Desaparición (Historia completa)

I

Estaba atrapado en un ciclo. Dormir de día, trabajar de noche cuidando una bodega que nadie visitaba, luego un retorno vacío al amanecer. Forzado, como estaba, a seguir en esta situación, los libros se convirtieron en la mejor distracción. Sabía que estaba siendo negligente, pero no me importaba. Mi trabajo era una solución parche, un agujero que cualquiera podía llenar. Mi único consuelo, lo único que me mantenía en vilo, era observar la luna brillando entre las nubes, y luego observar como desaparecía, lentamente, cuando el velo de la noche se descorría, cuando el sol retornaba a sus dominios.

Todo cambió un día de invierno. Temblaba de frío en la cabina, a pesar de mi ropa gruesa y el pequeño calefactor, que hacía su mejor esfuerzo. Había acabado mi último libro, y las cámaras, como siempre, no mostraban a nadie. Por la pequeña que tenía en frente, miré al cielo, pensando en distraerme con la luna. Debería estar llena hoy, todo un espectáculo. Pero no vi nada. Solo el cielo y unas cuantas estrellas. No había luna.

No podía abandonar mi puesto, incluso ante algo tan extraño como eso. Las cámaras me verían, y necesitaba el trabajo. Debía esperar, pasar el tiempo del turno, lo que me costó más que en ninguna otra ocasión. Cuando salí, me di cuenta de que no tenía ningún recurso para buscar mi luna. Utilicé mi celular y busqué noticias, seguro ya había alguna investigación. Pero nada. De hecho, decían que era la luna más brillante que había habido en quince años. Y yo, yo no podía verla.

II

Dos semanas después de que dejé de ver la luna, ya había descartado todas mis opciones. Cada persona a la que le había preguntado la veía perfectamente, y no había nada mal con mis ojos. Era como si se escondiera solo de mí. Los turnos ahora eran mucho más tristes, mucho más largos. La lectura no me distraía, y mis ojos veían sin observar a las cámaras, que de nuevo no mostraban nada.

Espera, había luz en algunas de ellas, luz que provenía del cielo, luz que tenía que venir de la luna. No podía mover las cámaras, no podía salir a mirarlas. Estaba atrapado en mi cubículo, atrapado en mi trabajo, atrapado en una pausa eterna, en una espera irrompible, en una noche sin luna. Y ni siquiera podía salir a buscarla.

Desesperado, salí. Desesperado, si, dejando atrás toda esperanza de mantener mi trabajo. Afuera, la oscuridad teñida en luz de plata. La luna estaba ahí. Como si nunca se hubiera ido.

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