Sobre el movimiento

Los romanos, cuando recién comenzaban a constituirse como una sociedad, eran animistas: adoraban a los espíritus de sus antepasados. Estos eran representados en el fuego, llamado “foedus”, que ardía siempre en medio de sus viviendas. Mientras estuviese prendido, la mirada atenta de los parientes ya muertos vigilaba su camino. Me gustaría pensar que la luz que producía ese fuego encapsulaba todo el territorio que habitaban, marcando informalmente sus límites. La oscuridad, afuera, marca lo distinto, lo oscuro, pero también lo mágico. Lo oscuro asusta, es impredecible e incontrolable, y salir a ello es una labor difícil y tiránica. De esa salida vienen todos los mitos del hombre: el héroe que vence un mal más grande que él mismo, que libera el mundo de un mal. Y es por una buena razón que la oscuridad se asocia con el mal: ambas causan terror. 

Salir a la oscuridad es mucho más difícil cuando se está cómodo, cuando el movimiento trae beneficios inciertos junto con problemas imposibles de predecir, y la quietud trae la seguridad del “foedus”, la protección infinita de lo conocido, de las murallas que nuestros ojos han visto tantas veces. Sin salir, sin embargo, no hay creación, no hay experimento. Nos anclamos en nosotros mismos, y el mundo se mantiene igual. El cambio requiere riesgo, que pongamos los pies en lo desconocido, tragando el miedo como un mal jarabe que, al final, nos curará de la tos.

Aun así, debo admitir que tengo miedo.

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