50 pisos de aire

El trabajo es duro en este edificio. Tan duro, que la mayoría de los trabajadores vive en el primer piso y trabaja en el 49, y conocen mucho mejor sus oficinas que sus hogares. Hace muchos años que nadie sale del edificio, hace años que el último trabajador rebelde murió tosiendo sangre solo a metros de la salida, a vista de todos.
Mientras trabajamos, salen rumores de todas partes. La mayoría son historias disparatadas y difusas sobre nuestros jefes, sobre cambios inescapables al sistema, sobre aumentos de sueldo que nunca llegan y nunca llegarán. Un día, sin embargo, una conversación en tonos bajos llamo mi atención: había algo especial en el piso 50, la cumbre del edificio. Algo escondido, algo que nadie había visto jamás. El dialogo pronto se convirtió en pura especulación, así que deje de escucharlo. Su dialogo, sin embargo, quedó rondando en mi mente, incluso al volver a mi departamento. En mis sueños, algo profundo y brillante se escondía en el último piso, un misterio inescrutable y atrayente que ahora estaba a mi alcance, lejos y cerca a la vez.
No tuve opción. Debía visitar ese piso, arriesgarlo todo. Si no, mis pensamientos no me dejarían dormir. Considerando que el último piso estaba reservado tan solo para personas de importancia, la única forma de entrar sería robar la llave. A pesar de que el riesgo y el miedo atravesaban mi cuerpo como veneno, algo se había activado dentro mío. Debía actuar.
Hubo oportunidad para mi plan pocos días después, cuando uno de los supervisores fue reprendido personalmente por uno de los administradores. Al llamarlo para una reunión personal, olvidó su cartera en una de las sillas, la que tomé inmediatamente. Los compañeros que me vieron tomarla al principio no tuvieron reacción: estaban demasiado acostumbrados a hacer su trabajo. Cuando notaron que buscaba algo en ella, sin embargo, el miedo relampagueó en sus ojos, pero no hablaron. Prefirieron el silencio a delatar a un compañero. Aprovechando el compañerismo que todavía brillaba después de todo, tomé la salida de emergencia, donde estaban las escaleras.
Se notaba que las escaleras se usaban poco y nada. El polvo parecía gobernarlo todo, sin control. A medida que corría al siguiente piso, se levantó y me hizo toser con fuerza, casi haciéndome caer al vacío, con 49 pisos de aire. Logré sostenerme por la baranda, que crujió como una bestia iracunda, pero que de todas formas consiguió mantenerme en pie. A paso renovado, alcancé al fin la puerta, abriéndola con la llave.

El piso 50 no era como lo esperaba. No había un laboratorio secreto, ni decenas de gerentes discutiendo el futuro. Tampoco había armas, ni oficinas. No, el piso 50 era un vivero, lleno de flores. Flores, algo que no había visto hace tantos años, brillantes, coloridas, vivas. Incluso después de que sonara la alarma, y los guardias de seguridad me acribillaran con balas en la espalda, no se pudo borrar mi sonrisa.

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