Neruska en la tormenta

Lo conocí durante una tormenta, refugiado en una caseta y manteniendo una fogata viva. Hacía frío, tanto frío que se hacía difícil pensar bien. Yo temblaba, pero él se mostraba impávido, protegiendo el fuego con su cuerpo. Con una mirada, me invitó a sentarme. Cuando logré acomodarme ante las tenues pero acogedoras llamas, logré recuperarme lo suficiente para hablar.
“Gracias. Nunca pensé que encontraría otro ser humano con la tormenta allá afuera. Si no lo hubiera visto estoy seguro que estaría muerto. Realmente salvó mi vida.”
El desconocido ajustó su posición. El viento ya no sonaba tan fuerte como antes, pero todavía se colaba entre las comisuras de la madera vieja y mal conectada, amenazando al fuego. Cuando al fin el viento dejó de sonar, se permitió sentarse, aunque todavía se mantenía encorvado, protegiendo las flamas.
Cuando al fin alcanzo una posición con algo de comodidad, me respondió con voz grave y rasposa:
“Yo tampoco esperaba a nadie. Creía que era el único lo suficientemente loco como para caminar con este clima. Pido disculpas si parezco impertinente, pero ¿Por qué salió con esta tormenta? El pueblo más cercano está a unos cinco kilómetros, no hay nada por aquí que pueda interesar a un turista como usted.”
A pesar de su amabilidad, su pregunta me sonó en parte como una amenaza. Barajé mis opciones y emociones por unos segundos, tan solo los suficientes para no parecer impertinente, y respondí:
“Parece saber mucho de mí, pero yo no sé nada de usted. Si le respondo, ¿me contestaría la misma pregunta?”
En su boca se dibujó algo parecido a una sonrisa, y asintió.
Aclaré mi garganta. Iba a ser difícil explicar mis razones, pero mi curiosidad por los orígenes del desconocido hacía valiosa la honestidad.
“¿Me creería si le digo que solo vine por curiosidad? Bueno, quizás más que eso. Verá, soy periodista. De esos que, bueno, meten su nariz en todos lados. Justamente eso es lo que me lleva aquí: cubrí noticias en terreno de Neruska y…”
Mi salvador pareció exaltarse por una fracción de segundo, pero recupero su postura estoica rápidamente. En sus ojos había curiosidad… mezclada con otro sentimiento que no pude identificar. Apenas pausando menos de un segundo, continué:
“Y escuché un rumor de que había un ermitaño loco que vivía lejos del mundo. Cuando pregunté sobre el tema, escuché historias dispares. A pesar de que todas estaban de acuerdo en que existía una persona que recorría, sola, estos parajes, los reportes eran… dispares, en cuanto a su identidad. La historia del ermitaño era la más común, pero algunos lo llamaban explorador, otros, vago, otros un criminal de guerra escapando de la persecución. Oh… disculpe, estoy monologando. Quizás todo podría resumirse en que lo estaba buscando a usted.”
La mirada del extraño estaba perdida, como recordando algo lejano. Luego de unos segundos, habló de nuevo:
“O sea que la sorpresa que expresó al principio era mentira. Estaba buscando a alguien durante esta tormenta, y dijo que no esperaba a nadie… Bueno, en estos momentos no importa. Esta tempestad nos tiene atrapados aquí, y mentir no es suficiente mérito para matar a un hombre.”
Solo pude hacer un gesto de disculpas: me había atrapado a mí mismo con mi historia. Esperé silencio absoluto acompañado de miradas incomodas, pero mi interlocutor continuó hablando después de una pausa corta.
“Pero a pesar de sus mentiras iniciales, el resto de su historia me suena cierta. Verá… conozco Neruska. Y Neruska me conoce. O más bien, las Neruskas me conocen. Soy el explorador perseguido por las tormentas, el vago eterno que nunca llega a destino, el cazador que un día descubrió que tenía que correr. O quizás soy el loco de todas las historias, o el criminal buscado por la ley.”
Mi mirada ahora se llenaba de incredulidad. No parecía un loco, pero sus palabras no parecían tener sentido. Estaba a punto de pedirle algo más de claridad, pero habló antes de que pudiera pronunciar palabra:
“Pero usted es periodista. Lo que busca es una noticia, “la verdad”, a secas, pero una verdad interesante y reportable. Intentaré darle eso. Sepa que nací en Neruska, no recuerdo hace cuanto, pero salí de la ciudad muy joven. Quería explorar, vivir de la cacería y de las frutas silvestres, ver más del mundo que las paredes de un pueblo. En esos tiempos Neruska estaba en un bosque. Exploré lo que podía alcanzar del mundo, caminé muchos caminos, dejé el bosque atrás y me encontré en un gran desierto. En el centro de ese desierto, estaba Neruska, como si siempre hubiese estado allí. La misma Neruska, con las mismas paredes que usted mismo acaba de ver.”
No pude evitar interrumpirlo: “Pero Neruska está en un valle nevado y frío, no hay nada que indique que se haya movido. Es imposible. ¿Acaso quiere decirme que la ciudad aparece, al azar, en diferentes lugares del mundo?”
“No. Quiero decir que la ciudad me sigue. No aparece al azar, aparece donde me llevan mis pasos. Y ahora, ahora usted es Neruska. Con esto, ya sabe mi historia. Adiós.”
Con aquellas palabras, se levantó abruptamente y salió de la caseta. El viento apagó la fogata antes tan protegida, y en la oscuridad y el frío me quedé solo, preguntándome si me decía la verdad, o si lo vería de nuevo.

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