Conocer a mi abuelo

No conocí demasiado a mi abuelo. Recuerdo que sus palabras eran ásperas y sus acciones bruscas y sin posibilidad de discusión. Cuando tenía nueve años me apostó diez mil pesos que no podía escribir el año en el que estábamos en números romanos. Me tomó treinta minutos, pero lo logré. A pesar de los ruegos de mis padres sacó los diez mil de su billetera y me los entregó. Guardé el billete en mi cajón como un gran tesoro, pero cuando recordé revisarlo de nuevo, cuando ya había muerto, ya no estaba. Siempre con la última palabra, abuelo.

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