Fuentes

Llega en la tarde con sus bolsas llenas de otras bolsas llenas de cartón que usa para llenar su asiento, sus manos, su cuerpo entero. Los cartones le protegen, quién sabe de qué, quizás de gérmenes, de suciedad, quizás de sí mismo, quizás de nosotros, de todos o de ninguno. Siempre cubre el mismo ritual: me desea buenas tardes y pide “El Mercurio” con voz un poco más fuerte que la que se escucha normalmente en la biblioteca, un tono más retumbante, un pedido quizás un poco más desesperado. Sus anteojos tan gruesos como la pared de un edificio de concreto pero menos trasparentes no le evitan su lectura pero le hacen acercarse al diario como un investigador a una pista, como si quisiera tragarlo con los ojos, consumirlo y hacerlo parte de él.

Cuando termina al fin de leer y guarda todo su cartón en todas sus bolsas menciona su apellido casi con orgullo para que le entreguemos el carnet y buenas noches, buenas noches a usted también. Al alejarse por la puerta de entrada se pierde en la noche otro personaje.

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