Falsa prisión

Estoy atrapado en mi propia cabeza. Reflexiono y pienso. Argumento y cuestiono. Mil probabilidades, diez mil caminos a seguir, un millón de esperanzas que se diluyen en el miedo. Miedo, si, porque pensar es mucho más fácil que actuar, porque dar vueltas en circulo es mucho menos peligroso que poner las manos al fuego.

Estoy atrapado en mi propia cabeza. A través de mis ojos, solo puedo ver mis brazos temblorosos, mis piernas que no se mueven, mis ideas que fluyen hasta el infinito. Ideas, si, porque solo son ideas, fragmentos de un plan que nunca va a realizarse, la comodidad dolorosa de un enfermo que convalece, la emoción fatal del que entra por primera vez a un laberinto sin salida.

Estoy atrapado en mi propia cabeza. Mis respiración se siente como la de otro, mi cuerpo es como una maquina sin un piloto, abandonada a su suerte en un rincón oscuro. Abandonada, si, porque el cuerpo no existe sin la mente, y la mente no existe sin el cuerpo. Pensar no es suficiente para cambiar la suerte, para cambiar el mundo, para cambiarme a mí mismo.

Estoy atrapado en mi propia cabeza. A veces golpeo contra los bordes, y se siente como si algo fuera a cambiar. Muevo mi cuerpo, tomo los controles, empiezo a forjar mi propio destino. Destino, si, porque si se deja todo a la suerte no existe más que destino, una realidad predicha de la que no se puede escapar. Quiero romperlo, pero me aprisiono. Quiero salir, pero me atrapo.

Estoy atrapado en mi propia cabeza. Pero estoy dispuesto a romper mis propias cadenas. Mis cadenas, si, porque yo mismo me las puse, y yo mismo debo eliminarlas. Del pensamiento, a la acción. De la acción, al riesgo. Del riesgo, recompensa.

De donde viene

Lo que al principio partió como rabia se convierte rápidamente en tristeza, en decepción. Porque muchas de las veces la rabia viene de un problema con uno mismo, de una aspereza que limar, de algo que esperamos que sea, pero no lo es.  

Después de que la rabia explota, cuando sus consecuencias ya son irreparables, me pregunto de donde viene, cual es su origen. Obviamente, no toda rabia es igual. A veces es frustración, que explota en olas. Otras es indignación, fuego incandescente que quema hasta los huesos. Excepcionalmente, es tristeza convertida en rabia, es saber que se tiene la culpa, pero no saber cómo resolverlo, así que nos autodestruimos. Tantas formas, tantas razones.

Odio mi rabia. Me gustaría que no existiera. Ser como el hielo, congelar la sangre en mis venas, tomar todo con la calma de un monje. Pero la rabia es mia. De donde viene, me pregunto, de donde viene.

Venthdell Heroes: Una escalada difícil

El viaje había sido largo. La montaña era muy escarpada, y la armadura pesada de Sella la dejaba constantemente en peligro. Le dolía quedarse atrás, depender de la ayuda de los demás cuando estaba acostumbrada a lo contrario. No estaba acostumbrada, además, a los movimientos precisos de un cazador experto como Keiro, quién siempre estaba adelante, dando instrucciones y avisando sobre las dificultades que venían. Sentía admiración, pero no podía evitar, muy dentro suyo, los dolorosos y quemantes ojos de la envidia.

Suspiró con fuerza cuando al fin alcanzaron una de las cimas. Keiro sugirió descansar, después de todo estaban todos cansados, y un lugar donde poder acampar era una rareza en esta altura. Todos estuvieron de acuerdo, aunque Aika solo lo hizo a regañadientes. Ya se habían atrasado un par de días, y no quería dañar la reputación del grupo con el gremio, pero sabía que, a estas alturas, era inevitable.

Las carpas ya estaban listas poco después. Más tarde, con la noche aproximándose, una fogata. Finalmente, oscuridad, y todos durmiendo. Excepto Sella. Se daba vueltas y vueltas, pero el sueño no llegaba. En su mente se repetían todas las veces que había fallado, todas las veces en las que no pudo proteger a alguien. Era inevitable, nadie podía salvar todas la vidas. Pero dolía, como dolía. Odiaba fallar.

Sus recuerdos amenazaban con destaparse. Tenía que distraerse con algo. Decidió salir, quizás respirar el aire nocturno la calmaría.

Él estaba sentado frente a lo que quedaba de la fogata, con los ojos perdidos en el humo. Tenía una daga en sus manos, y jugueteaba con ella. Nunca lo había visto así. Generalmente era decidido, animado, y parecía preparado para cualquier cosa. Excepto… excepto la vez que habían peleado con ese oso. Esa mirada, llena de cansancio. Esos ojos perdidos. Si, lo había visto fugazmente, antes de que se recuperara. Por alguna razón, sintió que alguna vez ella había tenido esa misma mirada.

Se dio cuenta, ante esto, que no conocía bien a Keiro. Era un buen líder, considerado, centrado en proteger a sus aliados, y un buen combatiente. Pero ¿y su pasado? ¿Qué motivaciones lo llevaban a dirigir al grupo? ¿Por qué parecía obsesionado en evitar que alguien resultara herido? Por un segundo, lo sintió parecido a ella.

Se acercó. Keiro reaccionó rápidamente ante el ruido de sus pasos, tomando posición de combate, pero se calmó cuando noto que era ella. Sus ojos recobraron su centro, y en su rostro se esbozó una sonrisa. Él habló primero.

“¿Tampoco puedes dormir? Te entiendo, es difícil acostumbrarse a la presión en las alturas. Puedes sentir que te falta el aire…”

Ella no pudo evitar sonreír de vuelta. “No exactamente. Son más bien recuerdos. Y…” Dijo Sella, mientras se acercaba un poco más “La manera en que manejas esa daga me hace pensar que te pasa lo mismo”

Keiro bajó la mirada. Era cierto. La extrañaba. Marie, la única persona que había podido sacarlo de su estupor, la única que logró que volviera a dirigir a un grupo. La daga era, al mismo tiempo, un ídolo que le daba confianza y un recuerdo de sus errores. Sintió ganas de redirigir la pregunta, o de incluso rechazarla de plano, pero respondió, con una sonrisa triste:

“Si. Esta daga me recuerda a alguien muy importante, me ayuda a entender lo que debo hacer. Perdona que no entre en detalles, ha pasado poco tiempo y…”

Sella sonrió como solo ella sabía hacerlo. Era de esos gestos que te llenaban de esperanza, que te incitaban a seguirla a donde fuera. Como ver el sol directamente sin quemarse los ojos. Keiro apreciaba esa sonrisa. Luego, dijo:

“Creo que ahora te entiendo mejor, Keiro. Somos más parecidos de lo que creía. Eres tan capaz, conoces tantas cosas que yo ni siquiera comienzo a entender. Sin embargo, también llevas tu pasado en la espalda. Quizás todos lo hacemos.”

Keiro no pudo evitar que su tristeza se dispersara. ¿Ella, la persona más optimista que alguna vez había visto cargaba con un peso similar? Si, tenía razón. Respondió:

“Que difícil es entender a los demás. Nada es lo que parece, hay tantas cargas invisibles que no mostramos, o que no queremos mostrar. Gracias, Sella. Me recuerdas que esta daga también tiene recuerdos felices, indispensables, junto a los tristes.”

“No, gracias a ti, Keiro. Tus palabras me dieron el sueño que estaba buscando. Vuelvo a dormir. ¡No te quedes hasta demasiado tarde!”

Sella volvió a su carpa. La envidia, quemante, se había convertido en confianza. A veces era bueno dejarles a otros la responsabilidad, cuando eran capaces. Y sabía que Keiro no estaba dispuesto a fallar.

“Es un mejor líder de lo que él mismo cree”, pensó, cuando el sueño estaba por alcanzarla. Y durmió mejor que nunca, con sueños cargados de recuerdos.  

Desaparición (Historia completa)

I

Estaba atrapado en un ciclo. Dormir de día, trabajar de noche cuidando una bodega que nadie visitaba, luego un retorno vacío al amanecer. Forzado, como estaba, a seguir en esta situación, los libros se convirtieron en la mejor distracción. Sabía que estaba siendo negligente, pero no me importaba. Mi trabajo era una solución parche, un agujero que cualquiera podía llenar. Mi único consuelo, lo único que me mantenía en vilo, era observar la luna brillando entre las nubes, y luego observar como desaparecía, lentamente, cuando el velo de la noche se descorría, cuando el sol retornaba a sus dominios.

Todo cambió un día de invierno. Temblaba de frío en la cabina, a pesar de mi ropa gruesa y el pequeño calefactor, que hacía su mejor esfuerzo. Había acabado mi último libro, y las cámaras, como siempre, no mostraban a nadie. Por la pequeña que tenía en frente, miré al cielo, pensando en distraerme con la luna. Debería estar llena hoy, todo un espectáculo. Pero no vi nada. Solo el cielo y unas cuantas estrellas. No había luna.

No podía abandonar mi puesto, incluso ante algo tan extraño como eso. Las cámaras me verían, y necesitaba el trabajo. Debía esperar, pasar el tiempo del turno, lo que me costó más que en ninguna otra ocasión. Cuando salí, me di cuenta de que no tenía ningún recurso para buscar mi luna. Utilicé mi celular y busqué noticias, seguro ya había alguna investigación. Pero nada. De hecho, decían que era la luna más brillante que había habido en quince años. Y yo, yo no podía verla.

II

Dos semanas después de que dejé de ver la luna, ya había descartado todas mis opciones. Cada persona a la que le había preguntado la veía perfectamente, y no había nada mal con mis ojos. Era como si se escondiera solo de mí. Los turnos ahora eran mucho más tristes, mucho más largos. La lectura no me distraía, y mis ojos veían sin observar a las cámaras, que de nuevo no mostraban nada.

Espera, había luz en algunas de ellas, luz que provenía del cielo, luz que tenía que venir de la luna. No podía mover las cámaras, no podía salir a mirarlas. Estaba atrapado en mi cubículo, atrapado en mi trabajo, atrapado en una pausa eterna, en una espera irrompible, en una noche sin luna. Y ni siquiera podía salir a buscarla.

Desesperado, salí. Desesperado, si, dejando atrás toda esperanza de mantener mi trabajo. Afuera, la oscuridad teñida en luz de plata. La luna estaba ahí. Como si nunca se hubiera ido.

Desaparición (Parte I)

Estaba atrapado en un ciclo. Dormir de día, trabajar de noche cuidando una bodega que nadie visitaba, luego un retorno vacío al amanecer. Forzado, como estaba, a seguir en esta situación, los libros se convirtieron en la mejor distracción. Sabía que estaba siendo negligente, pero no me importaba. Mi trabajo era una solución parche, un agujero que cualquiera podía llenar. Mi único consuelo, lo único que me mantenía en vilo, era observar la luna brillando entre las nubes, y luego observar como desaparecía, lentamente, cuando el velo de la noche se descorría, cuando el sol retornaba a sus dominios.

Todo cambió un frío día de invierno. Temblaba de frío en la cabina, a pesar de mi ropa gruesa y el pequeño calefactor, que hacía su mejor esfuerzo. Había acabado mi último libro, y las cámaras, como siempre, no mostraban a nadie. Por la pequeña que tenía en frente, miré al cielo, pensando en distraerme con la luna. Debería estar llena hoy, todo un espectáculo. Pero no vi nada. Solo el cielo y unas cuantas estrellas. No había luna.

No podía abandonar mi puesto, incluso ante algo tan extraño como eso. Las cámaras me verían, y necesitaba el trabajo. Debía esperar, pasar el tiempo del turno, lo que me costó más que en ninguna otra ocasión. Cuando salí, me di cuenta de que no tenía ningún recurso para buscar mi luna. Utilicé mi celular y busqué noticias, seguro ya había alguna investigación. Pero nada. De hecho, decían que era la luna más brillante que había habido en quince años. Y yo, yo no podía verla.

La torre (historia completa)

I

La feria estaba repleta. Era el último día, después de todo. Mañana irían a otra ciudad, o quizás otro pueblo, y solo quedaría el recuerdo. Era una última oportunidad. Y yo estaba ahí, lamentando haber asistido.

Hasta ahora, solo había perdido el tiempo dando vueltas. La mayoría de las carpas que quería visitar tenían filas que rodeaban toda la feria, y no quería estar parado por horas ante el sol asesino del verano. Hasta que la vi, una carpa de tela oscura, escondida en una esquina. No tenía fila. De hecho, parecía como si la gente la evitara. Pensé en hacer lo mismo, pero había pagado buen dinero por la entrada, y, ¡maldición!, no podía irme sin al menos haber visitado algo.

Decidí entrar, tragándome mis miramientos. La carpa era oscura, y olía a algo dulce pero indistinguible, a nostalgia, tal vez, o a un recuerdo perdido. O simplemente a incienso. La adivina (o eso parecía) estaba sentada de piernas cruzadas ante una mesa cubierta por un mantel violeta, y rodeada de velas con múltiples diseños. Algunas eran altas, con estantes de cobre. Otras estaban colgadas del techo a través de cuerdas. Otras eran del estilo barroco, y tenían formas indistinguibles.

Quizás algo intimidado por la luz, paré por un segundo. Ella me miró, una sonrisa marcada en sus labios. Su rostro era imposible de escrutar, y no estaba seguro si tenía veinte o sesenta años. Sus ojos, del mismo color del mantel, parecían los de una persona que había vivido muchísimo. Con tono bajo, casi como si fuera un susurro, me dijo “siéntate”.

En el suelo había varios cojines. Me senté en uno de ellos, lentamente. Ella sacó un mazo de cartas, y las puso sobre la mesa. En silenció, lo barajó, y el sonido de las cartas hizo eco en la carpa. Parecía como si ese fuera el único sonido, lo único que tenía que sonar. Luego, con gracia infinita, sacó cinco cartas del mazo en un orden que parecía al azar y las puso sobre la mesa.

“Elige una carta”

Sentí que la que eligiera determinaría mi destino, como si cada una de ellas fuera una puerta hacía un futuro distinto. Mis manos se sentían pesadas, pero tomé una de ellas.

“No la mires, y entrégamela”

Cuando tuvo la carta en sus manos, la adivina cerró sus ojos, y devolvió las otras cartas al mazo. Luego, dejó la carta recibida en la mesa, y la dio vuelta.

“Hm… La torre”

Pausó sus movimientos por un momento, y pareció perder su calma, pero pronto volvió a sonreír.

“Ten cuidado con las ruedas de la fortuna. Te traerán algo que no quieres ver.”

Mantuvo su sonrisa, pero había algo forzado en ella ahora, y sus ojos demostraban una profunda tristeza. Luego, con se levantó rápidamente, y me dirigió a la salida.

“Está en tus manos ahora. Buena suerte”

Y con eso, ya estaba afuera.

II

Por alguna razón, mis ojos estaban cerrados. Cuando los abrí, estaba en frente de la carpa… o donde debería estar. Ahora no había nada. La feria seguía repleta, las carpas todavía tenían filas. Pero la de tela oscura, de la que había salido, no estaba.

Quizás solo lo había imaginado, empujado por el sol del verano. Quizás nunca hubo carpa. O quizás la realidad era distinta a lo que creía, y había entrado a algo oculto entremedio, que no vería de nuevo. ¡Ha! Pamplinas. Probablemente era el sol… no, ¡seguro que lo era! Y todavía no había aprovechado mi entrada.

Las filas seguían, pero había una más corta. Y obviamente era la de la rueda de la fortuna. No pude evitar sonreír. ¿Debía seguir los consejos de una alucinación, de un espejismo? ¿Rendirme ante un destino predicho? No. No creo en el destino, lo forjamos nosotros mismos. Subiría a esa rueda, para demostrar que lo que había pasado era irreal, que todo iba a estar bien.

Al menos, eso me dije, pero empecé a sentir miedo cuando la fila comenzó a avanzar. Cada persona que pasaba, que paso que daba, aumentaba una sensación de caer en un abismo, un agujero infinito y oscuro. Cuando pude refrenar ese sentimiento, ya estaba en frente. Pronto sería mi turno. Sentí que, a pesar de todo, ya no podía volver.

Me costó dar el primer paso, pero lo hice. Cuando estaba por entrar, el guía me paró con un gesto y me preguntó si estaba dispuesto a entrar con otra persona. Si no, tendría que esperar. Ya había ido demasiado lejos, así que acepté. Y me encontré con él.

III

“Ten cuidado con las ruedas de la fortuna”, me dijeron “te traerán algo que no quieres ver”, me advirtieron. Pero no esperaba encontrarlo a él. No después de tantos años. Honestamente, prefería un accidente que compartir la cabina con él, con sus ojos cansados, con su cara antipática, que ponía sin querer. Su sorpresa al verme me indicó que el tampoco esperaba encontrarse conmigo. Entre ambos, solo compartimos silencio.

Algo que no quiero ver. Está en mis manos ahora.

Con el abismo invadiendo mi corazón y mi alma, rompí el silencio con la primera palabra. Quizás hay más que oscuridad al final del abismo. Y para entrar en él, es necesario saltar.

La torre (Parte I)

La feria estaba repleta. Era el último día, después de todo. Mañana irían a otra ciudad, o quizás otro pueblo, y solo quedaría el recuerdo. Era una última oportunidad. Y yo estaba ahí, lamentando haber asistido.

Hasta ahora, solo había perdido el tiempo dando vueltas. La mayoría de las carpas que quería visitar tenían filas que rodeaban toda la feria, y no quería estar parado por horas ante el sol asesino del verano. Hasta que la vi, una carpa de tela oscura, escondida en una esquina. No tenía fila. De hecho, parecía como si la gente la evitara. Pensé en hacer lo mismo, pero había pagado buen dinero por la entrada, y, ¡maldición!, no podía irme sin al menos haber visitado algo.

Decidí entrar, tragándome mis miramientos. La carpa era oscura, y olía a algo dulce pero indistinguible, a nostalgia, tal vez, o a un recuerdo perdido. O simplemente a incienso. La adivina (o eso parecía) estaba sentada de piernas cruzadas ante una mesa cubierta por un mantel violeta, y rodeada de velas con múltiples diseños. Algunas eran altas, con estantes de cobre. Otras estaban colgadas del techo a través de cuerdas. Otras eran del estilo barroco, y tenían formas indistinguibles.

Quizás algo intimidado por la luz, paré por un segundo. Ella me miró, una sonrisa marcada en sus labios. Su rostro era imposible de escrutar, y no estaba seguro si tenía veinte o sesenta años. Sus ojos, del mismo color del mantel, parecían los de una persona que había vivido muchísimo. Con tono bajo, casi como si fuera un susurro, me dijo “siéntate”.

En el suelo había varios cojines. Me senté en uno de ellos, lentamente. Ella sacó un mazo de cartas, y las puso sobre la mesa. En silenció, lo barajó, y el sonido de las cartas hizo eco en la carpa. Parecía como si ese fuera el único sonido, lo único que tenía que sonar. Luego, con gracia infinita, sacó cinco cartas del mazo en un orden que parecía al azar y las puso sobre la mesa.

“Elige una carta”

Sentí que la que eligiera determinaría mi destino, como si cada una de ellas fuera una puerta hacía un futuro distinto. Mis manos se sentían pesadas, pero tomé una de ellas.

“No la mires, y entrégamela”

Cuando tuvo la carta en sus manos, la adivina cerró sus ojos, y devolvió las otras cartas al mazo. Luego, dejó la carta recibida en la mesa, y la dio vuelta.

“Hm… La torre”

Pausó sus movimientos por un momento, y pareció perder su calma, pero pronto volvió a sonreír.

“Ten cuidado con las ruedas de la fortuna. Te traerán algo que no quieres ver.”

Mantuvo su sonrisa, pero había algo forzado en ella ahora, y sus ojos demostraban una profunda tristeza. Luego, con se levantó rápidamente, y me dirigió a la salida.

“Está en tus manos ahora. Buena suerte”

Y con eso, ya estaba afuera.