Pequeñas historias

Es un cliché. Lo sé y lo admito. Pero en cada lugar hay una historia, algo que quizás podría ser un cuento, algo valioso, una pieza de algo invisible y profundo que se esconde entre las garras de nuestra normalidad. Ayer me pasó algo que podría contar como eso:

Estaba comprando en uno de esos pequeños strip malls que tienen un poco de todo cuando me encontré con un perro enfrente de una tienda de verduras, de esas típicas de barrio. El collar y el plato del perro indicaban que era la mascota del lugar, y su gran tamaño (en especial el de su barriga) me decía que no tenía una vida llena de infelicidades, sino más bien lo contrario. Pero había algo en la mirada del perro, una especie de calma reflexión mezclada con nostalgia, como si estuviese pensando en la juventud ágil y llena de peligros que podría haber vivido, ahora que descansaba bien cómodo en frente de los que eran sus dueños. Una añoranza, quizás, de opciones que podría haber tomado. Quizás son mis ojos los reflejados en el perro, mis decisiones, mi propia vida. O quizás no había nada, solo un momento en el tiempo entre los miles de otros que pasaron y pasarán.

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