Adiós

Nunca había visto a la tierra así, desde lejos, el gran orbe azul que salía en todas las fotos. Se veía tan frágil, como el juguete descartado de un niño. Yo, al lado de aquel juguete, era solo una molécula, polvo en un desierto infinito. Miré a mi acompañante y supe que sonreía, a pesar de que no tenía boca.

Sonreír. Algo que no hago hace tanto tiempo, atrapado aquí, en esta cuarentena, en esta prisión invisible. Pensaba que quería estar solo, que me favorecería, que por fin no tendría que dar excusas, pero sin estar obligado, me quedé solo, y mi odio se tornó a mi mismo… hasta que llegó.

Nunca había visto a una persona así. Sus ojos grises y sonrientes, su boca cerrada, su tono de voz lejano pero resonante, su falta de mascarilla. Todos mis instintos me decían que huyera, pero cuando me tendió su mano, se la di.

Sonreír. No pude evitar sonreír. No sabía donde iba. La tierra me daba la espalda. Pero él me invitó, y solo pude seguir su voz.

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