Dioses como humanos: un afán por el control

En un principio, nuestros antepasados romanos veneraban a las animas, espíritus de los muertos que representaban a través del fuego. Luego, y gracias a una mezcla (conquista) con los griegos, los dioses pasaron a ser representados con forma humana. Esta forma humana también significaba virtudes y defectos humanos. Los dioses eran versiones más grandes (tanto en tamaño como en poder) de sus creaciones, entregando sentido a la vida diaria, ya que a pesar de que los motivos de los dioses podían ser egoístas, vengativos, o incluso mezquinos, eran explicables con la razón humana.
Este intento de dar sentido es también un afán por encontrar un cierto control. La vida, para bien o para mal, está llena de azar, coincidencias sin sentido que no pueden ser explicadas racionalmente. Cuando nuestros dioses son representados con formas y características humanas, podemos conectarnos con ellos. Zeus (o Jupiter) era un esposo poco fiel, que tenía aventuras con una multitud de mujeres tanto humanas como diosas, pero que tenía ciertas motivaciones positivas, y que incluso tenía un amor importante por su esposa. Los dioses eran humanos a gran escala, y cuando existía un defecto, este tenía que ser mucho más grande que la humanidad misma.
Lamentablemente, y como todo lo creado por humanos, los dioses humanos tienen limitaciones humanas. Cuando la muerte llega a quienes viven en un reino habitado por este tipo de dioses, el reino de los muertos está limitado a la imaginación humana. El dios católico, como contraejemplo, a pesar de ser representado a veces en forma humana, también posee una inteligencia y conocimiento tan vastamente grandes que no puede ser comprendido con nuestro cerebro limitado, además de su omnipotencia y omnipresencia. Esto causa la vida después de la vida sea representada como algo incomprensible pero infinitamente bueno. Un dios como el católico tiene la desventaja de que su inteligencia y poder son tan grandes que su influencia en el mundo se puede ver como azar, sin necesariamente serlo.

Finalmente, creyendo o no en un dios o en dioses, cada uno de ellos es un intento desesperado, profundamente humano, de darle control a nuestras vidas. Queremos ver nuestro camino en la vida como un viaje lleno de enseñanzas, conocimientos, sin piezas al azar, donde todo sirve. Para ver un ejemplo de ello, tan solo es necesario ir al cine y ver una película en Hollywood. Ese control, lamentablemente, es tenue: somos asaltados por el azar continuamente, sin razones concretas. Algunos tienen un camino más fácil, otro más difícil, sin importar méritos o karmas. Quizás deberíamos ser más felices con nuestra falta de control, porque agrega un elemento sorpresivo a lo que hacemos. No poder controlar algo es terrorífico, pero también emocionante, inesperado, nuevo. El azar y la falta de orden son nuestra mejor defensa contra el aburrimiento cósmico. Gracias por leer.

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