Perder

Perdí mi inocencia a los 9 años, cuando el auto de mi abuela se incrustó contra un bus, y ella cambió para siempre. Perdí mi confianza en mi mismo a los doce, cuando mis compañeros se burlaron de mis dibujos al compararlos con los suyos. Perdí mi rumbo a los 19, cuando los resultados de mi prueba final del colegio no fueron suficientes para entrar a una universidad tradicional. Perdí a mi grupo sólido de amigos a los 23, cuando me cambié de universidad. Perdí la confianza en mi carrera a los 26, cuando me fue imposible encontrar trabajo en mi rubro, y hoy, a mis 32, me pasa lo mismo de nuevo.
La vida es una seguidilla de pérdidas. Pero al perder, también ganamos. El choque de mi abuela me demostró que el mundo es cruel y azaroso, y debe enfrentarse como tal. Saber que mis capacidades en el dibujo no eran especialmente altas logró encaminarme a la escritura. Estudiar en mis dos universidades me ayudó a conocer a gente diversa, y encontrar varios intereses. De un grupo de amigos, pasé a otro, más sólido, más antiguo. Todavía no sé que me va a enseñar no tener trabajo, pero nunca se está seguro de lo que se va a aprender hasta que se aprende.
Extraño, en parte, esos viejos tiempos. Y, al mismo tiempo, agradezco no estar en ellos. El movimiento es prueba de que estoy vivo. Seguiré moviéndome, entonces, esperando que cada paso traiga nuevas oportunidades.

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