Colores en el humo

Hay ciertos eventos que colorean todo, que cambian el tono de las cosas para siempre. La muerte de alguien cercano, una separación brusca y recalcitrante, las palabras cortantes e irritadas de alguien que admirábamos, todas estas cosas cambian como vemos las cosas, las asociamos con momentos y memorias, y la forma en que reaccionamos a ellas definen, quizás, quienes somos.
Cuando era más joven, por ejemplo, mi abuelo era una figura imponente y pesada. Como ex marino, su forma de ser era lejana y severa, causando terror en mí y probablemente también en mis hermanos y primos. Él, por su parte, probablemente consideraba que su conducta era la norma, lo común: dueño de su hacienda, los demás debían servirlo.
Durante la tarde, después del café y en solitario, mi abuelo fumaba. Ha pasado tanto tiempo que no puedo recordar la marca de sus cigarros, pero si puedo revivir su olor, las cenizas, el pasatiempo que parecía tan adulto en esos tiempos. Ese recuerdo, de mi abuelo fumando con expresión severa, nunca dejó que me uniera al vicio. Algo en esa imagen, cada día más vaga, pero todavía presente, me recordaba el miedo que sentía, la prohibición implícita de hacer lo mismo que él, de acercarse a un pequeño dios de acero.

Hoy mi abuelo está muerto, y con él muchas cosas cambiaron. Esa imagen, sin embargo, pinta todas mis experiencias con el cigarro. Supongo que es un miedo que conviene agradecer, ya que me alejó de un vicio. Alguien perspicaz y algo cruel podría llamarlo un trauma. Gracias por leer.

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