Las escaleras

Nunca pensé que vería de nuevo estas escaleras que tanto pisé en mi juventud. Los escalones llevaban a una cueva, a una base secreta, a un bosque infinito. Según mis padres, tan solo era un sótano. Pero era mi sótano, la cueva donde mi imaginación podría extenderse hasta el infinito, donde me encontré mis compañeros de aventura en mi soledad.
Un gran terremoto derribó la casa que albergaba ese refugio, y tuve que crecer sin sus bondades por años. Y así pasaron los años, hasta la muerte súbita de mis padres debido a un derrame cerebral que los fulminó casi al mismo tiempo. Ambos no eran demasiado ricos, así que lo único de valor que pudieron dejarme, siendo hijo único, fue ese terreno. Dolido, decidí verlo luego del funeral, esperando quizás encontrar un recuerdo atascado en las paredes de esa antigua casa.
De la casa quedaba poco y nada, pero pronto me di cuenta que las escaleras seguían allí. Cada escalón me recordó sus nombres. Primero vi a Nico, el bajo, el niño que siempre debía proteger en nuestras aventuras, el que siempre caía en todas las trampas. Parado en el primer escalón, me dirigió una sonrisa triste. A mí alrededor, todo se veía verde, como un gran bosque. Admirado, di otro paso y me encontré frente a Felipe, el líder, el consejero, con su mirada siempre fiera y sus ojos verde musgo. Detecté en ellos la seña de lágrimas por salir. A mi alrededor vi el espacio exterior y sus planetas, naves espaciales rodeándome. Di el paso final antes de llegar a la puerta, y frente a ella me esperaba Diego, el fuerte. Siempre lanzándose al peligro sin pensarlo dos veces, el mejor amigo de todos, pero también el de peor temperamento. Su furia era tan rápida como corta. Me sonreía, pero a medias, como si fuera todo lo que pudiera hacer. A mí alrededor se veía la sala de un castillo iluminado por antorchas. Lentamente, toqué el pomo oxidado de la puerta que llevaba al sótano. Cerrándome el paso, mis tres amigos me esperaban. Los tres agitaron la cabeza, tristemente. Entendí que ya no podía pasar. Todos me ofrecieron su mano, y las juntamos en un gesto de amistad. Al tocarla, fui bombardeado de todos mis juegos infantiles, de todas mis aventuras. Las imágenes desaparecieron tan rápido como aparecieron, sin embargo, y pronto me vi solo, parado en lo que quedaba de una escalera derruida que no llevaba a ninguna parte. Con lágrimas en los ojos, le dije adiós para siempre a mi niñez. 

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