Una secreta esperanza

6am. El sol apenas sale entre las montañas. El conserje sale, lentamente, arrastrando huesos que cada día se sienten más pesados. Con cuidado, arquea su espalda, y recoge la manguera, que lo espera en el mismo sitio de siempre, cada día, cada semana, cada mes, cada año. La llave rechina cuando la gira con su mano, quizás un poco más que ayer, quizás un poco menos. Sus oídos ya no recogen tan bien los detalles. Con cuidado, dirige el chorro de agua al pasto, a las plantas, que rodean el concreto del edificio. Cuando ya todo esta mojado, sonríe. Queda la mejor parte de su tarea. Aprovechando que nadie camina por la vereda, la moja. Pronto, ya nada queda sin mojar.

No lo entendía, al principio. ¿Por qué mojar lugares donde nada va a crecer? Cada día, sin embargo, la vereda estaba mojada, metódicamente, sin excepción. Me di cuenta de repente, meses después de olvidar al conserje y sus manías. Entremedio de los bloques de concreto, saliendo apenas desde la tierra, una pequeña flor recibía el rocío.

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