No hay camino

Me gusta caminar, pero odio repetir muy seguido la misma ruta. Cada noche, de vuelta al trabajo, encuentro un nuevo camino, e intento llegar a casa disfrutando cada nuevo escenario.

Esa noche, se me habían acabado las ideas. Ninguna ruta era nueva. El mundo era conocido e inmutable, sin variación. Sin darme cuenta, y perdido en mis pensamientos, dejé que mis pies me llevaran, y me encontré en un paisaje campestre. Un sendero, apenas iluminado por la luna creciente, desembocaba en un pequeño puente, que cruzaba un riachuelo.

Algo dentro de mi me gritó que parara. Había algo amenazante en ese puente, una presencia, una barrera, quizás mental, que impedía mi paso. Necesitaba, sin embargo, comprobar ese peligro con mis ojos.

Examiné el paisaje detenidamente. No había nada especial en el camino, pero sentí que había algo distinto, algo extraño, algo no natural, bajo el puente. Fue en ese momento en que lo noté: bajó el puente había una sombra, como si el sol iluminara el puente. En esta noche oscura, sin embargo, no debería existir tal diferencia. Esa era la barrera del puente. Esa era la barrera en mi camino. Sin pensarlo dos veces, di la vuelta y hui.

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