Casa secreta


Mis memorias de niñez son difusas, como mirar a través de una ventana empañada mientras llueve. A medida que el tiempo pasa, se vuelven aún menos claras. Y quiero que algunas, al menos, todavía dejen su rastro. Esta es una de ellas.
Hay ciertos lugares que es imposible olvidar. Hay ciertos lugares que son imposibles de recordar. Hay lugares que son una contradicción, y mezclan ambas cosas. La casa de mi mejor amigo del colegio era definitivamente uno de los últimos.
Mi amigo tenía claras inclinaciones al arte. Sus dibujos eran increíblemente detallados para un niño de 9 años, y las razones parecían claras: era el hijo de una artista bastante famosa. Su padre también había sido pintor, pero ya no vivía con ellos, por razones que para mí no eran claras. Solo tenía una certeza: vivía con su madre, y vivía cerca mío. Eso hacía fácil que nos juntáramos después del colegio, y generalmente, por razones que no recuerdo, íbamos su casa (probablemente porque tenía un Super Nintendo).
La casa era enorme, aunque eso era, probablemente, lo menos impresionante de ella. Lo primero que se veía al llegar en frente era un muro de plantas y árboles. Desde afuera, la estructura era invisible, como para repeler invasores, o para ocultarse para siempre. Luego, se abría la puerta de metal, camuflada por enredaderas, y se revelaba que el jardín era compacto, que todo era una ilusión.
Por dentro, la casa era un atelier. Todas las paredes estaban llenas de cuadros, pinturas al oleo que parecían ser ensayos de la pintora, algunos muy similares entre ellos, otros diversos, todos algo extraños, pues su estilo era muy singular, una mezcla de Picasso y Botero, un arte deformado que hacía a la casa algo único, como fuera de este mundo. El primer piso era oscuro, y tenía muebles que parecían no combinar entre sí. Una mesa color jade, cubierta por vidrio. Un florero rojo. Un cenicero de todos los colores del arcoíris. La falta de combinación combinaba. La falta de un estilo hacía un estilo.
El segundo piso, en contraste, era demasiado normal. La pieza de mi amigo, ubicada allí, era muy parecida a la mía. No había cuadros extraños en las paredes. Los colores mezclaban bien. No había objetos multicolor encima de mesas. Un oasis de normalidad en una isla de sueños o de pesadillas. Un paréntesis en la oscuridad de otra mente. Un Super Nintendo en un mar de oleos y humanos deformes.
Hoy recuerdo la pieza mejor que el resto de la casa. Hay tantos rincones que tuve miedo de explorar, tantas oscuridades en una arquitectura deformada por la memoria. Demasiadas puertas cerradas, demasiadas esquinas que con agujeros negros en la mente. El tiempo pasó sin aviso, y pronto lo que queda de la casa seguirá deformándose, tomando nuevas formas, haciéndose más y más borroso. La casa secreta, entonces, queda aquí, lo que logré atrapar entre mis líneas. Nunca más la visité, y si lo hago de nuevo, será con otros ojos, otras miradas, otros recuerdos.

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