La torre (Parte I)

La feria estaba repleta. Era el último día, después de todo. Mañana irían a otra ciudad, o quizás otro pueblo, y solo quedaría el recuerdo. Era una última oportunidad. Y yo estaba ahí, lamentando haber asistido.

Hasta ahora, solo había perdido el tiempo dando vueltas. La mayoría de las carpas que quería visitar tenían filas que rodeaban toda la feria, y no quería estar parado por horas ante el sol asesino del verano. Hasta que la vi, una carpa de tela oscura, escondida en una esquina. No tenía fila. De hecho, parecía como si la gente la evitara. Pensé en hacer lo mismo, pero había pagado buen dinero por la entrada, y, ¡maldición!, no podía irme sin al menos haber visitado algo.

Decidí entrar, tragándome mis miramientos. La carpa era oscura, y olía a algo dulce pero indistinguible, a nostalgia, tal vez, o a un recuerdo perdido. O simplemente a incienso. La adivina (o eso parecía) estaba sentada de piernas cruzadas ante una mesa cubierta por un mantel violeta, y rodeada de velas con múltiples diseños. Algunas eran altas, con estantes de cobre. Otras estaban colgadas del techo a través de cuerdas. Otras eran del estilo barroco, y tenían formas indistinguibles.

Quizás algo intimidado por la luz, paré por un segundo. Ella me miró, una sonrisa marcada en sus labios. Su rostro era imposible de escrutar, y no estaba seguro si tenía veinte o sesenta años. Sus ojos, del mismo color del mantel, parecían los de una persona que había vivido muchísimo. Con tono bajo, casi como si fuera un susurro, me dijo “siéntate”.

En el suelo había varios cojines. Me senté en uno de ellos, lentamente. Ella sacó un mazo de cartas, y las puso sobre la mesa. En silenció, lo barajó, y el sonido de las cartas hizo eco en la carpa. Parecía como si ese fuera el único sonido, lo único que tenía que sonar. Luego, con gracia infinita, sacó cinco cartas del mazo en un orden que parecía al azar y las puso sobre la mesa.

“Elige una carta”

Sentí que la que eligiera determinaría mi destino, como si cada una de ellas fuera una puerta hacía un futuro distinto. Mis manos se sentían pesadas, pero tomé una de ellas.

“No la mires, y entrégamela”

Cuando tuvo la carta en sus manos, la adivina cerró sus ojos, y devolvió las otras cartas al mazo. Luego, dejó la carta recibida en la mesa, y la dio vuelta.

“Hm… La torre”

Pausó sus movimientos por un momento, y pareció perder su calma, pero pronto volvió a sonreír.

“Ten cuidado con las ruedas de la fortuna. Te traerán algo que no quieres ver.”

Mantuvo su sonrisa, pero había algo forzado en ella ahora, y sus ojos demostraban una profunda tristeza. Luego, con se levantó rápidamente, y me dirigió a la salida.

“Está en tus manos ahora. Buena suerte”

Y con eso, ya estaba afuera.

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