Cielo Roto

Afuera, nubarrones grises cortaban el cielo como olas en el mar. Pronto comenzó la lluvia, goterones que cubrieron la ciudad por completo. De repente, un flash de luz anunció tormenta eléctrica, con truenos resonando en mis oídos. La ventana, ahora mojada y borrosa, se sentía fría. Me levanté, feliz de haber encontrado el momento justo del inicio de la lluvia, pero cuando estaba a punto de voltear a la chimenea un rayo reveló una figura caminando por el jardín.
Por un segundo no pude moverme. El relámpago duró lo mismo que mi miedo. Ahora solo quedaba mi decisión: encontrar al invasor y descubrir sus intenciones. Corrí a la puerta y fui golpeado por el viento húmedo de un cielo que se rompía, por los goterones que se sentían como balas de goma en mi ropa, pero logre dirigirme hacía donde había visto a la sombra, resistiendo las ganas de volver adentro.
Cuando llegué, solo había huellas frescas en el barro. Decidí seguirlas, pero luego de un buen trecho desaparecían por completo. Fue durante esos momentos que me di cuenta: no tenía idea donde me encontraba. Había sido una caminata corta, pero me concentré tanto en encontrar el camino que no presté atención a mis alrededores, y ahora estaba a los pies de un bosque durante una tormenta de rayos, el lugar más peligroso de todos. Arrepentido, voltee para regresar, pero las huellas habían desaparecido. Sin otra opción, tome la decisión de avanzar.
El bosque relampagueante estaba lleno de sombras. Los arboles formaban figuras, brazos, piernas, garras, imágenes de personas que aparecían y desaparecían en luces repentinas, como el flash de una foto. Mis oídos zumbaban tanto, que me pareció escuchar una voz, que me llamaba. Cerré los ojos, y avance. Cuando los abrí, una figura sombría me miraba en la distancia, solo visible en los destellos de la tormenta. Su voz eran truenos, sus movimientos eran relámpagos. La sombra, cada vez más enorme, se acercó a mi oído, susurrando un secreto que electrocutó mi cuerpo, haciéndome tambalear y caer al suelo mojado.

Desperté temblando de frío, con la cara pegada a la ventana mojada. La tormenta, ahora fuertísima, azotaba la ciudad. En mi jardín no había huellas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s