Bajo la luz (historia completa)

Parece cliché, pero todo es cosa de perspectiva, y esta cambia, a veces muy lentamente, sin que nos demos cuenta. A veces cambia tanto, que recordamos algo que no es.

Hace tiempo, tan atrás que solo quedan fragmentos, había un farol en un terreno enorme, lleno de pasto. Solo aparecía algunas noches de verano, cuando las estrellas parecían más cerca, cuando la luna simulaba eclipsar al sol. Debajo de ese farol, nada. Debajo de ese farol, alguien.

Solo yo podía verlo. Para los demás, era tan solo un pasillo atrás del edificio, una delgada línea de tierra baldía. Pero mis ojos de niño veían todo grande, veían la luz invisible del centro, veían a alguien esperar bajo el farol. Me cuesta admitirlo ahora, pero tenía la secreta esperanza de que me estuviera esperando a mí.

Una noche, cuando la luna parecía más grande que el sol, descubrí que no podría dormir. Algo me llamaba. Debía escapar, llegar al farol. En la oscuridad, caminando lento, asustado de los fantasmas escondidos en las esquinas, sentía que mis pies sonaban como las ruedas de un tanque. Lento, paso a paso, logré alcanzar la puerta, y la abrí lentamente, como si fuera a romperse si la tiraba con fuerza.

Afuera, la luz de la luna parecía alumbrar una ruta. El viento nocturno me llamaba a continuar caminando, como si me empujara a seguir. La noche brillaba silenciosa. Mi miedo entonces se convirtió en curiosidad, y avancé, con cuidado, por el camino de arena, hasta llegar al final. En frente mío, esperaba el farol.

Una figura esperaba bajo la luz. Sonreía, con una sonrisa que parecía tener demasiados dientes, con unos ojos que parecían demasiado brillantes. Tenía una mano extendida, y me miraba fijo, demasiado fijo. Dejé de pensar. Caminé lentamente hacia adelante, como llevado por una fuerza que no era mía, y tomé su mano.

De repente, me sentí mareado. El mundo se desbordó ante mis ojos, se volvió notas borrosas de verde y negro, de luces y sombras, de esperanzas y miedos. Cuando recupere la conciencia, estaba sentado al lado del farol, rodeado de un bosque oscuro y frondoso. Estaba solo, en un lugar desconocido.

Me quedé paralizado. No sabía qué hacer. Caí sentado en el borde del farol, y mis ojos se llenaron de lágrimas. Por curioso estaba aquí, por curioso moriría en este bosque. No sé si pasaron minutos o horas, pero de repente la luz del farol comenzó a titilar, y lentamente, tristemente, comenzó a apagarse. Pronto solo quedó oscuridad.

Sin la luz, mis oídos empezaron a escuchar mucho más. El viento pasando entre las hojas. Y luego, pasos. Pasos en la tierra enramada. Algo brilló en la distancia, un reflejo dorado. Me levanté. Era una pista. Era mejor buscarla que quedarme atrapado para siempre en la oscuridad.

Mientras avanzaba, las ramas parecían brazos. El pasto rascaba mis pies como dedos, como manos. Quería correr, pero apenas podía ver algo. Los árboles parecían cubrirlo todo en una muralla desigual, y si no caminaba con cuidado podía chocar con uno y caer aturdido. Nadie sabría donde buscarme, sería solo un cuerpo en un bosque desconocido.

Mi imaginación me distrajo demasiado. Mi cabeza se golpeó contra algo duro y frío, y caí. Cuando al fin me recuperé del golpe, noté que no era un árbol, sino una estatua. No podía verla bien, la oscuridad era demasiado gruesa. De repente, se prendió un farol. Era el mismo farol. Había corrido lejos, pero allí estaba, esperándome, como si no pudiera escapar de él.

Y la estatua… la estatua tenía la forma de la figura cuya mano había tomado, pero distinta y enorme. Su cara era una colección de ojos, su boca una amalgama de dientes, con un colmillo dorado. Sus manos eran garras, con uñas demasiado largas. Era como si una bestia disfrazada de humano hubiese dejado de lado su disfraz. A pesar de todo esto, sentí que la estatua me sonreía. Esa sonrisa me llenó de terror.

No pude evitar correr. Lejos, debía correr lo más lejos que pudiera. Sin avisó, escuché un ruido terrible. Paré, y miré a mis espaldas. La estatua estaba cayendo, cerca, cada vez más cerca. Era imposible escapar. Caía demasiado rápido, era demasiado grande. Cerré los ojos. Silencio.

Abrí los ojos de nuevo. Estaba en una delgada línea de tierra. En el centro, un farol apagado. Nunca lo vería encenderse nuevamente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s