Lo que perdiste

Estaba seguro de que la había dejado en ese árbol, cuando era niño. Entre esas ramas nudosas y gastadas, en la copa cuando las hojas ya habían caído. La olvidé, entonces, como solo los niños olvidan.

Los años pasaron, como pasan, a veces lento, a veces demasiado rápido. Estaba demasiado ocupado creciendo como para recordar, y luego la distancia reforzó el olvido. Nos movimos de aquel campo, y ese árbol se volvió una imagen borrosa, un resabio de una niñez perdida. Las primaveras se volvieron inviernos, y los inviernos dejaron nieve en mis cabellos.

La recordé de repente, una noche de insomnio donde las vueltas en la cama solo llevaban a frustraciones, donde los ojos no querían cerrarse: por la ventana, el viento jugaba con hojas café. Las hojas me llevaron al árbol. El árbol me llevó a ella.

Fue como un impulso eléctrico. Quería partir de inmediato, volver al árbol, encontrar lo perdido. Pero los recuerdos nunca reflejan la realidad entera: recordé que el campo ahora era un edificio inmenso de oficinas. El campo ya no era campo. El árbol ya no era árbol.

Fue triste, si, perderla. Pero saberla perdida fue casi reconfortante. A veces hay cosas que solo podemos conocer como niños. Como adulto, quizás, perdería para siempre su magia. En el sueño, quizás, podría revivir su forma. Pero somos otros, ahora, y del pasado solo puede quedar registro, siempre presente, siempre lejano.

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