El historiador

El historiador llega todas las tardes con su blanca cabellera y sus ojos todavía azules, pálidos como un río al principio del mundo, penetrantes como una bala cierta  en el corazón del enemigo. Sus páginas fueron mudadas por una gabardina azul, su feliz movimiento por una cojera en la pierna izquierda que porta como herida de guerra.

Siempre sigue la misma rutina: las escaleras que su pierna hacen parecer interminables, un café de máquina al lado del mesón, el baño al fondo a la izquierda, siempre al fondo a la izquierda. Cuando cumple su viaje, sonríe satisfecho: a pesar de su vejez todavía se mueve, todavía explora la rutina con esfuerzo casi sobrehumano. A veces las fuerzas no le dan, y debe conformarse con quedarse abajo, leer el diario de siempre. Algo se pierde cuando esto pasa: se ve en sus ojos la conciencia del tiempo inexpugnable, de la muerte incierta pero quizás cercana que siempre acecha.

Hoy no pudo subir, pero me observa aprovechando el tiempo libre en tomar un poco de mi bebida. Cuando termino, sonríe y me cuenta una historia: la bebida siempre es más sabrosa cuando es pequeña. Al principio solo se vendió así, para que nunca fuera suficiente, para que siempre tomáramos más de una. “La coca cola fue la primera empresa en hacerlo”, me confiesa, como contando un secreto, “y ahora todas las demás empresas hacen lo mismo. Así es la publicidad.” No puedo dejar de asentirle. Con un “buenas noches”, se despide, y yo me quedo sentado esperando, expectante, su próxima historia.

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