Cabeceos

Cuando el cansancio me hace cabecear en esas tardes que parecen eternas (que quizás lo son) algunas conversaciones se me hacen ridículas. Me preguntan que pienso de algo y lo siento como un chiste irrelevante e irrisorio, una ilusión que nada me importa pero que debería importarme, que alguna vez me importó. El dialogo se vuelve de uno, y yo una pared de concreto, plana, gris, aburrida, solo tomando los rebotes y olvidando que alguna vez algo chocó conmigo. Lo importante se vuelve simple, lo simple se vuelve un vacío, y ese vacío amenaza con consumir mi conciencia.

Cabeceo, si, sin malas intenciones pero sin ser buenas tampoco, perdido en ensoñaciones que poco significan, y las preguntas aparecen lejanas, inalcanzables, demasiado complejas y demasiado simples. El cabeceo se convierte en asentimiento, el asentimiento es indoloro e inexpugnable. Me vuelvo despreciable, un oído que escucha pero que es en verdad sordo, un indolente, un lejano, infinitamente extranjero a los demás, a sus opiniones, a todo.

“Si, muy interesante…”

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