Esperas



Las esperas en los aeropuertos son especialmente tediosas, ya que estos parecen diseñados para ser lo suficientemente cómodos para no causar una rebelión, pero también lo suficientemente incómodos como para desesperarse a medida que avanzan las manillas del reloj. Es la gente, la otra gente, personas variadas que en un principio parecen neutrales, olvidables, pero que pronto se convierten en los más terribles enemigos: Un carraspeo, una tos inesperada, el rose de una maleta con un hombro, el anuncio en el altoparlante con voz apagada y metálica que atrasa la partida cada vez más.

Ahora solo quiero escapar, pero debo tomar ese vuelo. Observo las puertas, llenas de personas en fila, y para distraerme busco algo, sin saber bien que. Pronto descubro puertas de vidrio donde el personal de vuelo pasa sin molestias, bajando y subiendo a los aviones… y sin aviso en mi mente se posa una llave maestra.

Mi mente parte el viaje antes que mi cuerpo, y me hace pasear por el aeropuerto abriendo cada una de las puertas. Llego sin problemas a las puertas del personal, y la llave las abre como si estuvieran hechas para que yo pase. Me adelanto, indetenible, y subo al avión antes de tiempo. Me doy un tour a mí mismo, revisando los instrumentos de los pilotos y los asientos de las azafatas. Algo me hace querer probar la llave en el panel, y el avión parte sin aviso, el chirrido de sus ruedas rasgando la pista.

Intento detenerlo, pero la llave está atascada. Los instrumentos se mueven solos y el avión cruza la pista a velocidades inhumanas, elevándose en el aire y surcando el cielo como un inmenso pájaro metálico, su graznido el zoom de los motores. La llave se suelta, y al sacarla el avión se apaga y cae como un fénix herido, precipitándose a tierra en una caída libre que hace vibrar mis tímpanos. Uso la llave en todas las puertas, buscando algo, una forma de escapar. Una cabina escondida me revela un paracaídas roñoso y olvidado, que me ajusto a mis espaldas manteniendo mi equilibro apenas, un ruido cortante, un vértigo infinito. Salto, pero el paracaídas no abre, es demasiado viejo, quizás una muestra, quizás el fantasma de un piloto. El avión, ahora en llamas, me alcanza y cierro los ojos rezando por un rápido final.


Me despierta un codazo, a mis compañeros de espera les molestan los ronquidos. En el bolsillo extraño una llave.

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