Clásicos: Microcuentos

Relojes

Los relojes titilaban en la pared, fríos, reducidos, rotos. El tictac se hacía cada vez más insoportable.
“¿Quién eres?” Te pregunté “¿Acaso mi búsqueda ha llegado a su fin? Tu respuesta llego en la doceava campanada, mientras el tiempo se detenía en un amago de despedida. Adiós en el escritorio.

Carrera

A veces me falta solo un segundo para llegar. Uno, el último. Y siempre llego tarde. Pongo las esperanzas en la repisa y las guardo entre otros recuerdos, entre las chaquetas de todos los días. El reloj palpita en mi mano mientras corro, mientras mis pasos retumban en el piso.

Palabras

Las palabras son siempre difíciles de definir, de delimitar. A veces se mueven con el fuego y no queman, son tibias como un abrazo que ahorca, dormido, solo, oscuro. Ahora mismo las uso y no sé qué digo. La soledad me acompaña en la empresa heroica de no decir nada.

Espiral

Él iba caminando por un espiral. Las paredes, pequeñas, brillaban de blanco hasta quemar los ojos. No había ventanas, y los ojos se perdían entremedio de la baranda. Las escaleras apuntaban hacia arriba. Las sombras revolvían la silueta de sus pasos. Sin pensarlo mucho, se lanzó muy rápidamente al vacío.

Silencio

Un día el silencio se me escapaba entre las paredes, cruzando el suelo como un ave, acechante. Mi sombra dejo de obedecer mis órdenes y lo siguió con presteza absoluta. Todo fue tan rápido, que la habitación comenzó a dar vueltas. Hasta la más absoluta soledad me había dejado solo.

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