El Borrachín

Reconocí de inmediato su hedor a alcohol. Su presencia, tambaleante, ya era más que suficiente evidencia. Quería un libro que no estaba, que era imposible de pedir, pero insistió, con ese énfasis inútil y terco del borracho que no puede callarse, que no quiere callarse. Cuando entró atrás del mesón cruzó el límite, sacando diarios a diestra y siniestra, pregonando que el pagaba los impuestos que me daban mi sueldo, que él había sacado al alcalde con sus votos, que tenía derecho a todo lo que había aquí y más. Cuando al fin sacó un diario para llevárselo se dio cuenta mientras lo sacaba un guardia que tenía poco de rey, y este texto es mi único tributo.

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