Soledad Regalada

Solo ahora comprendo la soledad que he regalado tantas veces, que he dado a ciegas y sin conocimiento, pero la falta de conocimiento es también un pecado. La soledad por omisión, por flojera: “No puedo ir a verte porque estoy ocupado, no me da el tiempo ni las obligaciones. Disculpa” Disculpado, pero culpable. Es imposible no poder hacerse el tiempo, pero si es posible convencernos a nosotros mismos de ello.

Es una soledad oculta bajo un escritorio en un cubículo solitario, una soledad escondida en el mesón del funcionario público que solo dialoga con sus clientes, la soledad de un moribundo que no sabe que lentamente muere, que no espera visitas porque nunca han llegado. Soledad rodeada de gente o solitaria, soledad de timbres y sonidos burocráticos, soledad del que camina de noche acompañado de la cuidad dormida que solo comparten los taxis y los borrachos de semana. Ahora que la siento, también sé que la he dado.

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