Magnetianos

La luna brillaba menguante en el firmamento. Era una noche especialmente oscura, causando que la tarea que me había sido asignada fuera más difícil.
Aliens. Si, aliens. Eso era lo primero que había escuchado en la mañana, y no pararía de escucharlo hasta esta noche. ¿Qué había pasado con nuestro diario? Antes éramos serios, respetados. Nos leía todo el país e incluso teníamos adeptos internacionales. Ahora, atrapados en un edificio antiguo, mal mantenido y maloliente, cubríamos escándalos de celebridades mientras el sonido de las impresoras, agudo e insoportable, destruía mis tímpanos.
El informante había llegado en la mañana, arrastrando a un tipo que más que humano parecía un ratón fuera de su jaula. En su cabeza tenía lo que parecía imanes de refrigerador, pegados a su pelo como el pinche más extraño del mundo. Sus ojos nerviosos miraban todo con desconfianza, pero algo en el edificio pareció calmarlo un poco. Sus palabras, arrastradas como un carro en una montaña rusa, hablaban de alienígenas que aparecían ante ciertas fases de la luna, atraídos por la fuerza inexplicable (para él) de los magnetos. Hoy era el día en que los Magnetanos (así los llamaba) invadirían con fuerza, ya que hoy la atracción entre el polo negativo y positivo era especialmente fuerte.
Yo no quería escucharlo, pero la editora estaba encantada. Era la noticia del año. Si había algo de verdad en ella, seríamos los primeros en cubrirla. Los demás periodistas fingieron rápidamente estar ocupados. Yo, el más viejo, me moví demasiado lento. Sería mi tarea. Iba a ser una larga noche.
Bueno… como dije antes, la luna brillaba menguante en el firmamento, y un periodista demasiado viejo para sus zapatos, yo, se movía como una mancha buscando una casa abandonada. Allí entrarían, ya que el polo magnético tenía una especial vinculación con ella. Según aquél psicópata, era por eso que estaba abandonada.
No fue especialmente complejo encontrarla, pero algo en ella era sorprendente. Para estar abandonada, parecía en muy buen estado. Una casa grande, al estilo antiguo, de esas típicas de novela de Allan Poe. No sabía que todavía existieran. Era casi cómico, una broma cósmica, como si existiera solo para exasperarme. Si no entraba, sin embargo, el sonido de las impresoras no iba ser el más fuerte en mis oídos: serían los gritos de la editora.
La puerta estaba rota, y pasar no fue difícil. Cuando crucé el umbral, sin embargo, un sonido me hizo darme vuelta. Algo metálico tapaba la entrada. Tenía que ser una broma: estaba atrapado, encerrado. Como si leyeran mis pensamientos, algo dentro de la casa comenzó a vibrar con sonido metálico. En la oscuridad, no vi llegar los cuchillos. Metálicos, fríos, me clavaron a la entrada. La impresión me hizo perder el conocimiento.
Cuando abrí los ojos, estaba sentado en una silla metálica. Mis brazos, mi cuerpo, estaban pegados a la silla como un magneto. En frente mío, parado, el ratón psicópata me miraba con ojos fríos. Parecía otra persona… o más que otra persona, un ser de otro mundo. La realización me hizo temblar aún más que su sonrisa.

Su voz, vibrante como una campana, resonó en mi cabeza: “Nada mejor que empezar de a poco. Comencemos los experimentos.” Con las manos en su cabeza, sacó su piel como una máscara. Mi corazón, conectado a un marcapasos, paró.

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