Rebotes


Una vibración se repite en mi bolsillo, día tras día, noche tras noche. Su sonido, medio apagado pero audible, me hace sentir un golpe de anticipación que mi mente racional rechaza con una advertencia, pero mi pulso la acepta siempre, y siempre se lleva la misma decepción. Con un gesto que no tiene nada de opulento, saco el celular del bolsillo y lo enciendo con dos movimientos de los dedos, fácil y conocido, un gesto tan practicado como el de abrir una puerta y apagar una luz, como levantarse de la cama con cualquiera de los pies, como bostezar o comer algo. La luz de la pantalla se enciende, como siempre, y mis dedos me guían a lo que busco. Una mirada, mi pulso es normal y mi decepción es aparente: no se pudo enviar un mensaje, un mensaje de hace años, un mensaje que nada vale, un mensaje que no puedo parar, que se repite innumerables veces durante el día.

En realidad, no hay ningún mensaje nuevo. Nunca lo ha habido, solo la repetición mecánica de una orden incumplible. Soy un hombre sólo que maneja un celular.

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