Jardínes

Dicen que toda la vida pasa ante tus ojos cuando se acerca la muerte, y puede ser cierto. Yo no sabría decirles: Morí demasiado rápido.

Desde niño siempre me gustó jugar en los jardines aledaños a mi casa familiar, un hogar antiguo, frío y oscuro construido en el centro de un pequeño bosque de olmos. Como parte de la tradición, a los niños se les permitía recorrer el bosque a sus anchas, mientras no pasáramos las cercas de alambre. Solitario y tímido como era, la mayoría de las veces exploré solo. Al cabo de un año ya conocía todos los caminos, todos los atajos, y había dejado mi marca en la mayoría de los árboles. Solo uno eludía mi curiosidad infinita: un olmo enorme, de al menos el doble de altura que cualquiera que hubiese visto. El problema: estaba cerrado. Paredes llenas de enredaderas cerraban la entrada, y una gran puerta, decorada y antigua, no dejaba entrar a nadie.

No dude en pedir la llave, pero mis padres no tenían idea donde podía estar. Ellos tampoco habían entrado jamás. Mi bisabuelo, sin embargo, con su prodigiosa memoria a pesar de su vejez, me contó que ese árbol había estado desde la construcción de la casona. El padre de su padre lo había plantado en honor a su esposa, iniciando la plantación del bosque. Ambos fueron felices por años, él dedicado al jardín en secreto, ella a los negocios, también en secreto. Un día, sin embargo, mi abuela lejana había aparecido colgada en el árbol, en un aparente suicidio. Se llamó a la policía, se hizo una gran investigación, pero a pesar de muchos cabos sueltos no se pudo probar nada. El paterfamilias cerró construyó las paredes en su honor, sellando para siempre el área, sin atreverse nunca a abrirla de nuevo. Falleció joven, antes de los cincuenta años, y la llave se perdió con él.

Después de esa historia, simplemente tenía que entrar. Intenté, primero, escalar las murallas, pero la enredadera las hacía demasiado resbalosas. Muchas heridas y algunas lágrimas después, decidí intentar otras maneras. Tratar de patear la puerta para romper la cerradura resultó en un pie lesionado y en una puerta más sólida que nunca. Excavar terminó con uñas llenas de tierra. El verano, entre intento e intento, pasó rápido, y pronto el colegio alejó el árbol de mi memoria.

Los años pasaron sin aviso, dejando mi niñez atrás. Los juegos dieron paso al estudio, el estudio me hizo pensar en las miles de posibilidades de empleo. La guerra, sin embargo, destrozó mis planes. Con el bombardeo repentino de la plaza central, el enfrentamiento inició con fuerza y empujó al reclutamiento obligatorio de todos los jóvenes capaces de luchar. Yo fui uno de ellos.

No destaqué especialmente en el ejercito. Simplemente no estaba interesado en escalar los rangos. Quería escapar, así que entré en la rama de aviación, que al menos me dejaba ver el mundo con otros ojos: los ojos de un pájaro, libre y ligero, flotando en el aire.

Uno de esos insoportables días, con el sol en mi cabeza y las manos en los controles de mi pájaro vibrante, estaba volviendo a la base cuando avisté aquel inmenso árbol en mi casa. Se veía tan pequeño desde arriba, pero quizás si bajaba un poco podría al fin verlo de cerca. Un ruido fuerte que casi hace explotar mis tímpanos me devolvió a la realidad: un piloto enemigo llenaba mi avión de balas. Intenté controlar el avión, pero no fue posible. El motor estaba muerto. Debía saltar, depender del paracaídas. Sin dudar, salté con el en la espalda. Tiré de la primera cuerda. Nada, el paracaídas no abría. La segunda, por emergencias. Solo aire, y una caída a increíble velocidad. Con el corazón en la boca, tiré de la última cuerda, pero el destino no estaba de mi lado.

Cuando desperté, tenía el inmenso árbol en frente. No podía moverme, no sentía mi cuerpo. El árbol, entonces, pareció una canción de despedida. Intenté sonreír, pero mi boca no siguió mis órdenes. Mis ojos, imposiblemente cansados, se cerraron de golpe.

Nadie, nunca, encontraría mi cuerpo.

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