El segundo piso

Trabajo en una librería. En febrero. En un mall pequeño. Cuando no hay nadie. Eso lleva a mañanas vacías y a muchas tardes de lectura intensiva, cosa que yo agradezco pero mi cuello odia profundamente, algo que me hace saber sin rodeos.

A veces, gente entra, pero lo que buscan no está en las estanterías. Es febrero, el stock es bajo y nadie puede pedir más. Después de todo, incluso las editoriales son manejadas por gente, y esa gente también necesita un descanso. Otras veces, sin embargo, entran niños. Para ellos, todo en la librería es terriblemente interesante, incluso los libros con miles de letras que no podrían leer ni siquiera dando su mejor esfuerzo. Más que los libros, sin embargo, los niños siempre buscan las escaleras, el pasillo algo oculto que lleva al segundo piso, ante el cual solo se impone una barrera: “Solo personal autorizado”. El signo es una barrera más fuerte que una muralla de hierro.

¿Por qué están tan interesados en subir? La respuesta más obvia es que piensan que arriba hay un paraíso de libros de dibujos vibrantes, de historias que no han visto, que están ocultas.  Quizás creen que allá arriba hay otro mundo, una Narnia en pleno Lo Barnechea, lleno de terrenos por explorar y personajes por conocer. Quizás, cuando miran hacía arriba, ven más que el trapo y todos los libros de bodega ordenados meticulosamente por editorial, más que las sillas ya dañadas y el microondas para calentar nuestros almuerzos. Es en esos momentos en los que extraño ser niño.

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