Pasa

¿Qué se puede decir sobre el tiempo? Mucho, y poco. Hablar del tiempo es usar el tiempo, gastarlo, consumirlo. Callar es dejarlo pasar, en silencio, irrompible. Y eso es, irrompible, lento, rápido, corrosivo, constructor. Está en todo, está en la nada. Así como es, dejó a otra persona atrás, otra viajante que ahora es solo un nido de recuerdos. ¿Quién soy yo para recordarla bien? Mis recuerdos son pocos, mis recuerdos son falsos. Había tanto por conocer, todavía. Había tanto conocido. No, yo no soy el indicado. No merezco tal responsabilidad. El tiempo, como siempre, sabrá decidir sobre estos asuntos.

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Ciclo

I

Se abre la noche

Se alarga

Como una serpiente

Se extiende

Sobre una casa rota

II

Las estrellas titilan

Como ojos bien abiertos

E iluminan, apenas

Su sonrisa frágil

III

El bastón rebota

Sobre la superficie rocosa

Revuelve las rocas siderales

Sus pasos flotan

Las galaxias brillan, a lo lejos

IV

Se cierra la noche

En sus manos

Como una fogata

Se extiende

Sobre una casa rota

V

Las estrellas se apagan

Como llevadas por el sueño

Y ocultan, de repente

Su sonrisa frágil.

VI

El bastón crea eco

Sobre la superficie rocosa

Se aquietan las rocas siderales

Sus pasos se pierden

Las galaxias sueñan, a lo lejos.

Alguna vez fui

Recuerdo… ¿Cómo es posible que lo recuerde tan bien? Que caminaba por un bosque, descalza, las ramas caídas crujiendo bajo mis pies. Estaba lleno de sombras, pero para mi escondían sonrisas. ¿Por qué estoy aquí, entonces? ¿Por qué siento que algo falta?

Escucho crujir la vieja puerta. Alguien nuevo entra, pero no puedo ver su cara. Me acerco, intento tocarla, pero mis dedos son seda trasparente, mis dedos no sienten nada, mis ojos no son ojos.

— “¡¿Quién soy?!” — intento gritar, pero no tengo voz. Sin embargo, el visitante escucha mi grito, el visitante cubre sus oídos, pero no me escucha con ellos. Corre. Corre rápidamente. Y de nuevo estoy sola, de nuevo veo repetirse aquel recuerdo cuando mis pies podían sentir el bosque, cuando el viento se colaba entre mis poros, cuando todavía estaba viva.

Nuestra forja

¿Quiénes somos, realmente? ¿Una colección de recuerdos, experiencias, tristezas y felicidades? ¿Átomos en una nave con destino a la nada? Creo que es imposible para nosotros obtener una respuesta. En vez de perder la esperanza, sin embargo, y desesperarme ante lo absurdo, prefiero pensar que esta en nuestras manos forjar lo que somos. Al hacer, somos. Al pensar, somos. Al estar, somos. La definición se crea viviéndola. Quizás nunca lo entendamos. Quizás no es algo que este hecho para entenderse. Otros verán una parte nuestra, y crearán otra imagen. Es un juego de espejos de circo, cada imagen válida, diferente.

Lo que perdiste

Estaba seguro de que la había dejado en ese árbol, cuando era niño. Entre esas ramas nudosas y gastadas, en la copa cuando las hojas ya habían caído. La olvidé, entonces, como solo los niños olvidan.

Los años pasaron, como pasan, a veces lento, a veces demasiado rápido. Estaba demasiado ocupado creciendo como para recordar, y luego la distancia reforzó el olvido. Nos movimos de aquel campo, y ese árbol se volvió una imagen borrosa, un resabio de una niñez perdida. Las primaveras se volvieron inviernos, y los inviernos dejaron nieve en mis cabellos.

La recordé de repente, una noche de insomnio donde las vueltas en la cama solo llevaban a frustraciones, donde los ojos no querían cerrarse: por la ventana, el viento jugaba con hojas café. Las hojas me llevaron al árbol. El árbol me llevó a ella.

Fue como un impulso eléctrico. Quería partir de inmediato, volver al árbol, encontrar lo perdido. Pero los recuerdos nunca reflejan la realidad entera: recordé que el campo ahora era un edificio inmenso de oficinas. El campo ya no era campo. El árbol ya no era árbol.

Fue triste, si, perderla. Pero saberla perdida fue casi reconfortante. A veces hay cosas que solo podemos conocer como niños. Como adulto, quizás, perdería para siempre su magia. En el sueño, quizás, podría revivir su forma. Pero somos otros, ahora, y del pasado solo puede quedar registro, siempre presente, siempre lejano.

Circuito

Está todo mezclado, después de todo. Una ensalada de diálogos, de movimientos. Una especie de mantra, que se repite cada mañana, cada día, cada año. Una mirada al espejo revela otro espejo, otra cara, otros momentos. Apenas me reconozco ahora. Las arrugas cubren mi cara y ocultan mis ojos apagados. Veo mi sonrisa, la comparo con mis labios apretados.

Salgo. El mundo es dos mundos. Uno está lleno de edificios pintados de gris que tocan nubes iguales, tocan un cielo sin esperanzas. El otro es un pueblo pequeño, con casas coloridas, en cada esquina gente conocida, y un cielo azul que presagia un buen futuro. Ninguno de los dos existe, ninguno es real. Ambos son yo mismo, ambos son ficciones.

Me cuesta guiarme, así. Parte de mi sigue otra ruta, quiere llegar a lugares que ya no existen. Hay tanto que extrañar, tanto que recordar, que ya casi no guardo nada nuevo. Volver es tan fácil, pero llegar es imposiblemente difícil. Todo camino nuevo se enfrenta al viejo, y pierde, porque los recuerdos son ciegos, amalgamaciones de esperanzas, de mentiras que creemos verdaderas.

Llego. El mundo vuelve a ser el mundo. Pero en mi mente todavía sigue repitiendo mi mantra.

Helada

¿Qué se esconde

Detrás del filo

Detrás del pomo

De esa espada?

¿Cuánto pesa?

¿Cuán terrible

Es la carga

De levantarla

De blandirla

De defender algo

Intangible

Que se derrite

como la nieve?

¿Qué se esconde

Detrás del filo

Detrás del pomo

De tu alma?

¿Cuánto pesa?

¿Cuán terrible

Es la carga

De levantarte

Cuando caes

De defender algo

Intangible

Que ya se perdió

Entre la nieve?

La nieve

No cae ya

Ahora se acumula

En tus cabellos

Es tu espalda

Ahora

La que se encorva

Bajo el peso

De una defensa

Intangible

Y eres tu el que se derrite

Como la nieve.