Sobre los juegos y el tiempo

El tiempo, para bien o para mal, avanza, y con él cambiamos. En su paso inexorable se lleva muchas cosas: la juventud, la inocencia, un estado de la imaginación salvaje y expansivo, que se limita a medida que nos acostumbramos a las leyes del mundo, y las tomamos por ciertas. Mientras más tiempo pasa, más nos parecen lo real, cuando lo cierto es que nuestros sentidos nos engañan, son inexactos, y nuestro conocimiento es general e impreciso. Esa falta de precisión, sin embargo, incentiva la creación imaginativa, y permite imaginar respuestas imposibles a los conflictos del mundo.

Cuando un niño juega un juego de video, por ejemplo, su concepción del tiempo es distinta significativamente a la de un adulto: para él, los días son largos. Horas y horas en las que las responsabilidades todavía no afectan por completo hacen que el tiempo se sienta menos valioso, y casi infinito. Esto permite, sin duda, que el niño se concentre por mucho tiempo en un juego, sin importar lo poco productivo en un mundo “real” enfocado en la eficiencia y en la producción. Cuando no entiende algo que se le da a entender, la imaginación rellena los huecos, y el mundo que ve en el juego se ve infinito. La falta de conocimiento incentiva la imaginación, y nos impulsa a inventar historias distintas, a incluir nuestro propio mundo en el que se nos muestra. Un juego para un niño no es solo los datos, porque se vuelca el mismo en el juego. A medida que crece y descubre ciertas leyes que avanzan el juego (si me muevo aquí, esquivo al malo y puedo avanzar), estas reglas reemplazan las inventadas por el, porque funcionan. Con la experiencia, y si jugamos muchos juegos, encontraremos un patrón, que se aplica a todos los juegos de un mismo género, o de un mismo eje temático. Nuestra mente, ademas, se dará cuenta que el tiempo que usamos en los juegos es para efectos prácticos “tiempo perdido”, y a medida de que nos acerquemos a la adultez el mundo nos va a exigir que lo usemos para poder costear nuestra existencia.

Poco a poco, y al darnos cuenta de los patrones, buscaremos variedad. Pronto, sin embargo, llegaremos a un limite: hay un numero limitado de mecánicas, de hacer las cosas, y el interés que teníamos en los juegos va a cambiar. Hay algo positivo en esto, sin embargo: es posible encontrar los patrones, y disfrutar de estos encuentros. Descubrir lo que viene en una trama, por ejemplo, aplicando nuestros conocimientos de juegos anteriores, tiene su propio valor intrínseco.

Es demasiado fácil quejarse de lo nuevo tomando como base lo viejo, lo que conocimos de niños. Pero esa mirada no es objetiva: cuando recordamos a ese pasado, también recordamos lo que nosotros mismos le pusimos al juego, olvidándonos de mirar lo nuevo que podemos agregarle. Los tintes rosa son poco objetivos, y a veces nos evitan mirar bien el presente.

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