Bomba de humo


I

Me lo encontré de nuevo, subiendo las escaleras al techo. Sus ojos se veían cansados, pero era lo usual. A nadie le importaba como se viera, mientras hiciera su trabajo. Curioso: era el único empleado autorizado a salir a fumar que no fumaba.

“¿Quieres un cigarro?” le dije, probando las aguas.

“No, gracias” me respondió, con una sonrisa apagada, pero noté que se quedaba mirando el humo. Había una chispa en sus ojos ahora, como la leña después de una fogata. Una pequeña migaja de rojo.

Por unos minutos, se mantuvo el silencio. Yo fumando, él pretendiendo que no veía el humo, que no había un cigarro a unos pocos centímetros.

“¿Te gustaría que te cuente una historia, para pasar el rato?” Me dijo titubeante, como si esperara que le dijera que no.

Sonreí. Era lo que había estado esperando.

“¡Claro!”

II

Miedo. Un miedo penetrante, de esos que no te dejan respirar. Los pulmones ardiendo, las piernas con un dolor palpitante, la cabeza dando vueltas. Escapar. Tenía que escapar, ahora. La salida. ¡La salida!

Sin aviso, mi visión se fue a negro. Había chocado con algo, o con alguién. Mis piernas, agradecidas por el descanso, cedieron inmediatamente, y cai con estruendo en el piso.

Eran ellos. Ese traje negro con corbata roja, esa mirada entre seria e intimidante. Esa actitud, reflejada en la postura, de ser capaces de resolver cualquier cosa de manera eficiente y brutal. Los cuatro guardias no hicieron ningún ruido, contentos con mirarme en el suelo.

Pronto, uno de los ellos me ofreció su mano, para levantarme. Sabía que no era mera cortesía. Pronto vendrían las preguntas.

Y llegaron: “¿Donde está?”. Tono seco. Más que una pregunta, era una amenaza.

“No la tengo. Me la robo alguién… o algo. No estoy seguro. Pero eso no importa ahora. No podemos seguir aquí. ¡Corran, a la salida! ¡Nos puede encontrar en cualquier momento!”

“Tenías sólo un trabajo, Jones. Entrar, sustraer, salir. Lo has hecho tantas veces.”

“Conozco bien mi trabajo, Tipo Rudo #4. Se bien por que no se los dejan a ustedes, que son tan cuidadosos como un elefante en una tienda de objetos de vidrio. Nada de eso importa ahora, ni nuestras rivalidades, ni mi trabajo, ni la estúpida piedra de jade. Tenemos que salir de aquí, ¡ahora!”

El tipo que había apodado me levantó desde el cuello, con un solo brazo. Todavía no estaba apretandolo. Todavía.

“Silencio. Sabes qué le hacemos a los traidores… o a los cobardes. DONDE. ESTÁ. LA. PIEDRA?”

“T-Te dije, la tiene esa cosa, me la robó en el segundo en que la tomé. Ya es muy tarde para recuperarla. Dicen que la ves, y luego desaparece de tu vista. Si aparece de nuevo, estás muerto. Nunca creí los rumores, pero creanme, son ciertos. Es imp-”

Un pequeño ruido. Pasos leves sobre el piso de madera. Llegó. El encapuchado. La muerte en el humo. El silenciador de corazones.

“¿Eso es lo que te da miedo? Es solo un hombre en una capucha…”

Los cuatro agentes se pusieron en posición de batalla. Pronto, le cerraron el paso. Trabajaban como una máquina, cerrando los puntos de escape, evitando que se escabullera. Pero eso era más rápido que ellos, más audaz. Esquivó cada combo, saltó las balas como si fuera un espectáculo. Estaba jugando con ellos. Era como intentar atrapar agua con las manos abiertas.

La cosa sacó algo de entre la capucha. Eran bombas… bombas de humo.

“¡CORRAN, ESTÚPIDOS! ¡CORRAN AHORA!”

Los agentes fueron… predecibles.

“Claro, solo sabes escabullirte, y ahora quieres escapar bajo el humo. No lo creo.”

Los agentes se lanzaron contra el encapuchado, pero la bomba ya se había activado. Humo, humo en todas partes. De repente, un grito agudo, y uno de los agentes sangrando en el suelo.

Todos mis poros me demandaban correr. Pero mi mente me decía “espera el momento justo”. Temblando, esperé a que atacara a otro de los agentes. Era imposible verlo, era como si eso mismo fuera humo ahora. El grito no se dejó esperar demasiado. A medida que caía, a medida que gritaba, me abalancé a la salida, y corrí desesperado.

Otro grito no se hizo esperar, pero ya estaba lejos para el cuarto. Les advertí que corrieran… Les advertí.

III

“Y por eso no fumo, Rauch. ¡O al menos, esa es la historia que le cuento a todos los que preguntan!”

Su risa era seca, pero fuerte. Había algo de manía en ella. Algo que conocía muy bien.

“Fuiste difícil de encontrar… Jones. Quiero que sepas que esto… no es nada personal”

El cigarro cayó al suelo, junto con Jones, que se mantuvo en silencio. Su última expresión fue una sonrisa resignada. Al fin podía dejar de correr.

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