Bajo la Luz (Parte I)

Parece cliché, pero todo es cosa de perspectiva, y esta cambia, a veces muy lentamente, sin que nos demos cuenta. A veces cambia tanto, que recordamos algo que no es.

Hace tiempo, tan atrás que solo quedan fragmentos, había un farol en un terreno enorme, lleno de pasto. Solo aparecía algunas noches de verano, cuando las estrellas parecían más cerca, cuando la luna simulaba eclipsar al sol. Debajo de ese farol, nada. Debajo de ese farol, alguien.

Solo yo podía verlo. Para los demás, era tan solo un pasillo atrás del edificio, una delgada línea de tierra baldía. Pero mis ojos de niño veían todo grande, veían la luz invisible del centro, veían a alguien esperar bajo el farol. Me cuesta admitirlo ahora, pero tenía la secreta esperanza de que me estuviera esperando a mí.

Oculto (Parte I)

Hay algo que se esconde, que se arrastra, en los rincones ocultos de nuestra mente. Se camufla entre las sombras, y solo sale cuando los pensamientos se tornan oscuros. Es ahí cuando está libre, cuando sus susurros empiezan a llenar nuestros oídos.

Y son solo susurros, al principio. Palabras vacías, pero hirientes. Un comentario crítico, una risa cruel, un error expandido hasta el infinito. Pronto, la voz empieza a colarse entre lo que creíamos que eran nuestros pensamientos. Y los rellena. Agrega paréntesis. Cambia el sentido. Amplifica cada error. Destruye todo lo positivo.

Las sombras se extienden. Pronto ocupan más espacio que la luz. Y lo que se esconde ya no se esconde, somos nosotros los que nos escondemos. Lo que alguna vez éramos se pierde entre las tinieblas.

Templario por un día

Los momentos felices de mi adolescencia se sienten como otra vida, como algo que no me pertenece. Están tan lejos que son difusos, que parecen humo. Es por eso que debo recordarlos, porque pueden perderse, porque puede que el humo se disipe. Justamente ahora me asalta uno, y siento que debo contarlo.

Debo haber tenido 15 años. Era semana de alianzas en mi colegio, y uno de los concursos era de disfraces y yo, yo quería ganarlo. Mi madre, con mucho más esfuerzo del que pude apreciar en ese tiempo, me consiguió el mejor disfraz posible, en mis ojos jóvenes: una túnica de templario, adornada con una cruz roja. Era perfecto. Ahora si solo tuviera una espada y un escudo…

A pesar de no poder conseguir lo que buscaba, la llegada al colegio fue, por una vez, feliz. No podía esperar a mostrar mi disfraz; a sentir que, por una vez, iba a ser mí día. Y lo fue, al menos para mis ojos jóvenes. Mis amigos elogiaron mi disfraz, y yo sentía que todo el mundo me miraba con admiración. En esos días, no conocía la envidia.

Las cosas cambiaron cuando me lo encontré a él. Estaba un curso abajo del mío, pero habíamos conversado antes, así que lo saludé, y no pude evitar notar que, a pesar de no tener disfraz, llevaba una espada y un escudo. Eran reales, de metal, tan reales que parecían falsos. Era todo lo que me faltaba.

Él me dijo que su papá coleccionaba espadas y escudos, que se los había prestado para el concurso, pero que, sin un buen disfraz, le era imposible ganar. Y como por milagro, ambos estábamos en el mismo equipo. En un acto de generosidad, me prestó ambos implementos. Y con ello, fui templario por un día.

El resto del día es difuso, se pierde en la niebla de la memoria. Se que ganamos el concurso, que recorrí el colegio con mi disfraz y me pidieron que parara porque asustaba a los niños más chicos. Qué ese día finalmente terminó, como todos los días, a pesar de mis ruegos. Y qué el siguiente día todo volvió a la normalidad, y la gloria de ese día pareció disiparse. Pero, en mi corazón, todavía queda algo de ella.

Algo que decir

Hay tantas cosas que quiero decir, pero no puedo. Algunas no pueden ser escritas, y solo pertenecen a quien debe escucharlas. Otras son fríos secretos, conocimiento prohibido que solo puede arruinarme a mi mismo. Unas pocas son silencios llenados por años, un eco infinito donde no debería haber eco, una cama de palabras donde no debería haber palabras.

Hay tantas cosas que quiero decir, pero no debo. Mi silencio fue comprado con confianzas, con favores, con miedos, y decirlas me hace responsable de un odio que no es mío, sino de muchos. ¿De qué me sirve rasgar las paredes de una confianza implícita? De mucho, al parecer, porque las palabras roen las paredes, forman un atasque de palabras donde no debería haber palabras.

Hay tantas cosas que quiero decir, y solo pienso. Mi mente es un pasillo largo, donde las palabras se archivan en rincones infinitos. Olvido tanto como recuerdo, recuerdo menos de lo que vivo. En el pasillo, infinitas puertas. En las puertas, infinitos caminos. Caminos que se extienden, pero que no recorro. Caminos que se bifurcan, pero que no conozco, una ruta donde no debería haber palabras.  

Falsa prisión

Estoy atrapado en mi propia cabeza. Reflexiono y pienso. Argumento y cuestiono. Mil probabilidades, diez mil caminos a seguir, un millón de esperanzas que se diluyen en el miedo. Miedo, si, porque pensar es mucho más fácil que actuar, porque dar vueltas en circulo es mucho menos peligroso que poner las manos al fuego.

Estoy atrapado en mi propia cabeza. A través de mis ojos, solo puedo ver mis brazos temblorosos, mis piernas que no se mueven, mis ideas que fluyen hasta el infinito. Ideas, si, porque solo son ideas, fragmentos de un plan que nunca va a realizarse, la comodidad dolorosa de un enfermo que convalece, la emoción fatal del que entra por primera vez a un laberinto sin salida.

Estoy atrapado en mi propia cabeza. Mis respiración se siente como la de otro, mi cuerpo es como una maquina sin un piloto, abandonada a su suerte en un rincón oscuro. Abandonada, si, porque el cuerpo no existe sin la mente, y la mente no existe sin el cuerpo. Pensar no es suficiente para cambiar la suerte, para cambiar el mundo, para cambiarme a mí mismo.

Estoy atrapado en mi propia cabeza. A veces golpeo contra los bordes, y se siente como si algo fuera a cambiar. Muevo mi cuerpo, tomo los controles, empiezo a forjar mi propio destino. Destino, si, porque si se deja todo a la suerte no existe más que destino, una realidad predicha de la que no se puede escapar. Quiero romperlo, pero me aprisiono. Quiero salir, pero me atrapo.

Estoy atrapado en mi propia cabeza. Pero estoy dispuesto a romper mis propias cadenas. Mis cadenas, si, porque yo mismo me las puse, y yo mismo debo eliminarlas. Del pensamiento, a la acción. De la acción, al riesgo. Del riesgo, recompensa.

De donde viene

Lo que al principio partió como rabia se convierte rápidamente en tristeza, en decepción. Porque muchas de las veces la rabia viene de un problema con uno mismo, de una aspereza que limar, de algo que esperamos que sea, pero no lo es.  

Después de que la rabia explota, cuando sus consecuencias ya son irreparables, me pregunto de donde viene, cual es su origen. Obviamente, no toda rabia es igual. A veces es frustración, que explota en olas. Otras es indignación, fuego incandescente que quema hasta los huesos. Excepcionalmente, es tristeza convertida en rabia, es saber que se tiene la culpa, pero no saber cómo resolverlo, así que nos autodestruimos. Tantas formas, tantas razones.

Odio mi rabia. Me gustaría que no existiera. Ser como el hielo, congelar la sangre en mis venas, tomar todo con la calma de un monje. Pero la rabia es mia. De donde viene, me pregunto, de donde viene.

Venthdell Heroes: Una escalada difícil

El viaje había sido largo. La montaña era muy escarpada, y la armadura pesada de Sella la dejaba constantemente en peligro. Le dolía quedarse atrás, depender de la ayuda de los demás cuando estaba acostumbrada a lo contrario. No estaba acostumbrada, además, a los movimientos precisos de un cazador experto como Keiro, quién siempre estaba adelante, dando instrucciones y avisando sobre las dificultades que venían. Sentía admiración, pero no podía evitar, muy dentro suyo, los dolorosos y quemantes ojos de la envidia.

Suspiró con fuerza cuando al fin alcanzaron una de las cimas. Keiro sugirió descansar, después de todo estaban todos cansados, y un lugar donde poder acampar era una rareza en esta altura. Todos estuvieron de acuerdo, aunque Aika solo lo hizo a regañadientes. Ya se habían atrasado un par de días, y no quería dañar la reputación del grupo con el gremio, pero sabía que, a estas alturas, era inevitable.

Las carpas ya estaban listas poco después. Más tarde, con la noche aproximándose, una fogata. Finalmente, oscuridad, y todos durmiendo. Excepto Sella. Se daba vueltas y vueltas, pero el sueño no llegaba. En su mente se repetían todas las veces que había fallado, todas las veces en las que no pudo proteger a alguien. Era inevitable, nadie podía salvar todas la vidas. Pero dolía, como dolía. Odiaba fallar.

Sus recuerdos amenazaban con destaparse. Tenía que distraerse con algo. Decidió salir, quizás respirar el aire nocturno la calmaría.

Él estaba sentado frente a lo que quedaba de la fogata, con los ojos perdidos en el humo. Tenía una daga en sus manos, y jugueteaba con ella. Nunca lo había visto así. Generalmente era decidido, animado, y parecía preparado para cualquier cosa. Excepto… excepto la vez que habían peleado con ese oso. Esa mirada, llena de cansancio. Esos ojos perdidos. Si, lo había visto fugazmente, antes de que se recuperara. Por alguna razón, sintió que alguna vez ella había tenido esa misma mirada.

Se dio cuenta, ante esto, que no conocía bien a Keiro. Era un buen líder, considerado, centrado en proteger a sus aliados, y un buen combatiente. Pero ¿y su pasado? ¿Qué motivaciones lo llevaban a dirigir al grupo? ¿Por qué parecía obsesionado en evitar que alguien resultara herido? Por un segundo, lo sintió parecido a ella.

Se acercó. Keiro reaccionó rápidamente ante el ruido de sus pasos, tomando posición de combate, pero se calmó cuando noto que era ella. Sus ojos recobraron su centro, y en su rostro se esbozó una sonrisa. Él habló primero.

“¿Tampoco puedes dormir? Te entiendo, es difícil acostumbrarse a la presión en las alturas. Puedes sentir que te falta el aire…”

Ella no pudo evitar sonreír de vuelta. “No exactamente. Son más bien recuerdos. Y…” Dijo Sella, mientras se acercaba un poco más “La manera en que manejas esa daga me hace pensar que te pasa lo mismo”

Keiro bajó la mirada. Era cierto. La extrañaba. Marie, la única persona que había podido sacarlo de su estupor, la única que logró que volviera a dirigir a un grupo. La daga era, al mismo tiempo, un ídolo que le daba confianza y un recuerdo de sus errores. Sintió ganas de redirigir la pregunta, o de incluso rechazarla de plano, pero respondió, con una sonrisa triste:

“Si. Esta daga me recuerda a alguien muy importante, me ayuda a entender lo que debo hacer. Perdona que no entre en detalles, ha pasado poco tiempo y…”

Sella sonrió como solo ella sabía hacerlo. Era de esos gestos que te llenaban de esperanza, que te incitaban a seguirla a donde fuera. Como ver el sol directamente sin quemarse los ojos. Keiro apreciaba esa sonrisa. Luego, dijo:

“Creo que ahora te entiendo mejor, Keiro. Somos más parecidos de lo que creía. Eres tan capaz, conoces tantas cosas que yo ni siquiera comienzo a entender. Sin embargo, también llevas tu pasado en la espalda. Quizás todos lo hacemos.”

Keiro no pudo evitar que su tristeza se dispersara. ¿Ella, la persona más optimista que alguna vez había visto cargaba con un peso similar? Si, tenía razón. Respondió:

“Que difícil es entender a los demás. Nada es lo que parece, hay tantas cargas invisibles que no mostramos, o que no queremos mostrar. Gracias, Sella. Me recuerdas que esta daga también tiene recuerdos felices, indispensables, junto a los tristes.”

“No, gracias a ti, Keiro. Tus palabras me dieron el sueño que estaba buscando. Vuelvo a dormir. ¡No te quedes hasta demasiado tarde!”

Sella volvió a su carpa. La envidia, quemante, se había convertido en confianza. A veces era bueno dejarles a otros la responsabilidad, cuando eran capaces. Y sabía que Keiro no estaba dispuesto a fallar.

“Es un mejor líder de lo que él mismo cree”, pensó, cuando el sueño estaba por alcanzarla. Y durmió mejor que nunca, con sueños cargados de recuerdos.