Matapasiones Griegas

Hoy, mientras miraba sin sentido páginas de internet, decidí chequear una publicación online perteneciente a la derecha política de mi país (Chile), solo por saber cómo era. Honestamente, no soy muy de diarios ni de noticias, así que nunca lo había revisado. Sin poner mucha atención, y leyendo muy por encima temas noticiosos varios (la mayoría centrados en problemas gubernamentales o cambios económicos), noté que uno de los columnistas era Roberto Ampuero… y eso me devolvió de inmediato a mi último año universitario.
Era tarde en el segundo semestre, y quedaban tan solo unas pocas clases para egresar. Una profesora con un doctorado extranjero pero de dudosa capacidad de enseñanza nos encargó un trabajo: Leer el último libro de Roberto Ampuero, que en ese tiempo era “Pasiones Griegas”, y analizarlo en un ensayo de una forma específica y aburrida que no quiero desarrollar en este texto (¡es por su propio bien, en serio!).
Yo había leído a Ampuero antes, en específico una buena cantidad de novelas con Cayetano Brulé, un detective, como protagonista, y juzgando por esas lecturas consideraba al autor como competente, pero no realmente genial. “Pasiones Griegas” destruyó completamente esa noción. Era un libro “intelectualoide”, que hacía gala de referencias a otras novelas, pero estas eran demasiado evidentes. Se trataba, a grandes rasgos, de una historia de amor, con una pareja separada por razones misteriosas. Esas razones misteriosas resultaban ser bastante malas.
Mientras ponderaba que pensar del libro, entre las palabras apareció un detective. Ese personaje me hizo decidirme: el libro era francamente malo. El detective solo decía unas líneas, y luego desaparecía de la trama por completo, sin cumplir ninguna función significativa. Con la decisión tomada, usé este aspecto como el eje de mi ensayo.

Supongo que algunos lectores observadores ya habrán descubierto que sucedió después: mi nota fue pésima, bordeando el 4 (de 7), a pesar de que mi trabajo había seguido todas las normas de análisis. Pasaba que la profesora ¡conocía directamente al autor! Y decidió, como una persona completamente racional y profundamente educada, mandarle un correo electrónico para preguntarle qué significaba el detective. Roberto Ampuero, autor reconocido tanto nacional como internacionalmente, evidentemente no se dignó a resp- Nah, a quién engaño, sería una mucho peor historia con un final como ese. Claro que respondió, con una excusa tan pseudoprofunda como su libro que no puedo recordar en estos momentos. Piénsenlo por un segundo, un autor respondiendo a una crítica de una persona que ni siquiera se había graduado, dándose el tiempo de dar explicaciones. Desde aquél fatídico día, nunca más pude tomarlo en serio.

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