Clásicos: La llave perdida

Entró a la casa a las siete en punto sin atarearse demasiado. Sacó sus llaves del bolsillo e hizo girar la manilla con ritmo lento pero con seguridad. La puerta abrió sin un chirrido y reveló un pasillo conectado a un salón. Se movió rápido, como buscando algo. Todo estaba en orden, limpio, como si alguien se encargara a eso en exclusiva. Cada uno de los cojines en los tres sillones en frente de él se veía esponjoso y cómodo, y sus telas combinaban perfectamente con las alfombras. Era una casa ordenada.

El visitante, apurado, no se tomó siquiera una pausa para admirar lo meticuloso del orden, y subió las escaleras sin mirar atrás. Entró a una de las habitaciones que extrañamente estaba muy desordenada y se dedico a buscar entre las cosas tiradas en el suelo. Al principio, se cuidaba de no romper ni pisar nada, pero a medida de que la impaciencia se iba apoderando de él, tiraba las cosas con desesperación. Al parecer no encontraba lo que buscaba. Destruyó toda la pieza buscando, no dejó piedra sin levantar. Casi rompe el papel de las paredes. Luego se fue. No se dio cuenta que la llave estaba sobre la mesa de la entrada. El orden de la casa lo había engañado por completo.

“¡Fuera!” dijo el presentador con tono gracioso mientras la cámara hacía un “zoom” hacia su cara, bien parecida y joven “Hasta ahora ninguno de nuestros participantes ha pasado la prueba. Quizás Joseph, nuestro próximo participante proveniente de Inglaterra, pueda lograrlo. Recuerden que la llave se esconde en un diferente lugar cada vez, y los participantes no pueden ver que ha hecho el otro. Hasta ahora, en toda la historia del programa, nadie ha podido ganar el premio gordo: una vida, con todo incluido: casa, auto, una pensión alimenticia y dinero para gastos. ¡Vamos a comerciales y volvemos!”

Al decir la última palabra, la cara del presentador cambió por completo. Envejeció diez años, y sus ojos mostraban signos de no haber dormido. Su habilidad para cambiar su apariencia no había cambiado con el tiempo, y por eso todos creían que la vejez lo esquivaba para siempre. Un Dorian Grey cualquiera, se decían. Se equivocaban. Él también quería creerse el concurso, ganarse una vida para él mismo, pues la suya, en apariencia simple y de puro lujo, había sido en realidad un conjunto de disimulaciones, de actuación permanente. Siempre estaba actuando, y solo se daba algunos segundos para ser el mismo, y solo cuando nadie estaba mirando. Secretamente esperaba que alguien ganara, para poder sentirse identificado, al menos por un momento, con la felicidad de aquella persona. Por eso, le había dicho a Joseph todos los trucos que los productores hacían durante el programa: Como movían la llave dependiendo de donde fuera la persona, como, utilizando detectives y escritores de novelas de misterio, escondían la llave de forma diferente para cada participante, dependiendo de su “background”.

Joseph, con cara segura, se había aprendido cada una de las instrucciones. Entró a la casa con seguridad, sin dudar. Buscó, con paciencia, en los lugares habituales. En la sala de estar bien ordenada, buscó en el orden. También la buscó entre el desorden, tirada como un objeto cualquiera. En los lugares más comunes donde se dejaban llaves. Entre las comisuras de los sillones… entre las sillas, debajo de la alfombra. Fue el participante que llevó todo al límite. Su paciencia era infinita. Buscaba como si fuera su único objetivo en la vida, y sin embargo no podía encontrarla.

El presentador, desde su camarín, miraba la filmación desesperanzado. Creía que al fin alguien lograría ganar, que el concurso terminaría por falta de fondos (ninguno de los directores esperaba un ganador) y que podría dedicarse a otra cosa por un tiempo. Carraspeando, se metió las manos en los bolsillos. La llave tintineo entre sus dedos por un segundo. Su corazón saltó un latido. Esto no era más que un signo. Raudo, se subió a su auto, llevándose todo lo que tenía, y se retiró al infinito. Ahora si había rejuvenecido diez años. El concurso jamás tendría un ganador.

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