Magia

Cuando era niño, mi madre tenía un secreto: sabía hacer magia. No era algo que revelara en su vida normal, su ciclo típico de despertar temprano en la mañana, ir al trabajo, volver inusualmente tarde, y dormir inusualmente temprano. No, su secreto solo se revelaba algunos fines de semana, esos especiales, cuando el tiempo parecía fluir de otra manera, más pausado, más lento.
Generalmente pasaba en las tardes, en el salón de la casa que en esos tiempos parecía enorme. Yo y mi hermano mellizo nos habíamos portado bien, tan bien, que merecíamos una recompensa. Mi madre entonces se paraba en frente del cuadro, el del señor barbón y pelado (posteriormente sabría que era el hermano del presidente Balmaceda, José Elías Balmaceda). Su figura, bastante imponente (quizás por el inusual tamaño del cuadro, más alto que nosotros), tenía una mano en el bolsillo. Era entonces cuando mi madre revelaba su verdadera naturaleza. Con un rápido giro de manos, metía su mano al bolsillo de Balmaceda, y sacaba un par de chocolates, que luego comíamos con placer.
Hoy, tantos años después, ya no vivo con mi padre, y el cuadro ya no duerme donde siempre. Al final, no es eso lo importante, pues no es el mago. No está en su imagen la magia. Tampoco se encuentra en los movimientos de mano. Ella era la maga, y los objetos solo seguían su influencia. Sin ella, la única magia que queda en ellos son recuerdos.

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