De tormenta en tormenta

Era de noche, pero la luna no podía asomarse entre los nubarrones grises del invierno que anunciaban tormenta. Las gotas de la lluvia en ciernes ya empezaban a mojar el parabrisas, imponiendo su ritmo en las calles vacías, iluminadas apenas por los faroles. Debía llegar rápido, pero algo en el aire disipaba mi prisa… Una premonición, quizás una advertencia, quizás tan solo la brisa cargada de humedad incitando mis sentidos.

Torcí hacia la derecha, y me encontré de repente con compañeros de ruta. Sus luces en mis ojos por una vez se sintieron amigables en su enceguecedor haz. Tomé la pista izquierda, vacía, y aceleré de a poco esperando llegar al semáforo. Una luz amarilla se cruzó rápidamente como un conejo saltando de su madriguera. Era un furgón escolar cruzándose a mi pista, ignorándome a mí y a mi coraza de acero. No pude frenar, y mis intentos por esquivarlo solo me llevaron ligeramente a la derecha. El sonido del choque explotó en mis oídos como una funesta orquesta de metales contrayéndose. El airbag chocó contra mis ojos, mis anteojos volando hacía el cielo en dirección desconocida. Por un segundo solo vi blanco. Por un segundo estaba muerto. Sin pensamientos, sin calor, sin el airbag acolchonando mi cara con su particular olor a plástico quemado, sin el dolor de mi pierna que se había golpeado contra algo. Cuando abrí los ojos, el dolor y los pensamientos volviendo rápido a mi mente, solo pude ver el auto destruido por el frente mojándose con la lluvia. En la lejanía sonó un rayo. Así viajé de tormenta en tormenta.

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