El Jefazo responde con tono fanático:

“Gunckel, ¿dónde te fuiste? Te hemos estado buscando por días, no respondías el teléfono, y Reyes no podía explicar dónde te habías ido.” Sentí que la sangre se congelaba en mis venas, y sin darme cuenta dejé de caminar. Mis ojos, sin aviso, se ajustaron a la oscuridad, y casi pierdo mi balance: en frente, a centímetros, había un acantilado.        

Una cosa de ángulos

Desde ese ángulo, parecía estar tan cerca. Un simple salto y luego alcanzar el otro risco, sentir la victoria en los pulmones, entrar en lo inexplorado. ¿Cuántas veces intenté hacerlo, de niño, cuando la muerte parecía lejana y la vida se escapaba por mis poros?

“¡Cuidado!” gritaba mi madre, desesperada, cuando me veía correr hacía el borde, buscando las nubes, buscando el cielo, buscando un mundo nuevo. Pero estaba lejos, muy lejos, y los años me hicieron darme cuenta de que lo único que esperaba ante tal salto era una caída y el suelo. Sin embargo, sigo buscando como saltar.

Vacío

Todavía no siento el dolor de tu despedida. Debería estar ahí, pero mi corazón se siente vacío. Mi vida, mientras tanto, me trae a gritos tu recuerdo. La puerta de la alacena entreabierta que oculta pan multigrano. El borde del closet que esconde una chaqueta arrugada y sin doblar. Las marcas antiguas de un choque en el auto. Las calles cerradas en el camino que te hacían lanzar insultos creativos y que ahora solo acarrean silencio. El mundo no paró con tu ausencia, pero parte de mí quería que lo hiciera, quizás en ese punto aparte, en esa última palabra.