Un hotel y sus busquedas

Esa mañana desperté a la hora de siempre, sin saber que algo cambiaría. Por segundo día consecutivo casi no me podía levantar de la cama. El colchón queen y las sabanas tan blandas como la seda me mantenían en su hechizo, e incluso la amplia visión del mar en mi ventana no lograba removerme. Lamentablemente no podía dormir todo el día, por mucho que lo quisiera: quedarse inmóvil en la habitación de un hotel cinco estrellas, en especial si te ganaste la estadía en un concurso era, más que un desperdicio, casi una blasfemia. En un esfuerzo que causó varias bajas en mis defensas mentales, logré levantarme al fin. Una pequeña ojeada me permitió ver el mar azul en pleno verano, el sol brillando como nunca, las playas llenas de personas asoleándose o jugando esos típicos juegos de verano. Era un día perfecto. Pero antes de unirme a ellos, debía hacer algo más.

Era muy tarde para el desayuno (solo lo servían hasta las 10), y mi estómago gruñía por algo que comer. Podría haberme dirigido a uno de los tres restaurantes, todos con un tema exótico diferente, con comidas cuyos nombres me costaría bastante pronunciar, pero que no podría pagar: el premio solo incluía la estadía y desayuno. Cinco estrellas de hotel significan cinco estrellas de gasto, y mis bolsillos no llegan tan hondo. Debía buscar otra manera de alimentarme.
Mi primera idea fue salir del hotel, pero recordé que estaba sin ningún vehículo, en una tierra desconocida. No tenía idea donde ir, y simplemente caminar sin guía podía ser peligroso, ya que podría perderme entre las calles, o ser engañado como el turista novato que era y perder los pocos fondos que había podido acumular antes de partir. Decidí buscar otra opción: buscar una máquina de snacks. Incluso los mejores hoteles debían tener una de esas, ¿no?

El hotel tenía 10 pisos, pero entre ellos los siete superiores eran exclusivamente para habitaciones, así que sabía que mi área de búsqueda estaba bien delimitada. En el primer piso estaban los restaurantes, pero había poco más que eso: una sala de recepción con internet gratis, un televisor enorme, típico de aquellos hoteles, y algunos sillones. Partimos mal. Con el hambre aumentada al doble subí al segundo piso. Allí estaban los baños para invitados, tan grandes que probablemente la mitad de mi casa cabria en ellos, y un bar. Eso me dio esperanzas, pero duraron poco: era más caro que el restaurante. Ni siquiera sabía que fuera posible que una porción de papas fritas fuera más cara que lo que me costó el taxi desde el aeropuerto. Tuve que correr antes de que mi estómago empezara a darle órdenes a mi cerebro.
Solo quedaba un piso, y mis esperanzas empezaban a disminuir drásticamente. Cuando el ascensor hizo sonar su característica campana me encontré en el subterráneo, en frente de los estacionamientos. Mi decepción debió notarse mucho, porque de inmediato uno de los guardias, de esos que son tan increíblemente serviciales que saben lo que quieres antes de que tú mismo lo pienses, me preguntó si necesitaba algo. Sintiendo que mis oportunidades se desvanecían, decidí preguntarle por una máquina de snacks.

El guardia se tomó un momento para pensar, como si no estuviera seguro de que decirme, o si estuviera debatiendo entre contarme o no un secreto. Su mirada mutó de servicial a terriblemente inquisitiva. Era la mirada de alguien que ha visto muchas personas en su vida, un experto en mesurar a la gente. Sospeché, por un momento, que ese era el guardia verdadero, alejado de toda pretensión. Su expresión cambió de repente por una sonrisa. Me dijo que la única forma de encontrar una maquina era ir al área de carga, donde estaba la habitación donde los empleados podían tomarse un descanso. Para llegar debía doblar a la izquierda en el estacionamiento y cruzar una gran fuente. Con la sonrisa todavía marcada en su rostro, finalmente dijo:

— Un hotel como este no puede tener una máquina de monedas a mano. ¡Todos la usarían en vez de pagar por comida cara! Eso sí, tenga cuidado, que el camino es engañoso.

Con los planes y mi objetivo claro, casi corrí hacia la puerta del estacionamiento pero me arrepentí al último minuto, después de todo no quería parecer demasiado ansioso. No me fue difícil seguir las instrucciones, y luego de una larga caminata, esquivando autos saliendo y llegando y metiéndome entre los puestos, llegué a la fuente. Pero la fuente no era lo que me esperaba. Era un gran río, con rocas de fondo, y una cascada que caía desde arriba. Una parte de mi quería admirar la belleza en la construcción de aquella fuente… pero el resto de mi mente se enfocaba en que era imposible cruzarla. No podía ser, había seguido las instrucciones al pie de la letra, e incluso había encontrado lo que el guardia había indicado, pero no había máquina, no había pasillo, no había nada. Mi estómago rugía con furia y yo atascado ahí, sin hacer nada.

De repente, decidí tomar medidas drásticas. Tenía puesto un traje de baño, después de todo, y solo monedas en el bolsillo. Sin pensarlo dos veces, me arrojé a la fuente y nadé a toda velocidad. ¡La máquina debía estar en alguna parte!

La fuente-río parecía interminable, una especie de amazonas techado. A veces se me unían peces que brillaban con todos los colores del arcoíris. A medida que avanzaba, en vez de acabarse, comenzaba a ampliarse cada vez más. El techo ahora no era un techo, era una pintura renacentista que cambiaba a cada momento. Eran extrañas, mostraban a alguien buscando una máquina de snacks en un hotel de cinco estrellas. Era yo mismo, nadando por el río-fuente, perdiéndome en el infinito. De repente el río se convirtió en el mar, su agua dulce se tornó en sal, y su techo se tornó en sol, en nubes, en cielo azul. Miré hacia atrás y allí estaba el hotel, y todas las personas en la playa, que me miraban como si siempre hubiese estado allí. Nunca supe si había soñado todo eso, pero jamás pude olvidar la sonrisa del guardia que me indicó el camino, y que jamás vi de nuevo en mi estadía.

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