La maldición (Parte I, II y III)

*

Todo empezó una tarde de verano, la tarde en la que encontré la caja. Ella había muerto hace unos pocos años, pero el papeleo había durado más que su agonía, y recién ahora podía revisar lo poco que quedaba en su vieja casa. La chapa giró con un chirrido lleno de nostalgia, y la puerta se abrió.

El salón principal estaba cubierto por una fina capa de polvo. Los muebles estaban ocultos por mantas blancas, así que decidí dejar su revisión para después: no quería levantar todo el polvo acumulado descubriendo cada uno de ellos. Avancé con cuidado. De la cocina no quedaba nada, los parientes se habían llevado todos los artilugios de valor. Malos recuerdos amenazaron con volver a mi cabeza, así que fui donde realmente me interesaba: el ático. Era un sitio de escondites, un sitio de juegos, un sitio de memorias que eventualmente se perderían.

El polvo era mucho más grueso. Parecía como si nadie hubiese entrado en años. Me cubrí la boca y avancé. Si recordaba bien, cerca de la ventana había un velador. En el tercer cajón, que parecía atascado, había una caja. La caja que mi abuela me prohibió abrir, cuando la encontré. Ese era el tesoro que quedaba en la casa, y era mío, mío por derecho, mío por obligación. Me la llevé.

**

La traje a mi casa, primero, pensando en abrirla cuando estuviera a mis anchas. Sin embargo, asuntos imprevistos me impidieron siquiera pensar en ella. Poco después de dejar la caja en mi escritorio, sentí que tenía arena en mis pulmones, y empecé a toser incontrolablemente. Estaba aturdido en el suelo cuando me encontró mi vecina, que me llevó a un hospital.

Pasé un día entero dormido. A pesar de que me dieron de alta (sin antes gastar todos mis ahorros en pagar la cuenta), me sentía débil y afiebrado. Me dijeron que fue una reacción alérgica al polvo, cosa que nunca se había manifestado antes. Cuando le pregunté por qué había dormido por 24 horas, el doctor se encogió de hombros, pero me aseguró que no habían detectado ningún efecto permanente.

***

Desde ese día, mis noches estuvieron plagadas de pesadillas. La voz de mi abuela, repitiendo que no tocara la caja, que no la abriera, se repetía mientras caminaba por una casa que parecía la suya, sin serlo. La oscuridad se extendía por los pasillos, como si se moviera, y el ático se alejaba mientras más trataba de alcanzarlo. Despertaba poco después, tosiendo polvo, o lo que sentía que era polvo, pero que no era nada cuando abría los ojos.

¿Por qué pasaba todo esto? ¿Lo causaba lo que estaba dentro de la caja? Pero no podía abrirla, no podía, las palabras se intensificaban, las palabras retumbaban en mis oídos. Tenía que hacer algo, devolver la caja, devolverla donde estaba originalmente…

Pero ya no estaba en mi escritorio.

Un comentario sobre “La maldición (Parte I, II y III)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s