Un consejo (Parte I, II, III, IV, V, VI)

I

“Sé que tienes que irte. No vine a pedirte que te quedes” le dijo, lentamente, y luego tosió con fuerza.

Él lo miró fijamente, y por un segundo pareció que iba a ayudarlo, casi como acto reflejo, pero se controló y frunció el ceño.

“¿Para qué vienes entonces, abuelo?” dijo, algo más fuerte de lo que esperaba. Odiaba no poder controlar sus emociones, odiaba a sus padres por forzarlo, y, quizás como parte de ello, se odiaba a si mismo.

“Lo que quieres hacer es una locura- “comenzó, pero fue interrumpido por quejas. Subiendo el tono, continuó: “Por favor, hijo, espera que termine. Lo que quieres hacer es una locura, sí, pero es una locura que te mereces. Mi intención es…” se pausó, y sus ojos reflejaron mil historias, mil recuerdos, mil decepciones. En unos pocos segundos, pareció encontrar lo que buscaba: “Mi intención es darte un consejo”

Todo en el cuerpo de Pi lo incitaba a correr. Su abuelo era sabio, y tenía mucha más experiencia que él. Si su intención era disuadirlo, quizás podría convencerlo. Y no quería ser convencido.

II

¿Qué importaban los árboles? ¿Qué importaba el arroyo con aguas cristalinas? ¿Qué importaban los arcos del templo, imponentes y rojos? El solo podía ver en blanco y negro, solo podía mirar atrás. El reflejo de sus espadas en la luna, el silencio antes del ataque, el crujido de las ramas rotas, el sonido del metal contra el metal. El rojo de la sangre en el piso, el rojo de la sangre en la espada del enemigo, el rojo que se acumulaba en la espalda de su hermano.

¿Qué importaba el mundo? Él había muerto. ¿Qué importaba todo el entrenamiento? Al final, solo importaba el último corte. Podía ver tan solo dos opciones: la muerte, o venganza.

III

“Escúchame, Pi. No quiero decirte que tienes razón, que el mundo está en tu contra, que nadie entiende lo que dices, que estas completamente solo. Solo quiero que tengas en cuenta esto, porque yo no lo entendí: El único golpe que importa es el último.”

Dicho esto, salió de la habitación, sin esperar respuesta. Pi, ahora, sintió todo el peso de la soledad. ¿Qué significaban esas palabras? ¿Por qué no había querido convencerlo? Faltaba algo. Tenía que faltar algo. Si no, ¿por qué se sentía tan vacío?

En su cabeza no encontró respuesta. Tampoco en la habitación. Bruscamente, salió, buscando el aire nocturno, en sus ojos lágrimas involuntarias, en la suela de sus zapatos el peso de buscar su propio camino.

IV

Se había convencido a si mismo de que al menos se había quedado con él hasta el final. Que al menos había sido testigo de sus últimos momentos. Creía que con eso iba a poder superarlo, que los años serían suficientes para atenuar el dolor, manteniendo el recuerdo. Pero se equivocaba. Su muerte era como una herida de guerra, como perder un brazo, o una mano. Se adaptó a vivir con el dolor, pero todavía sentía sus efectos.

Se dio cuenta, con el tiempo, que el mundo no se pausa con la muerte. El tiempo sigue corriendo, e ignora cualquier queja al respecto. Se había quedado con él hasta el final… pero ¿qué pasaba después? ¿Qué pasaría con su vida?

V

¿Cómo iba a entender ese consejo? El abuelo era sabio, y contaba mil historias. Para Pi, el mundo era pequeño, pero el abuelo hacía parecer que era infinitamente grande. Tan grande, que no podía entender aquel mensaje, ignorante como era.

Obviamente todos los golpes importaban en una pelea, ¿cierto? Al final, la única forma de ganar es golpear más que el oponente. ¿Por qué importaría solo el último golpe, la culminación de tantos otros?

Recordó, súbitamente, que no todas las peleas las ganaba el que golpeaba más veces. Había momentos en que solo un golpe era suficiente, solo uno. ¿Era eso, entonces? ¿O había algo más detrás de sus palabras?

VI

¿Te vas a ir tú, también, como él se fue? ¿Quién soy yo para pararte? Si solo pude verlo morir, si no pude parar a nadie. ¿Que habían importado mis palabras iniciales, mis protestas, mis intentos de convencerlo? Nada, realmente, porque solo importó el último golpe, solo importó el fin, solo importó su muerte. Y ahora, cuando veo la historia repetirse, cuando veo a mi nieto al borde de ese mismo abismo, solo puedo entregarle un consejo, solo puedo explicarle lo que descubrí después de verte pelear, después de verte morir.

Todos estos años, todas estas experiencias, y todo lo que puedo agregar son palabras, rasgar el silencio, y esperar que me escuche, que me entienda, que no se repita tu historia. No quiero verlo morir. No quiero…

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Un consejo (Parte I, II, III, IV y V)

I

“Sé que tienes que irte. No vine a pedirte que te quedes” le dijo, lentamente, y luego tosió con fuerza.

Él lo miró fijamente, y por un segundo pareció que iba a ayudarlo, casi como acto reflejo, pero se controló y frunció el ceño.

“¿Para qué vienes entonces, abuelo?” dijo, algo más fuerte de lo que esperaba. Odiaba no poder controlar sus emociones, odiaba a sus padres por forzarlo, y, quizás como parte de ello, se odiaba a si mismo.

“Lo que quieres hacer es una locura- “comenzó, pero fue interrumpido por quejas. Subiendo el tono, continuó: “Por favor, hijo, espera que termine. Lo que quieres hacer es una locura, si, pero es una locura que te mereces. Mi intención es…” se pausó, y sus ojos reflejaron mil historias, mil recuerdos, mil decepciones. En unos pocos segundos, pareció encontrar lo que buscaba: “Mi intención es darte un consejo”

Todo en el cuerpo de Pi lo incitaba a correr. Su abuelo era sabio, y tenía mucha más experiencia que él. Si su intención era disuadirlo, quizás podría convencerlo. Y no quería ser convencido.

II

¿Qué importaban los árboles? ¿Qué importaba el arroyo con aguas cristalinas? ¿Qué importaban los arcos del templo, imponentes y rojos? El solo podía ver en blanco y negro, solo podía mirar atrás. El reflejo de sus espadas en la luna, el silencio antes del ataque, el crujido de las ramas rotas, el sonido del metal contra el metal. El rojo de la sangre en el piso, el rojo de la sangre en la espada del enemigo, el rojo que se acumulaba en la espalda de su hermano.

¿Qué importaba el mundo? Él había muerto. ¿Qué importaba todo el entrenamiento? Al final, solo importaba el último corte. Podía ver tan solo dos opciones: la muerte, o venganza.

III

“Escúchame, Pi. No quiero decirte que tienes razón, que el mundo está en tu contra, que nadie entiende lo que dices, que estas completamente solo. Solo quiero que tengas en cuenta esto, porque yo no lo entendí: El único golpe que importa es el último.”

Dicho esto, salió de la habitación, sin esperar respuesta. Pi, ahora, sintió todo el peso de la soledad. ¿Qué significaban esas palabras? ¿Por qué no había querido convencerlo? Faltaba algo. Tenía que faltar algo. Si no, ¿por qué se sentía tan vacío?

En su cabeza no encontró respuesta. Tampoco en la habitación. Bruscamente, salió, buscando el aire nocturno, en sus ojos lágrimas involuntarias, en la suela de sus zapatos el peso de buscar su propio camino.

IV

Se había convencido a si mismo de que al menos se había quedado con él hasta el final. Que al menos había sido testigo de sus últimos momentos. Creía que con eso iba a poder superarlo, que los años serían suficientes para atenuar el dolor, manteniendo el recuerdo. Pero se equivocaba. Su muerte era como una herida de guerra, como perder un brazo, o una mano. Se adaptó a vivir con el dolor, pero todavía sentía sus efectos.

Se dio cuenta, con el tiempo, que el mundo no se pausa con la muerte. El tiempo sigue corriendo, e ignora cualquier queja al respecto. Se había quedado con él hasta el final… pero ¿qué pasaba después? ¿Qué pasaría con su vida?

V

¿Cómo iba a entender ese consejo? El abuelo era sabio, y contaba mil historias. Para Pi, el mundo era pequeño, pero el abuelo hacía parecer que era infinitamente grande. Tan grande, que no podía entender aquel mensaje, ignorante como era.

Obviamente todos los golpes importaban en una pelea, ¿cierto? Al final, la única forma de ganar es golpear más que el oponente. ¿Por qué importaría solo el último golpe, la culminación de tantos otros?

Recordó, súbitamente, que no todas las peleas las ganaba el que golpeaba más veces. Había momentos en que solo un golpe era suficiente, solo uno. ¿Era eso, entonces? ¿O había algo más detrás de sus palabras?

Un consejo (Parte I, II, III y IV)

I

“Sé que tienes que irte. No vine a pedirte que te quedes” le dijo, lentamente, y luego tosió con fuerza.

Él lo miró fijamente, y por un segundo pareció que iba a ayudarlo, casi como acto reflejo, pero se controló y frunció el ceño.

“¿Para qué vienes entonces, abuelo?” dijo, algo más fuerte de lo que esperaba. Odiaba no poder controlar sus emociones, odiaba a sus padres por forzarlo, y, quizás como parte de ello, se odiaba a si mismo.

“Lo que quieres hacer es una locura- “comenzó, pero fue interrumpido por quejas. Subiendo el tono, continuó: “Por favor, hijo, espera que termine. Lo que quieres hacer es una locura, si, pero es una locura que te mereces. Mi intención es…” se pausó, y sus ojos reflejaron mil historias, mil recuerdos, mil decepciones. En unos pocos segundos, pareció encontrar lo que buscaba: “Mi intención es darte un consejo”

Todo en el cuerpo de Pi lo incitaba a correr. Su abuelo era sabio, y tenía mucha más experiencia que él. Si su intención era disuadirlo, quizás podría convencerlo. Y no quería ser convencido.

II

¿Qué importaban los árboles? ¿Qué importaba el arroyo con aguas cristalinas? ¿Qué importaban los arcos del templo, imponentes y rojos? El solo podía ver en blanco y negro, solo podía mirar atrás. El reflejo de sus espadas en la luna, el silencio antes del ataque, el crujido de las ramas rotas, el sonido del metal contra el metal. El rojo de la sangre en el piso, el rojo de la sangre en la espada del enemigo, el rojo que se acumulaba en la espalda de su hermano.

¿Qué importaba el mundo? Él había muerto. ¿Qué importaba todo el entrenamiento? Al final, solo importaba el último corte. Podía ver tan solo dos opciones: la muerte, o venganza.

III

“Escúchame, Pi. No quiero decirte que tienes razón, que el mundo está en tu contra, que nadie entiende lo que dices, que estas completamente solo. Solo quiero que tengas en cuenta esto, porque yo no lo entendí: El único golpe que importa es el último.”

Dicho esto, salió de la habitación, sin esperar respuesta. Pi, ahora, sintió todo el peso de la soledad. ¿Qué significaban esas palabras? ¿Por qué no había querido convencerlo? Faltaba algo. Tenía que faltar algo. Si no, ¿por qué se sentía tan vacío?

En su cabeza no encontró respuesta. Tampoco en la habitación. Bruscamente, salió, buscando el aire nocturno, en sus ojos lágrimas involuntarias, en la suela de sus zapatos el peso de buscar su propio camino.

IV

Se había convencido a si mismo de que al menos se había quedado con él hasta el final. Que al menos había sido testigo de sus últimos momentos. Creía que con eso iba a poder superarlo, que los años serían suficientes para atenuar el dolor, manteniendo el recuerdo. Pero se equivocaba. Su muerte era como una herida de guerra, como perder un brazo, o una mano. Se adaptó a vivir con el dolor, pero todavía sentía sus efectos.

Se dio cuenta, con el tiempo, que el mundo no se pausa con la muerte. El tiempo sigue corriendo, e ignora cualquier queja al respecto. Se había quedado con él hasta el final… pero ¿qué pasaba después? ¿Qué pasaría con su vida?

Un consejo (Parte I, II y III)

I

“Sé que tienes que irte. No vine a pedirte que te quedes” le dijo, lentamente, y luego tosió con fuerza.

Él lo miró fijamente, y por un segundo pareció que iba a ayudarlo, casi como acto reflejo, pero se controló y frunció el ceño.

“¿Para qué vienes entonces, abuelo?” dijo, algo más fuerte de lo que esperaba. Odiaba no poder controlar sus emociones, odiaba a sus padres por forzarlo, y, quizás como parte de ello, se odiaba a si mismo.

“Lo que quieres hacer es una locura- “comenzó, pero fue interrumpido por quejas. Subiendo el tono, continuó: “Por favor, hijo, espera que termine. Lo que quieres hacer es una locura, si, pero es una locura que te mereces. Mi intención es…” se pausó, y sus ojos reflejaron mil historias, mil recuerdos, mil decepciones. En unos pocos segundos, pareció encontrar lo que buscaba: “Mi intención es darte un consejo”

Todo en el cuerpo de Pi lo incitaba a correr. Su abuelo era sabio, y tenía mucha más experiencia que él. Si su intención era disuadirlo, quizás podría convencerlo. Y no quería ser convencido.

II

¿Qué importaban los árboles? ¿Qué importaba el arroyo con aguas cristalinas? ¿Qué importaban los arcos del templo, imponentes y rojos? El solo podía ver en blanco y negro, solo podía mirar atrás. El reflejo de sus espadas en la luna, el silencio antes del ataque, el crujido de las ramas rotas, el sonido del metal contra el metal. El rojo de la sangre en el piso, el rojo de la sangre en la espada del enemigo, el rojo que se acumulaba en la espalda de su hermano.

¿Qué importaba el mundo? Él había muerto. ¿Qué importaba todo el entrenamiento? Al final, solo importaba el último corte. Podía ver tan solo dos opciones: la muerte, o venganza.

III

“Escúchame, Pi. No quiero decirte que tienes razón, que el mundo está en tu contra, que nadie entiende lo que dices, que estas completamente solo. Solo quiero que tengas en cuenta esto, porque yo no lo entendí: El único golpe que importa es el último.”

Dicho esto, salió de la habitación, sin esperar respuesta. Pi, ahora, sintió todo el peso de la soledad. ¿Qué significaban esas palabras? ¿Por qué no había querido convencerlo? Faltaba algo. Tenía que faltar algo. Si no, ¿por qué se sentía tan vacío?

En su cabeza no encontró respuesta. Tampoco en la habitación. Bruscamente, salió, buscando el aire nocturno, en sus ojos lágrimas involuntarias, en la suela de sus zapatos el peso de buscar su propio camino.

Un consejo (Parte I y II)

I

“Sé que tienes que irte. No vine a pedirte que te quedes” le dijo, lentamente, y luego tosió con fuerza.

Él lo miró fijamente, y por un segundo pareció que iba a ayudarlo, casi como acto reflejo, pero se controló y frunció el ceño.

“¿Para qué vienes entonces, abuelo?” dijo, algo más fuerte de lo que quería. Odiaba no poder controlar sus emociones, odiaba a sus padres por forzarlo, y, quizás como parte de ello, se odiaba a si mismo.

“Lo que quieres hacer es una locura- “comenzó, pero fue interrumpido por quejas. Subiendo el tono, continuó: “Por favor, hijo, espera que termine. Lo que quieres hacer es una locura, si, pero es una locura que te mereces. Mi intención es…” se pausó, y sus ojos reflejaron mil historias, mil recuerdos, mil decepciones. En unos pocos segundos, pareció encontrar lo que buscaba: “Mi intención es darte un consejo”

Todo en el cuerpo de Pi lo incitaba a correr. Su abuelo era sabio, y tenía mucha más experiencia que él. Si su intención era disuadirlo, quizás podría convencerlo. Y no quería ser convencido.

II

¿Qué importaban los árboles? ¿Qué importaba el arroyo con aguas cristalinas? ¿Qué importaban los arcos del templo, imponentes y rojos? El solo podía ver en blanco y negro, solo podía mirar atrás. El reflejo de sus espadas en la luna, el silencio antes del ataque, el crujido de las ramas rotas, el sonido del metal contra el metal. El rojo de la sangre en el piso, el rojo de la sangre en la espada del enemigo, el rojo que se acumulaba en la espalda de su hermano.

¿Qué importaba el mundo? Él había muerto. ¿Qué importaba todo el entrenamiento? Al final, solo importaba el último corte. Podía ver tan solo dos opciones: la muerte, o venganza.

Un consejo (parte I)

“Sé que tienes que irte. No vine a pedirte que te quedes” le dijo, lentamente, y luego tosió con fuerza.

Él lo miró fijamente, y por un segundo pareció que iba a ayudarlo, casi como acto reflejo, pero se controló y frunció el ceño.

“¿Para qué vienes entonces, abuelo?” dijo, algo más fuerte de lo que quería. Odiaba no poder controlar sus emociones, odiaba a sus padres por forzarlo, y, quizás como parte de ello, se odiaba a si mismo.

“Lo que quieres hacer es una locura- “comenzó, pero fue interrumpido por quejas. Subiendo el tono, continuó: “Por favor, hijo, espera que termine. Lo que quieres hacer es una locura, si, pero es una locura que te mereces. Mi intención es…” se pausó, y sus ojos reflejaron mil historias, mil recuerdos, mil decepciones. En unos pocos segundos, pareció encontrar lo que buscaba: “Mi intención es darte un consejo”

Todo en el cuerpo de Pi lo incitaba a correr. Su abuelo era sabio, y tenía mucha más experiencia que él. Si su intención era disuadirlo, quizás podría convencerlo. Y no quería ser convencido.

Dual (Historia completa)

*

Había entrenado por tanto tiempo, que ya no recordaba su vida sin sus ejercicios en la mañana. Tanto, que su cuerpo se movía casi como un autómata, rápidamente, precisamente, sin desperdiciar movimientos. Había entrenado tanto, si, no porque le hubieran encomendado aquella misión, por orgullo, para demostrarse a sí mismo que podía. Sin embargo, nunca pudo.

Su mente siempre recordaba su último enfrentamiento. El choque de sus dagas contra la mandoble. El sentimiento de que enfrentaba una montaña, irrompible, sólida, orgullosa. No importaba la técnica que usara, jamás había podido ganar.

Ensimismado, siguió entrenando, sin ver a quien lo observaba.

**

¿Cómo era posible que siguiera esa misma rutina todos los días? Era imposible ser así de diligente, cuando ella ni siquiera podía durar un día repitiendo los mismos ejercicios. Lo admiraba, sí, pero al mismo tiempo lo odiaba. Secretamente, dolorosamente, esperaba los días en que las dagas chocaban con su mandoble, disfrutando sus esfuerzos inútiles por vencerla.

“Es todo lo que tengo, después de todo…”

Ser invencible no era su habilidad, era su origen. Era una cima que no había alcanzado por esfuerzo, por motivación, o por decisión. Muchos querían vencerla. La mayoría se rendía después de un intento. Él no.

***

Debía admitirlo, tenía miedo. Su misión había durado tanto que empezaba a disfrutarla. Esperaba con ansias comparar sus fuerzas, observar sus movimientos, buscar una debilidad. Ver su cara impasible, donde de vez en cuando sentía que se escapaba una sonrisa. No debería fijarse en ella. Su enfoque debería ser ganar, destronar a lo invencible, demostrarle al mundo, a él mismo, que no existen imposibles que el esfuerzo no destroce. Tenía miedo, sí. Miedo de que ahora, en vez de perder ante un oponente superior, simplemente no quisiera ganar. Miedo a querer extender sus peleas para siempre, tan solo para observarla.

****

Debía admitirlo, estaba desesperada. Sus enfrentamientos se habían hecho una rutina, que diligentemente cumplía, sin siquiera darse cuenta. ¿Cuándo había pasado? ¿Qué le había hecho este hombre terco e insistente? Le costaba admitirse a si misma que no estaba haciendo su mejor esfuerzo, que quería hacerlo sentir que una victoria era algo posible, para que volviera, para poder verlo otra vez.

¿Y si algún día le ganaba? ¿Qué iba a quedar de ella? Una mujer desordenada e incapaz que alguna vez había sido la mejor guerrera del mundo, una persona con único talento, destronada para siempre. ¿Y luego qué? Soledad.

*****

Los rayos del sol se acumulaban en su ventana. Debería estar entrenando, pero estaba atrapado en un sueño. En él, soñó ser su oponente. Sintió el peso de la mandoble, y se vio derrotar cientos de oponentes. Pensó que eso era lo que siempre había buscado, pero… ¿Por qué se sentía todo tan solitario? ¿Qué era esa sensación de vacío? ¿Por qué creía que la había sentido antes?

Ella lo esperaba. Era demasiado tarde, y todavía no llegaba. ¿Qué había pasado con su rutina, con él?

En aquellos momentos, y quizás tan solo por unos segundos, ambos sintieron lo mismo.

******

Él se levantó, tarde. Ella abandonó su puesto por primera vez. Se encontraron a medio camino, y ambos esquivaron las miradas, esquivaron el dialogo, se esquivaron a sí mismos.

Después de una pausa, él se presentó, de nuevo. Ella no pudo evitar reírse, y con ello rompió las barreras. ¿De qué servía entrenar tanto si solo encontraba vacíos? ¿De que servía demostrar su invencibilidad si solo encontraba soledades?

Se dieron la mano, y comprendieron, de inmediato, que se conocían mejor que los más viejos amigos. Una misión jamás fue cumplida. Ella nunca demostró su invencibilidad. Sin embargo, fueron felices.